Breve tratado sobre cómo escribir decentemente en la Administración Pública

I Técnicas de Redacción

Juan Carlos Barajas Martínez
Instituto Complutense de Ciencia de la Administración


Índice:
  • Introducción
  • Técnicas de redacción
  • Cómo hacer un escrito comprensible
  • Corrección gramatical y ortográfica pero sin pasarse
  • Formas de saludo y respeto

Introducción
Hace ya algunos años escribí para este blog un artículo sobre cómo escribir informes, el título era “Leyes para escribir un buen informe”. En este texto pretendía dar una serie de consejos, formulados como si de leyes científicas se tratara, sobre cómo escribir informes en un entorno burocrático.

En este artículo que ahora abordo pretendo ir más lejos. En primer lugar porque no voy a centrarme exclusivamente en los informes, voy a hablar de escritos en general y, en segundo término, porque voy a poner el foco en cómo escribir documentos en un entorno burocrático más concreto: Administración General del Estado, la AGE. Y esto de ir a lo más concreto debería traer consigo una mayor facilidad pero, al contrario, de manera paradójica, a mí me resulta un ejercicio más complicado. De todas las maneras, recogeré ideas del artículo anterior que me parecen básicas y que son aplicables a cualquier comunicación escrita.

¿Quién o qué me capacita para sentar cátedra en esto de escribir documentos administrativos?, pues en realidad si soy sincero, tendré que responder que nadie y nada respectivamente, no tengo diploma ni título de escritor administrativo otorgado por alguna institución de prestigio. Me atrevo porque dentro de poco cumpliré treinta y tres años de servicio como funcionario de la AGE y, en ese largo período de tiempo, he escrito mucho. Como persona observadora, estudiosa y perfeccionista, me he ido haciendo recetas, truquillos con los que atacar un folio en blanco y producir industrialmente escritos.

Tampoco es que vaya a innovar radicalmente, la mayoría de estos consejos los he encontrado por ahí, otros son recetas personales o son recetas de otros a las que condimento con mis propias especias para darle un sabor personal. El caso es que para lo que cobro por este trabajo no creo que nadie tenga el valor de criticarme ferozmente. Y, por supuesto, siempre queda el recurso de no hacerme caso.

Pues si os parece, vamos a comenzar. Para mí, las técnicas que se utilizan a la hora de parir un documento administrativo pertenecen a dos grupos: técnicas de redacción y técnicas de concepción.

Las técnicas de redacción son herramientas que se deben utilizar a la hora de escribir. Son fundamentalmente herramientas de estilo. El objetivo de estas técnicas es conseguir claridad y concisión en el texto. Son independientes del tipo de documento que se vaya a escribir.

Las técnicas de concepción son herramientas que nos ayudan a pensar qué es lo que quiero decir y a quién quiero decírselo. Podría parecer que esto es fácil, pero no lo es en absoluto. La redacción de documentos es un arte que llama al engaño. ¡Cuántas veces habré creído hacer un buen escrito y haberlo dirigido a quién correspondía y luego ha resultado que no se entendía o no debía ir al que lo dirigí!. En la concepción de un escrito está incluida la elección del tipo de documento a escribir, no es lo mismo concebir un informe que una notificación.

Técnicas de redacción
Yo clasificaría las técnicas de redacción de documentos en tres categorías: técnicas para hacer el escrito más comprensible – hay que huir de lenguajes administrativos poco comprensibles y desagradables para el ciudadano o para el compañero-, técnicas para mantener la corrección gramatical – hay que escribir con cierta decencia gramatical para que el documento sea tomado en serio -  y formas de protocolo – no olvidemos que, o bien nos movemos entre unidades administrativas con su espíritu jerárquico y burocrático, o bien, estamos dirigiéndonos al ciudadano y tenemos que hacerlo con educación y respeto.

Como hacer un escrito comprensible
Si nos fijamos en los modos de hacer un escrito comprensible, lo primero que debe intentarse es hacer el texto lo más agradable de leer que te permita el asunto del documento que no suele ser precisamente divertido y, para ello, es muy recomendable trabajar con el formato del mismo.

Así, es buena práctica usar un tipo de letra suficientemente grande, un buen tamaño es de 11 o 12 puntos. Que la fuente de caracteres sea inteligible – ni “monotipe cursiva”, ni “élfico”, ni “Klingon” están recomendados a tal fin, hay mucha gente que le tiene manía al “comic sans” -; es mejor utilizar los tipos más comunes como “Arial o Times New Roman”. Es buena práctica poner espaciado entre líneas y, sobre todo, entre párrafos, mejora la lectura.

Dado que vivimos en la cultura de la imagen y tenemos muy poca paciencia a la hora de leer, a menudo, las personas hacen una lectura diagonal. Hay gente muy hábil en este tipo de lecturas, pero en general, los lectores diagonales no se enteran de mucho. Usar la negrilla para destacar lo importante facilita la lectura a este tipo de lectores y no repele a los que se lo leen todo, estos últimos son los buenos por cierto. Los que no leen nada, nada se puede hacer por ellos.

Poner una única idea en un párrafo es una gran técnica de redacción. He leído textos imposibles de entender porque se intentaba explicar varias ideas en una frase, en un encomiable intento de ir al grano, pero con resultados claramente ininteligibles. Si concentramos una idea en un párrafo también conseguiremos párrafos cortos con lo que aumentaremos la claridad doblemente.

Debemos usar un lenguaje claro pero no caer en lo chabacano, un lenguaje culto pero sin exceso, sin abuso de adjetivos y adverbios. Debe ser también conciso, yendo al meollo. A menudo en la Administración, como dice el periodista Javier Badía: “nos encontramos con textos incomprensibles para el ciudadano: crípticos, densos, embarullados, ampulosos, rimbombantes, pretenciosos. Expresión de una jerga inaceptable, insoportable. El ciudadano, el administrado, tiene derecho a entender, a saber lo que se le dice. No tiene por qué traducir, y menos buscar traductor. La Administración está obligada a la claridad. Los funcionarios están obligados a escribir para que se les entienda”. Donde hay oscuridad, no hay transparencia.

Para que se me entienda, es preferible decir "fuegos artificiales" a decir "demostración pirotécnica","actuar" a "tomar medidas sobre la cuestión", "rápidamente" a "a la brevedad posible", "medir" que "cuantificar". Nunca hay que decir "curriculums" - por incorrecto -  ni "curricula" - que no eres un catedrático de lenguas muertas -, es mejor dejarse de latinajos e ir al castellano puro y decir "currículos". Y así podemos dar mil ejemplos.

De joven me encantaban los bandos del entonces alcalde de Madrid, el profesor Enrique Tierno Galván. Con ocasión de la escritura de este artículo los he releído y me siguen divirtiendo y admirando. Están redactados, con una bondadosa ironía,  en un español pariente de un castellano más antiguo sin llegar a rebozarse en el fango de lo arcaico. Un funcionario no debe intentar emular al entrañable alcalde, al menos en esto. El intentarlo y obtener el resultado que conseguía el viejo profesor es un lujo que pocos se pueden permitir. Hay que escribir en un lenguaje moderno, huyendo de las formas jurídicas que hace muchos años que se dejaron de usar en el lenguaje usual.

A este ejercicio  de hacer más claro y directo el lenguaje administrativo tomado como un derecho del ciudadano es a lo que Javier Badía llama modernización del lenguaje administrativo.

A la hora de redactar un documento administrativo es muy importante pensar en los destinatarios del mismo. Se tiene que pensar en el destinatario final y en todos los posibles lectores que puede tener el documento, nunca se sabe en qué manos puede caer.

El lenguaje debe ser más llano y claro cuando se dirige el escrito a un ciudadano que no tiene por qué ser un experto en el asunto de que trate el documento.

En cambio, si se trata de un documento que se envía a otra unidad administrativa se puede elevar el nivel sin llegar a hacerlo incomprensible. Tiene que ser moderado no tanto en las críticas que se hagan como en el tono de dichas críticas y debe estar empapado en la cultura propia de la organización en la que se trabaja. Y tiene que estar fundamentado, basado en cifras y datos, con una argumentación clara y unas conclusiones meditadas.

Es buena técnica también destacar aquello que puedes hacer por el destinatario y no regodearte en lo que tienes que denegar o prohibir. Hay que procurar que el sentido general del texto sea positivo. Muchas veces es difícil, un “no” es siempre duro y una mala noticia siempre es triste.

El abuso de los acrónimos y de siglas es otro de los males de nuestro tiempo. Se pueden utilizar acrónimos y siglas, a ver quién es el guapo que lo evita, pero no directamente sin explicar en qué consisten. Así, es buena práctica que la primera vez que aparece el concepto se escriba completo seguido de sus correspondientes siglas entre paréntesis, a partir de ese momento, se pueden utilizar las siglas en el resto del texto.

El mundo de la informática es el principal campo de batalla de siglas y acrónimos, los mediocres los usan descabelladamente en un vano intento de hacer que un lenguaje críptico dé una pátina de experto a quién no lo es. En textos que tratan de tecnologías – no sólo las de la información – o en el uso de cualquier lenguaje profesional, no es mala idea poner un apéndice con un glosario de términos, sobre todo en el caso de los informes.

Otra cuestión que hay que evitar es el uso de neologismos y anglicismos, sobre todo si existe un término equivalente castellano. Una vez un vecino de mi tío Celestino – que en paz descanse - le trajo un tensiómetro digital a su casa para enseñarle su funcionamiento, nada más encenderlo el aparato cobró vida y empezó a escribir en el visor – que no “display” - caracteres raros, yo pensé que se estaba haciendo un test de arranque, pero el vecino le dijo a mi tío: “se está dando un repaso”. A veces es increíblemente sencillo.

No usemos anglicismos, si no es absolutamente necesario porque no encontramos un término español equivalente, o bien, porque están muy aceptados socialmente. Es mejor decir "software" que "logical" – palabra que no usa nadie – o que programación – que significa muchas más cosas -. Ahora bien, es mucho mejor decir habilidad, destreza, talento, aptitud o capacidad que decir “skill”, palabra inglesa que odio cortésmente y que está por todas partes. No por usar voces inglesas va aumentar vuestro prestigio social.

En castellano, en otras lenguas no es tan importante, repetir en una misma frase la misma palabra queda fatal.  El diccionario de sinónimos del Word es una herramienta muy útil para estos menesteres.

Cuando la repetición se vuelve patológica estamos delante de las horribles muletillas, la semana pasada conté doce "y además", en una memoria técnica de tres páginas que se tenía que presentar para aprobar un proyecto de trabajo fin de máster. Hay que luchar contra las muletillas en desigual combate pues quedan feas, pues la gente tienen tanta habilidad en descubrirlas como el autor en no darse cuenta de que las usa.

No escribáis textos telegráficos, el resultado es muy farragoso e incorrecto. No olvidéis que las preposiciones y los artículos existen, no se dice "enviar a Ministerio", ni “consultar a obispado”, ni “Casa Real ha respondido”.

A pesar de todo, se os colarán gazapos, si el que habla se equivoca el que escribe se equivoca menos, pues tiene tiempo para pensar. Pero lo hace para siempre porque lo escrito, escrito queda.

 Corrección gramatical y ortográfica, pero sin pasarse
Nadie puede evitar cometer errores pero un escrito administrativo no puede ser un texto cargado de faltas. Tenemos la suerte de trabajar con ordenadores que nos señalan gran parte de las palabras mal escritas aunque, cuando la palabra equivocada existe – “baca” y “vaca” por ejemplo – el Word no nos puede avisar. Conviene repasar el texto para detectar posibles faltas tan descaradas que son como una pedrada en el ojo del lector. Si no es algo urgente conviene dejar reposar el texto y volverle a echar un vistazo un tiempo después, pues la mente tiende a leer aquello que creemos que hemos escrito y no lo que escribimos en realidad.

Y ya que trabajamos con ordenadores, siempre tengo abierto en otra ventana, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia (RAE) (http://dle.rae.es). De esta manera, ante cualquier duda sobre el buen uso de una palabra la resuelvo en el diccionario. También es muy útil el Diccionario Panhispánico de Dudas (http://www.rae.es/recursos/diccionarios/dpd) publicado por la misma institución.  Y no recomiendo la Ortografía Básica de la RAE, porque no es gratuita y yo jamás me meto en la economía de nadie.

El gran sociólogo alemán Max Weber dejó escrito que la burocracia se caracteriza por -  entre otras muchas propiedades - su impersonalidad, por sus procedimientos basados en normas escritas, sin favoritismos ni decisiones arbitrarias. Esto debe quedar reflejado en el texto mediante el uso de un lenguaje impersonal. Además, el firmante del documento debe protegerse recalcando que no es él que actúa personalmente, sino que es el representante de un organismo que es el que realmente actúa o resuelve.

Por esta razón es recomendable usar, en primer lugar, la tercera persona, fórmulas como "el Ministerio considera que" o "esta oficina no tiene la competencia en". En segundo lugar, podemos recurrir a las oraciones impersonales, pero tienen el inconveniente de carecer de sujeto lo que aumenta la ambigüedad, aunque a veces, es interesante no poner el sujeto, sobre todo, si el sujeto eres tú. Se pueden usar fórmulas del tipo: "se notifica que" o "se resuelve por medio de esta orden".

En castellano solemos usar la voz activa mucho más que la voz pasiva. El resultado de usar la activa  suele ser frases más cortas y más comprensibles. Es mejor decir "El interventor comprobó las facturas" que "las facturas fueron comprobadas por el interventor". Así que hemos de procurar usar la voz activa y evitar la pasiva, pero hay que decir que ésta última es perfectamente correcta y puede ser preferible cuando tiene carácter impersonal. En general, cuando relees un documento en el que has escrito una frase en pasiva, si es  inoportuna va a rechinarte en los oídos, la cambias a activa y a otra cosa mariposa.

Hay que procurar mantener la coherencia entre los tiempos verbales, la concordancia entre los elementos de una frase en género y número.

Por último, no repitáis en los textos errores que pueden ser disculpables en el lenguaje oral, como hemos dicho, escribiendo se tiene más tiempo para pensar. Cuidad la puntuación, los leísmos y laísmos (sé que es difícil)  y el dequeísmo. Hay que escribir de forma gramaticalmente correcta, o al menos, dentro de una gramática socialmente aceptada,  en la medida de las posibilidades de cada cual.

Fórmulas de saludo y respeto
Cuando escribes un documento en calidad de funcionario de la administración pública debes tener siempre en cuenta de que eres un representante del Estado y, por tanto, no está bien que escribas coloquialmente o tutees al ciudadano o a un compañero de otra oficina administrativa, a no ser que lo conozcas personalmente o seas de su mismo cuerpo administrativo. El “¿quéee passaa tío?” está completamente prohibido y el “usted” se aplica por defecto.

Se debe guardar respeto y educación exquisitas sin caer en la zalamería o el dulzor innecesario, ni tampoco está bien irse al otro extremo y aplicar una impersonalidad de tal grado que el ciudadano sienta que está comunicando con una máquina. Entre ambas actitudes hay mucho trecho en el que podemos encontrar un estilo formal y educado.

La mayoría de las comunicaciones entre órganos administrativos tienen formatos establecidos y no se usan formas de salutación ni despedida. Hace años se utilizaba el “Dios le guarde a usted muchos años” pero eso está superado. A veces se suele poner un “Querido Luis” escrito a mano al principio del texto, si conoces al tal Luis y quieres manifestar proximidad y, para terminar, un “un abrazo” después del texto también escrito a mano. De esta manera manifiestas acercamiento, pero sin salirte de tu función porque el texto es formal y administrativo.

Hasta hace pocos años existían tratamientos como:  Vuestra ilustrísima (VI) e Ilustrísimo Señor (Ilmo. Sr.), para ciertos altos cargos, y Vuestra Excelencia (VE) y Excelentísimo Señor (Excmo. Sr.) para los cargos realmente altos. Gracias a Dios tales tratamientos han desaparecido aunque yo los uso sagazmente cuando he tenido que reconvenir - o informar de algo que había hecho mal - a una autoridad muy por encima de mí en el organigrama. Era una forma de hacer la pelota y distraer al encumbrado destinatario mientras le echabas una bronca discreta.

En cambio, en la comunicación con el ciudadano y las empresas sí se utilizan fórmulas de saludo. Yo creo que es suficiente un “Señor:” o “Señora:” para dirigirte a un ciudadano, o un “Señores:” si te diriges a un grupo o empresa. Si quieres ser un poco más formal puedes poner “Estimado señor” o “Estimada señora” o “Estimados señores”. Lo de “Muy señor mío” me parece excesivo a estas alturas del milenio.

Para despedir creo que basta un “Atentamente”, quizás un “Afectuosamente” o “Cordialmente”, si hay cierta complicidad, o bien, si les has dado un palo denegando su solicitud y quieres manifestar cierta proximidad para endulzarlo.

Mi padre decía que el tratamiento “Don” o “Doña” se otorgaba otrora para el que tenía el bachillerato, en cualquier caso, hoy se aplica a todo el mundo, por lo que ya sabéis: como regla general hay que usar el tratamiento de “Don” y “usted” a todo el personal.

Y, para terminar, si hay que firmar, siempre con el cargo encima de la firma manuscrita y el nombre en caracteres tipográficos debajo. Aunque tengo que reconocer, no se lo digáis a nadie, que alguna vez he firmado sin pie de firma, cuando le tenía que decir que no a un airado ciudadano que atesoraba el mismo tamaño que un armario ropero y tenía cierta propensión a la violencia. ¡Ah!, y no dejes mucho espacio entre la antefirma y el final del texto, alguien podría colarte algún texto no deseado entre medias.

Final… por ahora
No he acabado de daros todos los consejos y recetas sobre el noble arte de hacer escritos administrativos. Me temo que tengo que hacer otro artículo, en que os contaré las técnicas para pensar qué es lo que quiero decir, a quién quiero decírselo y cómo decírselo, es decir, las técnicas que me permiten concebir documentos administrativos de manera apañada, aséptica y eficaz.

Juan Carlos Barajas Martínez
Instituto Complutense de Ciencia de la Administración









Bibliografía
Técnicas de Comunicación Escrita
Ask Consultores- Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación
Madrid 2004

En Antena
Libro de estilo de periodismo oral
Cadena SER
Editorial Taurus
Madrid 2017

Sobre la modernización del lenguaje administrativo
Javier Badia

http://lenguajeadministrativo.com

Bandos del Alcalde
Enrique Tierno Galván
Editorial Taurus
Madrid 1986 


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Acerca de los Himnos Nacionales





No voy a ser yo el que critique a la cantante Marta Sánchez (1) por haber compuesto una letra para nuestro himno nacional, defiendo la libre expresión de los creadores independientemente de su credo, nacionalidad, ideario y mayor o menor calidad en su obra; es más, me apena que a otros artistas les quiten las fotografías de una exposición o les condenen a penas de cárcel por expresarse con peor o mejor gusto. La osadía de la Sra. Sánchez ha venido a intentar tapar una carencia, y es que es la nuestra una de las cuatro naciones del mundo cuyo himno carece de letra.

Desde que oí la nueva versión cantada de nuestro himno no dejo de preguntarme si era realmente necesario acometer esa patriótica tarea. Entiéndaseme bien, no reniego de nada, soy español y “mucho español” como dice un filósofo de lo obvio muy sobrevalorado en las urnas, pero siempre he creído muy cierta aquella frase que se atribuye a Mathama Ghandi (2): “Somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”. Por eso a mí me parece que es un signo de buen gusto y discreción no tener letra, porque para decir gilipolleces ya están las letras de los himnos de otros países.

Cierto es que, cuando la selección española se enfrenta en un partido de fútbol, acompañar la música con un tatareo de tipo “chunda chunda”(3) nos resulta un pelín humillante o ridículo, hay que tomarse un par de cervezas o estar bien oculto en una multitud antes de lanzarse a gritar las notas musicales del himno. Pero más allá de esto, si lo pensamos bien, no necesitamos letra alguna. 

Y si este resultara un problema inaguantable para una parte importante de la población siempre podríamos recurrir a una letra deportiva – con una estrofa dedicada al gol de Iniesta por supuesto (4) – exclusivamente pensada para este tipo de eventos; sin ninguna otra intención política o social. Con ello superaríamos la interminable sucesión de letras y contraletras que a lo largo de la historia han ido surgiendo de la mente de ilustres poetas – empezando por José María Pemán (5), continuando por Joaquín Sabina (6) y terminando por la Sra. Sánchez – que no nos han satisfecho puesto que no se han impuesto como definitivas.

Pero, ¿cómo habrían de satisfacernos?, ninguna letra nos resultará adecuada, han pasado los tiempos del romanticismo nacionalista salvo en los estímulos de ciertas periferias y en la respuesta de ciertos centralismos; la gente tiene otras prioridades, ya no es la época de las canciones populares que derivan en himnos, ni de las gestas heroicas del pasado que merecían cantares. Puede que vuelva la moda, pero ahora mismo parece que no van por ahí los tiros.

Para apoyar lo que afirmo, podemos estudiar los himnos de otros países y ver si nos resultan sensatos, al fin y a la postre, para los que no sabemos idiomas, las letras de los demás nos resultan tan ininteligibles como nuestro “chunda chunda” patrio, quizás en el “a-les-anfans-de-la-patrí” o “doichland-ube-ale” se encuentra escondido algún mensaje poco edificante. Me aventuro a pensar que no pondríamos ninguna de esas las letras en nuestra Marcha Real (7).

Para empezar vamos a hacer un poco de historia. Un himno es una composición musical emblemática de una nación, junto con la bandera y el escudo son los símbolos que identifican un Estado. Tienen su apogeo durante el siglo XIX, el siglo del romanticismo, el de la expansión del nacionalismo por el mundo. 

La mayoría de las letras, conforme a ese espíritu romántico son llamadas a la tradición, al lirismo, a lo bonitos que son nuestros ríos, nuestras mujeres o nuestros amaneceres de verano. Algunos más modernos tienen referencias ideológicas – no en balde el siglo XX fue el de las ideologías, al menos hasta 1989, cuando alguien decretó el fin de la historia - ¿cómo olvidar el himno de la extinta Unión Soviética?. Muchos de ellos hacen referencia al enemigo exterior que esconde aviesas intenciones invasoras o perversas maneras colonialistas; a este respecto los holandeses deberían olvidarse ya de España que ya han pasado unos cuantos siglos de las guerras de Flandes. En general se trata de mostrar la superioridad de la nación cantada sobre las otras del mundo, siendo casi siempre la más bella, la más grande y con la gente más valiente.

En este contexto la Marcha Real española es muy marginal. No nació para loa de una nación, la verdad es que podemos decir que era una música que “pasaba por allí”. Era una marcha militar de paseo de los Granaderos del Rey y era más bien apagada, con sólo pífanos y tambor, porque esta gente desfilaba con bastante parsimonia. Carlos III la convirtió en marcha de honor en 1770 y, como se tocaba en todos los actos, la gente la fue aceptando como himno oficial hasta que se oficializó de verdad en tiempos de Isabel II.

Hay quien quiere ver en esta carencia de letra un signo de que España es en cierto modo un Estado fallido. Bueno, no voy a discutir esta arriesgada afirmación, pero si tuviera que apoyar este pensamiento tendría otros muchos argumentos de mucho mayor peso. Para mí que el hecho de que no se trate de una canción popular, que no surgiera de una revolución, que no naciera en un período de unificación nacional o de esplendor imperial, o que se adoptara antes del boom de los himnos nacionales, tiene mucho que ver en la especificidad de la Marcha Real.

Empecemos por el himno de himnos: “La Marsellesa”. Es un himno de origen revolucionario por eso tiene una letra un tanto sangrienta, nada acerca de la belleza de la campiña francesa ni de los vinos ni quesos que tan buenos les salen. Eso sí, aunque militar, es una letra defensiva, ya que llama a formar batallones a los ciudadanos para defender  la patria de un furibundo invasor. “¿Oís el bramido de aquellos feroces soldados?.../ ¡vienen a degollar a vuestros hijos y esposas!…/ ¡A las armas ciudadanos formad vuestros batallones!,/ ¡qué una sangre impura inunde nuestros surcos!”. Digo yo que esta letra está muy bien cuando haces una revolución popular rodeado de reinos enemigos con monarquías absolutas, pero, en un partido de fútbol entre Francia-España en el Parque de los Príncipes se me antoja excesivo.

El himno alemán parte con ventaja musical, se limitaron a tomar prestada una pieza del gran músico austríaco Franz Joseph Haydn (8) – la “Canción del Emperador” - y a ponerle letra. Se encargó de esta labor un tal Hoffman muy comprometido con la unidad de Alemania, es decir, el himno – llamado literalmente “Canción de Alemania” – tuvo todo de su parte desde el comienzo, se impulsó durante el proceso de unificación alemana y en pleno boom de los himnos nacionales. 

La letra nos deja claro desde el principio que Alemania está por encima de todo. Es verdad que algunos dirigentes históricos se tomaron este mensaje al pie de la letra. Pero más allá, el himno es muy lírico, demuestra una pasión indisimulada por cuatro de sus ríos: el Mosa – que actualmente no pasa por Alemania -, el Niemen – que tampoco toca la Alemania actual -, el Adigio – que todavía la toca menos - y el Belt – que es un canal que pertenece a Dinamarca. ¿Y el Rhin?, ¿y el Danubio?, que sí pasan. 

Sigamos con las tonterías, la segunda estrofa dice: “Mujeres alemanas, lealtad alemana, vino alemán y canciones alemanas/ nunca deben perder en el mundo su buena fama de siempre / y deben siempre inspirarnos a hazañas nobles a lo largo de toda nuestra vida./ ¡Mujeres alemanas, lealtad alemana, vino alemán y canciones alemanas!. He sabido de bellas mujeres nacidas en Alemania y he escuchado música magnífica de aquel país, pero, ¿vino?, ¿no era Alemania un país cervecero?, comparado con Francia o España los alemanes haciendo vino son unos aficionados.

Hay una tercera estrofa añadida por la república federal actual que hoy es la parte oficial del himno y que habla de libertad y democracia, pero las dos primeras se siguen cantando. En resumen, una letra que habla de ríos que no son alemanes y de un vino que no producen. A lo de la democracia y la libertad me apunto. En fin, de todas formas, para estos mimbres prefiero no tener letra.

El británico es un himno con texto dinámico según tengan rey o reina, es el famoso “Dios salve al/a la Rey/Reina”. Es el himno monárquico por excelencia, se centra en apoyar al monarca como cabeza de la nación, que Dios le inspire para que tome buenas decisiones, lo que no deja de ser gracioso en una monarquía en la que el rey reina pero no gobierna. Tiene, ¡Cómo no!, una estrofa dedicada a los enemigos para que Dios los confunda, queden sus trucos al descubierto y los mantenga a raya.

El himno de los Estados Unidos, como el francés, es un himno bastante militar pero defensivo, no son ellos los que atacan, sino que hay un pérfido invasor que amenaza a la tierra de la libertad, lo que puede que esté en consonancia con los primeros tiempos de aquella república, pero no coincide mucho con la superpotencia de las últimas décadas. 

También hay una referencia a Dios en la tercera estrofa: “¡Oh, así sea siempre, en lealtad defendamos nuestra tierra natal contra el torpe invasor!./ A Dios quien nos dio paz, la libertad y honor, /Nos mantuvo nación, con fervor bendigamos./ Nuestra causa es el bien, y por eso triunfamos. /Siempre fue nuestro lema: «En Dios Confiamos»”.

El himno italiano, “Il Canto degli Italiani” (el canto de los italianos), tiene un texto de unificación como el alemán pues sus procesos de unión nacional se produjeron más o menos por la misma época. Pero, en vez de lírico y ensalzador de la patria como el texto alemán, es muy militar. La diferencia se podría deber a que Italia tuvo que guerrear, no sólo entre los reinos que se resistían o apoyaban la unión, sino contra el imperio austríaco y, de hecho, en la letra hay un recadito a Austria: “Ya el águila austríaca ha perdido las plumas”.

A portuguesa” el himno de Portugal, surgió como reacción al ultimátum británico de 1890 (9) y, por consiguiente, es muy guerrero. “¡A las armas, a las armas!/ Sobre la tierra, sobre el mar,/¡A las armas, a las armas!/¡Por la patria luchar!”, dice el estribillo. Es irónico que la letra fuera un calentón ante el toque del gobierno de Lord Salisbury por un problema colonial en África, lo digo porque el tratado internacional en vigor más antiguo lo firmaron ambas naciones en 1373 (10), era un tratado de amistad y cooperación por cierto. No te puedes fiar ni de los viejos amigos.

Los himnos latinoamericanos tienen letras hijas de sus procesos de independencia. Con este origen, no es extraño que destaquen por su militarismo y su liberalismo. Con el tiempo, algunos países como Argentina han corregido el texto original dulcificándolo un poco, sin embargo mantienen - más discretamente - ese espíritu liberal y patriótico. La canción argentina no hace ninguna referencia al fútbol ni al tango, dos grandes aportaciones de ese querido país. 

La letra del mexicano es tremenda. “¡Guerra, guerra sin tregua al que intente/de la patria manchar los blasones!,/¡guerra, guerra! los patrios pendones/en las olas de sangre empapad”. Mucho cañón, mucho estruendo, mucha guerra para mi gusto y, poco liberalismo por cierto.

El de Chile, aunque cumple con los requisitos, por lo menos tiene una estrofa que habla de las bellezas del país. Venezuela y Perú hacen referencia a la independencia, los uruguayos oponen libertad y patria o morir, que digo yo que hay más opciones, y el colombiano rompe cadenas sin aclarar quién las llevaba y quién las ponía, aunque puedo suponerlo.

Podríamos continuar pero creo que es ocioso. La mayoría de los himnos hacen referencia a un mundo pasado, en el que en las guerras el valor y la moral de los hombres era esencial y no dependía tanto de la tecnología, ¿qué valor demuestra un piloto de un dron cuando bombardea Afganistán desde el centro de comando situado en Oregón?. Tiempos pasados cuando la información no fluía a la velocidad actual y la gente pensaba que la guerra era una especie de excursión hacia la gloria y no una matanza injustificable. 

Y en cuanto al lirismo, hoy sabemos lo que de bueno tiene cada país gracias a lo fácil que es viajar pero, sobre todo, a los medios de comunicación de masas. Es más eficaz un anuncio de Turismo de España que poner una letra glorificadora de las paellas, las playas, nuestros castillos y catedrales. En algunos casos, la pérdida de vigencia de los himnos llega al ridículo como en las referencias a los ríos alemanes que ya no son alemanes y muchos países han tenido que actualizar sus textos por razones parecidas. Por todo ello, creo que estamos bien como estamos, aunque tengamos que tararear el himno cada vez que ganamos a los franceses en el Parque de los Príncipes porque, que no os quepa ninguna duda, somos mucho mejores que ellos. Chunda chunda.

Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo

Notas:

  1. Marta Sánchez López (Madrid, 8 de mayo de 1966) es una cantante y compositora española.
  2. Mahatma Gandhi (Porbandar, India británica; 2 de octubre de 1869-Nueva Delhi, Unión de la India; 30 de enero de 1948) fue el dirigente más destacado del Movimiento de independencia indio contra el Raj británico, para lo que practicó la desobediencia civil no violenta, además de pacifista, político, pensador y abogado hinduista indio. Recibió de Rabindranath Tagore el nombre honorífico de Mahatma (alma grande en hindi). En la India también se le llamaba Bāpu ( ‘padre’ en idioma guyaratí).
  3. Chunda chunda es una forma jocosa de referirse al tarareo del himno nacional español. En general se usa como onomatopeya de música repetitiva con percusión.
  4. Andrés Iniesta Luján (Fuentealbilla, Albacete, España, 11 de mayo de 1984) es un futbolista español que juega como centrocampista en el Fútbol Club Barcelona de la Primera División de España, equipo del que es capitán. Él fue el que marcó el gol que dio la victoria a la selección español en la final del mundial de fútbol de 2010 frente a la selección holandesa
  5. José María Pemán y Pemartín (Cádiz, 8 de mayo de 1897 – ibídem, 19 de julio de 1981) fue un escritor español, que cultivó todos los géneros literarios, destacando como periodista, dramaturgo y poeta, además de notable orador. Adscrito ideológicamente al monarquismo tradicional, fue uno de los principales apologistas de la Dictadura de Primo de Rivera y un ídolo intelectual de las derechas durante los años de la Segunda República.
  6. Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, España, 12 de febrero de 1949), conocido como Joaquín Sabina, es un cantautor, poeta y pintor español.
  7. Marcha Real es la denominación tradicional, conjuntamente con la de Marcha Granadera —o antiguamente, Marcha de Granaderos—, que recibe el himno nacional de España.
  8. Franz Joseph Haydn, conocido simplemente como Joseph Haydn ​ (Rohrau, cerca de Viena, Austria, 31 de marzo de 1732-Viena, 31 de mayo de 1809) fue un compositor austriaco. Es uno de los máximos representantes del periodo clásico, además de ser conocido como el «padre de la sinfonía» y el «padre del cuarteto de cuerda» gracias a sus importantes contribuciones a ambos géneros. También contribuyó en el desarrollo instrumental del trío con piano y en la evolución de la forma sonata.
  9. El Ultimátum británico de 1890 fue un ultimátum del gobierno británico de Lord Salisbury —entregado el 11 de enero de 1890 mediante un "Memorando"— al gobierno portugués, conminándole a retirar sus fuerzas militares existentes en el territorio comprendido entre las colonias de Mozambique y Angola, en las actuales Zambia y Zimbabue, con el pretexto de un incidente ocurrido entre portugueses y macololos, pero realmente por instigación del magnate de los diamantes sudafricano Cecil Rhodes. La zona era reclamada por Portugal, que la había incluido en el famoso mapa de color rosado, reclamando a partir de la Conferencia de Berlín una franja de territorio que iba de Angola a la contra-costa, o sea, a Mozambique. Representó el principio del fin de la monarquía portuguesa.
  10. El Tratado anglo-portugués de 1373 se firmó entre el rey Eduardo III de Inglaterra y los reyes Fernando I y Leonor de Portugal. Se estableció con su firma un tratado de «amistad, unión [y] la alianza perpetua» entre las dos naciones marítimas, constituyendo con ello la Alianza anglo-portuguesa, aún en vigor. Actualmente es el tratado activo más antiguo del mundo.




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Los Rojos No Usaban Sombrero



Edgar Allan Poe dejó escrito: “nuestros recuerdos son traidores y marchitos”. Nuestra memoria no está sólo mediatizada por su mayor enemigo, el olvido, sino también por nuestros sentimientos y por nuestras convicciones. Será por esta razón por la que hay tanto debate, no ya sobre el franquismo per se – asunto sobre el que se debería hablar más, sobre todo de algunos asuntos que todavía la sociedad española no se atreve a afrontar, nos falta memoria histórica - , sino que más bien el debate se mueve por la senda menos interesante de si el franquismo fue una dictadura atroz o, por el contrario, una dictadura ligera o dictablanda. Es menos interesante porque en realidad la cuestión no resiste el más mínimo análisis serio.

En primer lugar, cada uno de los que vivió en aquella época, cuenta su historia según le fue. Si de alguna manera estabas relacionado con el régimen, te sentías como pez en el agua y tus recuerdos son positivos. Si pertenecías a las clases que no estaban invitadas al festín, la cosa cambiaba y algunos recuerdos son malos e, incluso, trágicos. 

Pero más allá de esto, de las vivencias personales,  señores, el gobierno del general Franco fue – por encima de todo – una dictadura militar, que en sus casi cuarenta años fue pasando de tener un tinte filofascista muy violento a ser un régimen autoritario tecnocrático de violencia más selectiva. Pero siempre bajo mandato del espadón, bajo palio, con un bastón de mando en una mano y la cruz en la otra hasta que la muerte nos separó.

Así que hoy en los medios no es extraño encontrarse gente que reivindica aquella época como algo que no era tan malo como se lo pinta, que si no te metías en política podías vivir bien, que si no hablabas de lo que no te dejaban hablar no pasaba nada. Que era algo que ya está superado, pero que fue una fase necesaria a la que no hay que volver. Que tuvo realizaciones importantes, que pensaba en el trabajador – o “productor” que se decía en la jerga de entonces pues “trabajador” tenía resonancias marxistas -, que fundó la seguridad social, que convirtió el país en una potencia industrial. A mí se me ocurre a bote pronto que en Francia también tuvieron un general, que fue elegido en las urnas,  también crearon la seguridad social,  antes que nosotros,  y eran y son industrialmente más poderosos que nosotros. Así que a lo mejor fue una fase innecesaria a la que no hay que volver.

Pero, ¡ay amigo!, da la casualidad de que yo vivía ya, tenía 15 años cuando murió el dictador,  y no me dan gato por liebre. Yo tengo mis propios recuerdos, los recuerdos del niño que fui, la remembranza de las conversaciones de mis mayores, mi socialización en las costumbres y normas de la época, y asistí – en algunos casos protagonicé – situaciones que no se podían reproducir en ningún otro país de Europa occidental.

Entonces, ante los recuerdos de los que reivindican la dictablanda se alzan mis propios recuerdos de la infancia que no la dejan en buen lugar. Y si ellos tienen derecho a contar su historia yo tengo tanto derecho como ellos a contar la mía.

Por lo tanto, he sacado mis recuerdos de un armario polvoriento y he intentado recuperar ese niño que fui, y van surgiendo de ese armario relatos de cosas que pasaron delante de mí. Pero no sólo cuento lo malo, describo el ambiente, describo no sólo el porrazo del guardia de la porra sino aquello por lo que nos reíamos y éramos felices, la vida tal como la recuerdo desde las lentes de un niño y desde el sentido crítico de un adulto.

Voy sacando microrrelatos – apenas un folio - conforme mi memoria los recupera, poco a poco, sin un orden predeterminado. En un momento dado - cuando voy en el tren de cercanías o cuando me estoy lavando los dientes, o bien, cuando se me va de viaje  la mente en una de esas reuniones de trabajo tan aburridas - me viene a la memoria un recuerdo. Entonces lo apunto en mi libreta – la libreta que llamo “de pensamientos”, que me acompaña siempre - y espero una mejor ocasión para escribir el correspondiente relato. 

Los he publicado y seguiré publicando en mi microblog – Micro Sociología Divertida - y les he dado el nombre general de “Recuerdos de un niño del franquismo”. Pues para mí, un “niño del franquismo”, es aquel que nació y se educó en pleno apogeo de la dictadura.

He sido completamente sincero cuando los he escrito. Todo es tal y como lo recuerdo, pero hemos dicho que los recuerdos son traidores y marchitos, admito que mis relatos no son actas notariales. Los recuerdos de la infancia son además paradójicos, por un lado tienen una fuerza enorme, están grabados a fuego en nuestra memoria, pero por otro lado tienen un cierto toque de ensoñación, un barniz onírico por el que al final no estás seguro si lo soñaste, lo viviste o ambas cosas. De todas formas es lo único que tengo y es lo que os ofrezco. Ahí los dejo para los que quieran leerlos.

En la posguerra, un anuncio  que se convirtió en un hito de la publicidad en España, fue el de una sombrerería cercana a la Puerta del Sol que decía: “Los rojos no usaban sombrero”. Se aprovechaba de la represión del régimen y el consiguiente deseo de no querer ser identificado como de izquierdas, de “no significarse” como se decía en la época, para provocar la necesidad de comprar sombreros en aquella tienda. Si se piensa en ello, se trata de una publicidad muy efectiva, muy poco ética, muy indicativa de lo que pasaba en el país y de que la dictablanda no era tan blanda como quieren hacernos ver.

Para hacer promoción de mis humildes escritos no voy a recurrir a algo parecido, por ejemplo: “Los fachas no leen Sociología Divertida”, sería absurdo, más teniendo en cuenta que no me llevo ni un duro, que me gusta que me lean pero que no deja de ser un hobby. Además, ¿por qué habría de cerrarme a un grupo de lectores?. A lo mejor abren los ojos.

Juan Carlos Barajas Martínez
Niño del franquismo
Historias de un niño del franquismo