Representación y desafección políticas

 

Cartel en una manifestación con el lema "No nos representan"

Resumen

Este artículo analiza el concepto de representación política, sus disfunciones y la desafección que estas generan entre los ciudadanos, así como las consecuencias de este descontento: la abstención, el voto en blanco y el voto de castigo, que puede canalizarse hacia opciones políticas de carácter cada vez más autoritario. Asimismo, se examinan las consecuencias negativas de estas opciones.

Abstract

This article examines the concept of political representation, its dysfunctions, and the political disengagement they generate among citizens, as well as the consequences of this discontent: abstention, blank voting, and protest voting, which may channel support towards increasingly authoritarian political options. It also examines the negative consequences of these options.

Índice

  • Introducción
  • La idea de representación política
  • De la representación emana el poder
  • La abstención no es neutral: sus efectos electorales
  • El voto en blanco
  • El voto de protesta
  • Conclusión
  • Notas
  • Bibliografía


Introducción

Hay una frase —«¡No nos representan!»— que, convertida en grito, ha sido la más repetida durante las manifestaciones y asambleas populares, que ha dado nombre a innumerables artículos periodísticos e, incluso, que yo sepa, a algún libro. Esto ha ocurrido sobre todo en épocas de especial crisis, como durante el 15M, del que ya han pasado 15 años (¡Dios mío cómo pasa el tiempo!). Pero el lema no se ha ido nunca del todo. Este grito se ha identificado con un sentimiento de desapego, de desafección de una buena parte de los ciudadanos que se sienten fuera del sistema democrático.

La corrupción evidente de parte de la clase política; el comportamiento de los partidos tradicionales; el de los partidos nuevos que surgieron como alternativa por su mal funcionamiento; la visión de que el parlamento y las demás instituciones representativas van a su aire, alejados de los problemas reales de la gente (lo que provoca la sensación de que solo quieren de ti el voto cada cuatro años); el difícil acceso a la vivienda; las dificultades de los jóvenes para labrarse una vida digna y tranquila... y otras causas que me dejo porque mi memoria no es la que era. Todo ello hace crecer en gran parte de la población el sentimiento de que no están invitados a la fiesta.

Ante tal dejación en la representatividad de los representantes de la nación, ¿quién puede extrañarse de que un grupo importante de la población sienta que no se les representa desde las Cortes, desde los parlamentos autonómicos y desde los ayuntamientos? Y esa falta de fe en las instituciones se refleja en una tendencia clara a la abstención y, últimamente, en un trasvase del voto hacia partidos de corte autoritario.


La idea de representación

La idea de representación trae consigo la idea de una persona o grupo de personas que actúan en nombre de otras, para lo cual existe algún tipo de acuerdo entre ellos. Y la existencia de esta figura de la representación es tributaria de algún tipo de necesidad o de utilidad; en el caso de la política, porque —dado el gran número de personas a representar, ya que no vivimos en las antiguas polis griegas en las que funcionaban relativamente bien las fórmulas de democracia directa1— es muy complicado resolver los problemas del día a día mediante asambleas.

En las democracias, es tu voto el que marca ese nexo entre representante y representado, que debería tomar forma con el programa electoral —que para algunos teóricos es como un contrato de representación— y que toma cuerpo cuando se proclama al candidato y este se convierte en representante. Este nexo que une al representante y los representados no solo liga a los primeros con los que les han votado, sino con todos los votantes de una circunscripción territorial, les hayan votado o no. Y esto debería tenerlo en cuenta el cargo electo: no hasta el punto de traicionar su programa electoral, pero sí para que cada vez que tome una decisión lo haga pensando en todos. Yo, personalmente, tengo la sospecha de que esto ocurre en pocas ocasiones y que, muy a menudo, se oye a los representantes hablar solo para sus votantes cuando no ofenden directamente a los colectivos que no les votaron. Como reciprocidad, los no votantes no suelen sentirse representados por ellos.

Pero sigamos. Hagamos un poco de historia, tan solo unos párrafos. Hay que situar el origen de la representación en las asambleas estamentales medievales que asistían y aconsejaban al monarca. Los representantes lo eran de los distintos estamentos sociales en salvaguarda de sus respectivos intereses y privilegios, y había una vinculación inequívoca: la relación entre representante y representado era un mandato imperativo.

En la era moderna, los monarcas absolutos redujeron las antiguas asambleas a su mínima expresión —a excepción, quizás, de Inglaterra— y, con ellas, se perdió el sentido de la representación.

Los regímenes liberales que fueron surgiendo a partir de finales del siglo XVIII trajeron la idea de la soberanía nacional y, a partir de ella, se configuraron nuevos parlamentos en los que sus miembros, los representantes de la nación, eran los que ejercían la voluntad nacional. Es curioso que estos señores ejercieran la voluntad nacional siendo elegidos por sufragio censitario2, es decir, por unos pocos privilegiados. De todas formas, se había dado un paso adelante, pues la soberanía ya no residía en un único señor, el soberano.

En el régimen liberal, la representación era libre —también llamada mandato representativo—, lo que excluía la posibilidad de mandato imperativo; es decir, no estaba lastrada por compromisos ni limitaciones de los representados. Aunque el hecho de que hubiera una relación tan cercana entre representante y representados —al fin y al cabo, un pequeño grupo de influyentes ciudadanos— implicaba que el cargo electo tampoco podía hacer lo que le diera la gana, sino que estaba mediatizado por los intereses de los que le habían mandado hasta allí.

El advenimiento de los regímenes democráticos que extendieron —a caballo entre los siglos XIX y XX— el sufragio del censitario al universal3 provocó que la representación viniera a cargarse de un sentido más participativo y pluralista. Pero eso fue en la teoría. Con el paso del tiempo, la irrupción de los partidos políticos en la vida pública —hasta el punto de controlar en la práctica los procesos de producción de la representación— hizo que el representante llegara a serlo por el apoyo de la maquinaria del partido, lo que trajo consigo el dilema de a quién hacer caso: si al partido, al que le debía disciplina, o al ciudadano, al que le debía la representación.

Dilema que, en estos convulsos tiempos, todos sabemos cómo se ha resuelto. Todos hemos visto cómo los jefes de los grupos parlamentarios utilizan signos para indicar en qué sentido hay que votar, y hemos asistido a situaciones en las que, cuando el asunto ha afectado a la conciencia de algún diputado o senador que la tiene, ha tenido que pagar alguna multa por romper la disciplina de voto.


De la representación emana el poder

Y ese representante, atado a la disciplina del partido, forma parte de un engranaje que produce mucho poder. Esta representación de tipo jurídico-política genera una autoridad real. En rigor, la soberanía nacional reside en el pueblo, y el parlamento la ejerce por representación; pero a efectos prácticos, todo el entramado institucional pasa por él.

Nuestros representantes eligen al presidente del Gobierno, y este elige a los ministros. Y el Gobierno acumula una capacidad de decisión enorme: gobierna, recauda, distribuye dinero y recursos, dirige la administración, a las fuerzas armadas y a las fuerzas de seguridad, tiene la iniciativa legislativa y la potestad reglamentaria4. Nuestros representantes eligen, en su totalidad o en parte, a los órganos de dirección de los Órganos Constitucionales que dirigen todos los demás aspectos de la vida pública, desde el Tribunal Constitucional5, al Consejo General del Poder Judicial6 ; aprueban las leyes por las que nos regimos, aprueban los presupuestos del Estado —que pueden beneficiar a determinados sectores, habitualmente los mejor situados, en detrimento de otros— y establecen impuestos y tasas que pueden ser redistributivos o abusivos. En definitiva, todo pasa por las manos de esos representantes que, según muchos perciben, no nos representan. Y esto, en el ámbito nacional; el mismo esquema se repite en el autonómico, el municipal y el europeo.

Y cuando todo pasa por sus manos, abstenerse no es una opción neutral: es dejar que otros decidan por ti.


La abstención no es neutral: sus efectos electorales

Quedarse en casa el día de las elecciones puede hacerte sentir como alguien que da un portazo a la clase política y al sistema. Otros piensan —y en cierto modo no les falta razón— que cuanta menos participación, menos legitimidad tiene el sistema, y sueñan con que esa falta de legitimación lleve al colapso. Está por ver que el colapso sea una buena idea: cuando cae un sistema, pagan justos por pecadores, y la historia enseña que más de una vez la situación se estabiliza en un nuevo sistema que no es mejor que el anterior. Los sistemas políticos, además, tienen bien desarrollado el instinto de conservación: son a prueba de bombas y tardan mucho en colapsar. Y otros, en fin, opinan que todos los partidos son iguales y que qué más da a quién votar.

Todo esto lo entiendo. Pero cuando, como hemos visto, se acumula tanto poder, ¿es racional no dar nuestra opinión? ¿Tiene sentido otorgar la razón mediante el silencio? ¿No se estará frotando las manos más de uno pensando en los porcentajes de abstención?

Y es que la abstención no sirve como protesta: no indica nada, no tiene dueño. Por eso hay tantos que intentan apropiársela. Es muy fácil: si no se ha votado a nadie, puedo reclamar ese voto como mío. Ya he visto muchas veces ese tipo de reivindicaciones —desde el anarquismo hasta la extrema derecha— que no llevan a ninguna parte; desde luego, a la Carrera de San Jerónimo7 , no.

Porque lo cierto es que el resultado de las elecciones no se vería afectado, aunque tan solo votara el 10% del electorado: el sistema seguiría produciendo un resultado, el que saliera de aplicar la fórmula electoral8 a los votos válidos. Es más, por milagros de esa fórmula, la abstención tiende a favorecer a los partidos mayoritarios.

En mi artículo «El discreto encanto de la abstención…», hice un pequeño experimento que cualquiera puede realizar. Me armé de una hoja de cálculo Excel y de un simulador de la Ley D'Hondt9 y me puse a estudiar cómo influiría en unos resultados electorales una disminución de la abstención. Basándome en las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid de 2011, aumenté los porcentajes de participación manteniendo los de los partidos mayoritarios y distribuyendo ese voto añadido entre los demás partidos. El resultado fue una disminución significativa de los escaños asignados a los dos grandes partidos. (Conviene advertir que se trata de una simulación: si el voto añadido se repartiera de otra manera, el resultado podría variar.)


El voto en blanco

El voto en blanco, por supuesto, es una opción legítima del elector. El voto en blanco es otra forma de expresar a la clase política la desafección hacia una forma de hacer política. Aceptas el sistema democrático y te molestas en ir al colegio electoral, pero tu voto es igualmente inútil. Es más, en cierto sentido es más perjudicial que la abstención.

El voto en blanco cuenta a la hora de establecer la participación, pero también a la hora de calcular la barrera electoral10. El número mínimo de votos para entrar en el reparto de escaños se obtiene calculando el 3% del total de votos válidos de la circunscripción; y ahí los votos en blanco elevan ese umbral. Por otra parte, el voto en blanco no se cuenta a la hora de repartir los escaños: no hay escaños en blanco, se ocupan todos. Al elevar el número mínimo de votos para entrar en el parlamento, perjudicas a los partidos pequeños y beneficias a los grandes, que tienen menos competencia para repartirse los escaños.

En el fondo, el voto en blanco y la abstención comparten una misma ilusión: creer que no votar —o votar en blanco— envía un mensaje que el sistema no puede ignorar, cuando de hecho tiene mucho margen para permitirse el lujo de ignorarlo.


El voto de protesta

Hablaba hace poco con un joven abogado que, con una mezcla de desencanto y de rotundidad, me espetó: «La democracia está sobrevalorada». No creo que estos jóvenes tengan la democracia sobrevalorada; más bien al contrario, la tienen idealizada. La conciben como un sistema perfecto que, al no serlo, les parece que no funciona y se puede prescindir de ella, como si la democracia pudiera ser perfecta, como si cualquier creación humana fuera perfecta. Y es cierto que la democracia tiene fallos: la disciplina de partido que hemos visto, la distancia entre representantes y representados, la lentitud de los procedimientos, la influencia de intereses que no aparecen en ningún programa electoral. Pero confundir la imperfección con la inutilidad es un error que se paga en los resultados de las urnas. 

Porque la desafección no solo produce abstención; también produce voto de protesta. Cuando un ciudadano siente que el sistema no le representa, tiene dos salidas: retirarse o apoyar a quien promete romperlo. Son dos caras de la misma moneda, y ambas parten de la misma premisa: que mi voto no sirve para nada o, como mucho, para castigar a los que me han decepcionado. 

El problema es que esa premisa es falsa. La abstención no resta: multiplica el peso del voto de los demás.  Y entre esos «demás» están los votantes más movilizados, que no siempre son los más moderados. A veces son votantes de partidos con vocación autoritaria. Conviene, por tanto, precisar qué entendemos por «autoritario», para no convertir el análisis en un intercambio de etiquetas. 

La literatura sobre el tema —Levitsky11 y Ziblatt12, entre otros— señala cuatro señales que permiten identificar a un actor político con vocación autoritaria, con independencia de su ideología: el rechazo de las reglas del juego democrático, la negación de la legitimidad del adversario, la tolerancia o el estímulo a la violencia y la disposición a restringir derechos y libertades. No es una cuestión de siglas ni de programas más o menos radicales; es una cuestión de cómo se compite. Y cuando un ciudadano decide quedarse en casa, está dejando que sean otros —los que sí compiten— quienes decidan las reglas del juego.

Dicho esto, conviene ser honesto: no toda abstención alimenta el autoritarismo, ni todo voto de protesta es autoritario. Hay abstención por indignación legítima, por exclusión social, por la sensación de que no hay alternativas reales. Reconocerlo no debilita el argumento; lo hace más creíble. Pero también es verdad lo contrario: quien se abstiene no solo renuncia a su parte de poder; también deja que lo ejerzan otros en su nombre. Y esos otros, a diferencia de él, no se han quedado en casa.


Conclusión

La abstención —y también el voto de castigo a partidos autoritarios— me recuerda a una frase que decía mi madre cuando yo me enfadaba con ella y hacía algo para castigarla que, en realidad, me castigaba más a mí que a ella. Cosas como «ahora ya no juego» o «ya no te dibujo más». En esos casos, mi madre me decía con tono burlón: «Eso, ¡para que se fastidie mi capitán, hoy no como rancho!13». Humildemente pienso que quien siente desafección hacia la política y la materializa en la abstención se está castigando a sí mismo: no come rancho, pero al capitán le da igual.

Porque el castigo de verdad no es quedarse en casa, sino votar a otros que respeten las reglas del juego democrático. Ahí les das donde más les duele: en la representación, de donde hemos visto que surge todo el poder. Ellos no lo dicen, pero el lema electoral real no confesado de ciertos partidos es «vótame y, si no, abstente». Les conviene la abstención hacia los demás; lo que no les conviene es que su electorado se vaya a otra parte.

El problema es cuando ese voto de castigo se dirige a partidos de corte autoritario. Ese voto hace daño, sí, pero a los partidos moderados que comparten tendencia y, sobre todo, al sistema democrático. Mientras no encontremos un sistema mejor para gobernarnos, no nos beneficia mucho promover a sus enemigos.

En los próximos días tenemos unas elecciones. Ojalá nos apliquemos el cuento.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

 

Notas

  1. Por cierto en la constitución de Atenas, la más conocida y admirada de la antigüedad, había órganos representativos, no sólo funcionaba la asamblea de ciudadanos. Ver Democracia Ateniense
  2. Sufragio censitario o sufragio restringido fue un sistema electoral, vigente en diversos países occidentales entre fines del siglo XVIII y el siglo XIX, basado en la dotación del derecho a voto sólo a la parte de la población que contara con ciertas características precisas (económicas, sociales o educacionales) que le permitiera estar inscrita en un "censo electoral". El sufragio censitario se contrapone al sufragio universal, que no establece condiciones salvo mayoría de edad y la ciudadanía (aunque hasta el siglo XX estaba limitado al sufragio masculino).
  3. El sufragio universal consiste en el derecho a voto de toda la población adulta de un Estado, independientemente de su raza, sexo, creencias o condición social. Habitualmente se entiende de forma más concreta, en el sentido de más ligado a la extensión del voto a la población adulta femenina
  4. La potestad reglamentaria es la capacidad del poder ejecutivo de dictar normas generales de rango inferior a las leyes, por lo común en desarrollo o aplicación de éstas.
  5. El Tribunal Constitucional de España o TC es el órgano constitucional que ejerce la función de supremo intérprete de la Constitución Española de 1978
  6. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), según el artículo 122 de la Constitución Española, es el órgano de gobierno del Poder Judicial de España. Su principal función es velar por la garantía de la independencia de los jueces y magistrados frente a los demás poderes del Estado.
  7. La Carrera de San Jerónimo es la calle de Madrid en la que está ubicada la sede del Congreso de los Diputados.
  8. La fórmula electoral es el cálculo matemático mediante el cual, en una votación, se distribuyen los escaños de una asamblea en función de los votos del electorado.
  9. La Ley d’Hondt es la fórmula electoral que se aplica en España
  10. La barrera electoral o legal, también conocida como cláusula de barrera, o umbral electoral, es en política la proporción mínima de votos que necesita una lista electoral para que pueda conseguir asientos o representantes en el parlamento u órgano similar; o también, la cantidad mínima para que un partido pueda actuar en las comisiones parlamentarias. El objetivo de la cláusula es evitar la fragmentación parlamentaria.
  11. Steven Robert Levitsky (nacido el 17 de enero de 1968 en Brookline, Massachusetts, aunque algunas fuentes señalan Ithaca, Nueva York) es un politólogo estadounidense, profesor de Gobierno y de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Harvard. Es uno de los académicos más influyentes en el estudio de la democracia, el autoritarismo y los partidos políticos, y su obra se ha convertido en referencia obligada para entender la erosión democrática contemporánea
  12. Daniel Ziblatt (nacido en 1972) es un politólogo estadounidense, catedrático Eaton de Ciencia del Gobierno en la Universidad de Harvard desde 2018 y director del Minda de Gunzburg Center for European Studies de la misma universidad. Es uno de los académicos más influyentes en el estudio de la democracia, la democratización y la construcción del Estado, y su obra —especialmente la escrita junto a Steven Levitsky— se ha convertido en referencia obligada para entender la erosión democrática contemporánea.
  13. Rancho, según el diccionario de la Real Academia, en su primera acepción significa: Comida que se hace para muchos en común, y que generalmente se reduce a un solo guisado; p. ej., la que se da a los soldados y a los presos.

 

Bibliografía

Vallés I. y Bosch A. (1997). Sistemas Electorales y Gobierno Representativo. Barcelo: Editorial Ariel

Delgado, I. y López Nieto I. (2004). Comportamiento Político, Partidos y Grupos de Presión. Madrid: UNED

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How democracies die. Nueva York: Broadway Books. (Hay traducción al español: Cómo mueren las democracias. Barcelona: Ariel, 2018).

 


Representación y desafección políticas © 2026 by Juan Carlos Barajas Martínez is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0 International

Sociología del envejecimiento 4: teorías sociológicas de 1ª generación

 

Fuente: Bergston, Burguess y Parot (1997) a través de Robledo y Orejuela (2020)

Resumen

Este artículo es el primero de los dedicados a las teorías sociológicas del envejecimiento. En él se abordan las teorías de primera generación, que surgieron inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y se extendieron hasta finales de los años sesenta. Estas teorías comparten un mismo contexto histórico y una misma preocupación por el lugar de los mayores en la sociedad.

Se examinan cuatro perspectivas: la teoría de la retirada o desvinculación (Cumming y Henry, 1961), la teoría de la actividad (Havighurst, 1961), la teoría de la modernización (Cowgill y Holmes, 1972) y la teoría del envejecimiento como subcultura (Rose, 1965).

Para cada una se presentan sus autores, sus tesis centrales, las críticas que ha recibido y cuál es su vigencia en la actualidad. El artículo concluye señalando las limitaciones comunes de esta primera generación y anticipando el desarrollo de las teorías de segunda y tercera generación en las siguientes entregas.

Abstract

Índice

  • Introducción
  • Teoría de la retirada o desvinculación
  • Teoría de la actividad
  • Teoría de la modernización
  • Teoría del envejecimiento como subcultura
  • Conclusiones

Introducción

La sociología no se preocupó por la vejez de manera seria hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, han predominado los enfoques empíricos, que conectan con dificultad con los modelos teóricos establecidos y que suelen ser más descriptivos que explicativos, de carácter práctico y hasta cierto punto ateórico. De hecho, uno de los mayores esfuerzos que he tenido que hacer al preparar este artículo ha sido enlazar, en la medida de lo posible, las teorías sociológicas principales con las teorías particulares sobre el envejecimiento.

Existe una clasificación habitual en la literatura que divide las teorías sobre el envejecimiento en tres generaciones. Adopta como criterios el cronológico, por un lado, y las características comunes que presentan, por otro. Las teorías de la primera generación aparecieron inmediatamente después de la guerra, hacia 1949, y se extendieron hasta 1969. Se centran en asignar a los mayores su lugar en la sociedad. Desde 1970 hasta 1985, como oposición al primer grupo, surgieron las de segunda generación, que buscan identificar las formas en que los ancianos se relacionan. Por último, las de tercera generación aparecen a partir de 1980 como crítica a los planteamientos anteriores. Veamos con detenimiento el primer grupo de teorías.

Teoría de la retirada o de la desvinculación

Aunque el funcionalismo, como marco general, no se ocupó del envejecimiento de forma monográfica, sí proporcionó las herramientas conceptuales que los autores de la teoría de la retirada aplicarían después. Por eso se considera esta teoría como parte del funcionalismo.

La teoría tiene dos nombres ("teoría de la retirada" y "teoría de la desvinculación") porque son dos traducciones diferentes del mismo concepto en inglés: Disengagement Theory, formulada por Elaine Cumming (1) y William E. Henry (2) en 1961.

Según esta teoría, el funcionamiento social del envejecimiento tiene dos procesos: sustitución y retirada. Para que una sociedad se mantenga estable, es necesario que las personas que en un futuro inmediato van a ser incapaces de realizar sus tareas satisfactoriamente sean reemplazadas por otras más jóvenes capaces de sustituirlas. Y este proceso de sustitución se complementa con el proceso de retirada de los mayores. A fin de evitar trastornos sociales, la respuesta social es, según estos autores, apartar o retirar (disengage) a los ancianos; esto es, transferir gradualmente las tareas y responsabilidades de los mayores a los jóvenes, de manera que puedan ser desempeñadas con las mínimas interrupciones.

El envejecimiento implica, por tanto, un retiro mutuo: la persona mayor se retira de sus roles sociales (trabajo, responsabilidades familiares, vida social activa) y la sociedad, a su vez, se retira de ella (la jubila, la excluye de ciertos ámbitos).

Es un proceso natural y universal: según Cumming y Henry, este retiro es inevitable, ocurre en todas las sociedades y es beneficioso para ambas partes. La persona mayor puede dedicarse a la introspección y a prepararse para el final de la vida —estoy seguro de que esta teoría no la formuló alguien de edad provecta—, mientras que la sociedad permite que las generaciones más jóvenes ocupen los roles que los mayores dejan vacantes. Este proceso garantiza la continuidad y el equilibrio del sistema; es decir, usando la jerga funcionalista, es funcional para el sistema social, pues evita conflictos intergeneracionales por los roles y los recursos.

Aunque la teoría tiene todavía, más de 60 años después de su formulación, muchos simpatizantes, hay muchos más críticos.

En primer lugar, muchos trabajadores no están preparados para ser apartados del trabajo remunerado porque no tienen la suficiente seguridad económica que los respalde.

En segundo lugar, muchos mayores no desean ser apartados de sus responsabilidades productivas o profesionales. Al fin y al cabo, la retirada conlleva un alto precio, que incluye la pérdida de prestigio social y el aislamiento.

En tercer lugar, no se dispone de evidencias suficientes para afirmar que los beneficios de retirar a los ancianos son mayores que los costes, que incluyen desde la pérdida de recursos humanos —sobre todo de conocimientos y experiencia— hasta los costes asociados al mantenimiento de unas personas que pueden valerse muy bien por sí mismas.

Por último, y es la crítica más clara en mi opinión, esta teoría presenta a los mayores como personas pasivas, dispuestas a abandonar la carga del trabajo y a recibir ayuda o depender de los demás, cuando hay investigaciones —las hemos visto en artículos anteriores— que indican lo contrario.

La teoría de la retirada, tal como la formularon Cumming y Henry, está académicamente desacreditada, pero su lógica de fondo —entender a los mayores como una categoría que debe ser "gestionada" para el buen funcionamiento del sistema— sigue muy viva en el discurso político contemporáneo, especialmente en la derecha liberal y la ultraderecha.

No es que los partidos liberales o de extrema derecha hayan leído a Cumming y Henry. Es que la teoría de la retirada fue la expresión académica de una lógica funcionalista que sigue operando en el discurso político: la de que ciertos grupos deben ser "gestionados" —retirados, recortados o privatizados— para garantizar el equilibrio del sistema.

 

Teoría de la actividad

Como reacción a la teoría de la retirada surgió la teoría de la actividad, propuesta por Havighurst (3) en 1961. Aunque Havighurst es su autor más citado, la teoría contó también con las aportaciones de otros autores, como Albrecht (4) y, en cierta medida, Neugarten (5). Parte de la proposición de que un alto nivel de actividad mejora la satisfacción personal de los mayores.

Puesto que todas las personas construyen su identidad a partir de las actividades y los roles que desempeñan, la retirada, tal como la presentan los funcionalistas, implica un grado menor de satisfacción personal y, en casos extremos, una inadaptación a la nueva situación que convierte la vida de los mayores en un sinsentido.

La teoría propone que los mayores deben recibir nuevos roles y responsabilidades a medida que son sustituidos en los antiguos, de manera que puedan mantener una vida activa. De hecho, como hemos visto en artículos anteriores, muchos estudios muestran la importancia de permanecer implicado en actividades y relaciones diarias.

Esta idea conecta directamente con el interaccionismo simbólico. Autores como Mead (6) y Goffman (7) ya habían señalado que el yo y la identidad no son algo dado, sino que se construyen y se negocian en la interacción social. Desde esta perspectiva, la actividad no es solo una forma de "entretenerse" o de "mantenerse ocupado": es el mecanismo a través del cual los mayores siguen construyendo su identidad y su lugar en el mundo. Sin roles ni actividades, el yo se desdibuja.

La teoría de la actividad no centra su atención en las necesidades de la sociedad, sino en las de los mayores, y destaca la diversidad social que existe entre este colectivo, una consideración importante a la hora de elaborar políticas públicas.

También esta teoría no se libra de las críticas, muchas de ellas provenientes del campo del funcionalismo, pero también las hay desde otras perspectivas.

Las principales críticas a la teoría de la actividad señalan, en primer lugar, su homogeneización de la vejez, no todos los envejecimientos son iguales. En segundo término, su insuficiente alcance explicativo, centrado solamente en la conducta de los individuos. También se critica que se deje a los mayores la responsabilidad de adaptarse al sistema social sin un análisis crítico de las estructuras dominantes y las normas preestablecidas. Se la acusa, además, de la falta de consideración de factores como la exclusión social, la pobreza o el declive físico o mental, y su influencia en la posibilidad de elegir nuevos papeles sociales. Se la tacha de etnocentrismo por sus fundamentos, provenientes de los valores de la clase media americana, que desconocen los contextos de los países en desarrollo. Por último, se critica el hecho de que el énfasis en la actividad para evitar el desenganche puede ser visto como una perspectiva antienvejecimiento en la cual la muerte no se tiene en cuenta.

A pesar de estas críticas, según algunos autores, muchas investigaciones actuales están soportadas en esta teoría al usar marcos de referencia de referencia de adaptación o inadaptación de las personas viejas a las expectativas sociales, sin considerar sus necesidades particulares.

Teoría de la modernización

Si la teoría de la actividad ponía el foco en el individuo, la teoría de la modernización desplaza la mirada hacia la sociedad en su conjunto. Propuesta por Cowgill (8) y Holmes (9) en 1972, esta teoría relaciona el grado de modernización de las sociedades con el papel que juegan los mayores en su seno. Los autores argumentan que el aumento de la modernización conlleva el declive de la valoración de los mayores.

La causa de esta correlación inversa estribaría en que el tipo de conocimiento y el papel social de los ancianos disfrutaba de una gran importancia y reconocimiento en las sociedades preindustriales, pero no en las sociedades modernas, en las que la urbanización, la industrialización y la burocratización han desplazado el prestigio de lo viejo.

Estos procesos sociales han traído consigo el mayor nivel educativo de las nuevas generaciones, el aumento del tiempo libre, el incremento de la esperanza de vida y profundos cambios en la tenencia familiar de la propiedad de la tierra. Son cambios económicos y culturales que convierten a los viejos en dependientes económicos de sus hijos, despojándoles de la vitola de patriarcas que poseían antaño en las sociedades agrícolas.

Cowgill y Holmes identificaron cuatro factores que explican el declive del estatus de los mayores en las sociedades modernas. El primero es la tecnología sanitaria: los avances médicos alargan la vida, pero también prolongan la dependencia de quienes ya no pueden valerse por sí mismos. El segundo es la tecnología económica: la rápida obsolescencia de los conocimientos técnicos hace que la experiencia acumulada por los mayores pierda valor frente a las habilidades de los más jóvenes. El tercero es la urbanización: la dispersión de las familias y la vida en ciudades rompen las redes de apoyo tradicionales que sostenían a los mayores en el medio rural. Y el cuarto es la educación masiva: cuando el conocimiento deja de ser un privilegio de unos pocos y se democratiza, la brecha entre lo que saben los mayores y lo que aprenden los jóvenes se estrecha, y con ella se diluye la autoridad de los ancianos como depositarios de la sabiduría.

Los críticos de la teoría de la modernización le reprochan, en primer lugar, que considere el proceso de modernización como algo lineal, sin tener en cuenta sus facetas, su transformación y su duración. En segundo lugar, se critica que caiga en la homogeneización de los ancianos, desconociendo el contexto sociocultural y las nociones cambiantes de la vejez. Por último, se le achaca no incorporar variables de género, raza, etnia, clase social, localización geográfica ni periodo histórico asociado al estudio del proceso de envejecimiento. Es decir, como se puede apreciar, se le acusa de ser una teoría un tanto simplista y muy general.

Esta teoría se sigue utilizando en algunos sectores de la academia para explicar el aumento de la demanda de servicios por parte de los mayores y para anticipar el camino que, según sus postulados, habrán de seguir los países en desarrollo: el mismo que nos ha llevado a las sociedades industriales a disfrutar de las cotas de desprecio hacia los mayores que hoy conocemos.

Teoría del envejecimiento como subcultura

Frente a las teorías anteriores, que ponían el acento en el individuo o en la estructura social, la teoría de la subcultura introduce una novedad: la idea de que los mayores desarrollan una cultura propia.

Propuesta por Rose y, en menor medida, por Peterson en 1968, esta teoría sostiene que la población mayor, como respuesta al entorno que las sociedades modernas construyen a su alrededor, ha desarrollado una cultura propia, con normas, valores, patrones de conducta, creencias, intereses comunes y comportamientos específicos, con independencia de sus características de género, raza y clase social.

Rose (10) y Peterson (11) proponen que el entorno que ha transformado la cultura de los ancianos se ha creado a partir de las normas y expectativas de comportamiento que se establecen en las interacciones sociales, así como de los cambios demográficos, ecológicos y sociales. Y, quizás lo más importante, por un lado, el establecimiento de políticas públicas segregacionistas —así las califican— como la jubilación y los centros de retiro; y, por otro, el agrupamiento por edades, muy común en las sociedades contemporáneas.

Esta teoría se inscribe directamente en el interaccionismo simbólico. Rose era un autor formado en esa tradición, y su idea de que los mayores construyen una identidad compartida a través de la interacción con otros mayores es un ejemplo claro de cómo el yo se forma en la interacción social. Desde esta perspectiva, la subcultura de la vejez no es una respuesta "natural" al envejecimiento, sino el resultado de un proceso de segregación social: cuando la sociedad aparta a los mayores de los espacios de interacción con otros grupos de edad —mediante la jubilación, las residencias o la organización de actividades "para mayores"—, estos tienden a agruparse entre sí y a desarrollar una cultura propia. La subcultura, por tanto, no es la causa del aislamiento, sino su consecuencia.

Las críticas a esta teoría, en primer lugar, se centran en la exclusión que genera la subcultura en las interacciones con otros grupos etarios y en el aumento de los estereotipos negativos, que pueden ir en contra del restablecimiento de los derechos de los mayores en la acción política.

En segundo lugar, se señala que la teoría corre el riesgo de presentar la subcultura de la vejez como algo homogéneo, cuando en realidad los mayores no comparten una única identidad: las diferencias de clase, género, etnia y trayectoria vital siguen operando dentro de esa supuesta subcultura.

Por último, se critica su carácter circular: si la subcultura surge de la segregación, y la segregación se justifica por la existencia de una subcultura. Y esto de la circularidad en la argumentación es algo que no se admite en nuestra tradición lógica occidental.

En la actualidad, esta teoría se sigue utilizando para explicar las relaciones entre los ancianos y el resto de la sociedad. Su utilidad principal reside en que permite analizar cómo las políticas públicas y las prácticas sociales —desde la jubilación obligatoria hasta los centros de día— pueden contribuir a crear y reforzar una identidad de grupo entre los mayores, con efectos ambivalentes: por un lado, puede generar un sentimiento de pertenencia y apoyo mutuo; por otro, puede profundizar la separación respecto al resto de la sociedad y reforzar los estereotipos. La teoría, en este sentido, sigue siendo una herramienta valiosa para pensar críticamente sobre las consecuencias no previstas de las políticas de envejecimiento.

Conclusiones

Las teorías de primera generación no comparten un único marco teórico, aunque sí un mismo contexto histórico y una misma pregunta de fondo: ¿cuál es el lugar de los mayores en la sociedad? La teoría de la retirada es claramente funcionalista: entiende el envejecimiento como un proceso de retiro mutuo que garantiza el equilibrio del sistema. La teoría de la actividad surge como reacción a ella y desplaza el foco hacia el individuo y su satisfacción personal. La teoría de la modernización es una teoría macro-histórica de inspiración evolucionista, que describe el declive del estatus de los mayores a medida que las sociedades se industrializan. Y la teoría de la subcultura se inscribe en el interaccionismo simbólico: los mayores construyen una identidad compartida a través de la interacción con otros mayores. Cuatro respuestas distintas, por tanto, a una misma pregunta.

A pesar de esta diversidad, todas comparten algunas limitaciones. En primer lugar, homogeneizan la vejez: tratan a los mayores como un grupo uniforme, sin atender a las diferencias de clase, género, etnia o trayectoria vital. En segundo lugar, desatienden las estructuras sociales: ponen el foco en el individuo, en la cultura o en el proceso histórico, pero rara vez analizan cómo el sistema económico y las políticas públicas moldean la experiencia de envejecer. Y, en tercer lugar, confían demasiado en la adaptación: asumen que los mayores pueden —y deben— adaptarse al lugar que la sociedad les asigna, sin tener en cuenta que muchos carecen de los recursos materiales o sociales para hacerlo.

Estas limitaciones fueron las que impulsaron el surgimiento de las teorías de segunda generación, que abordaremos en el siguiente artículo. Frente al funcionalismo y la homogeneización, estas nuevas perspectivas pusieron el foco en la interacción, la desigualdad y la construcción social de la vejez. Si la primera generación se preguntó por el lugar de los mayores en la sociedad, la segunda se preguntará por las formas en que los mayores se relacionan, negocian y resisten ese lugar.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

Notas

  1. Elaine Cumming, bióloga social y profesora de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Albany. Su formación en biología social le permitió abordar el envejecimiento como un proceso que entrelaza lo biológico y lo social, y su teoría, de inspiración funcionalista, se convirtió en el punto de partida de la sociología del envejecimiento moderna.
  2. William Earl Henry (Holyoke, Massachusetts, 14 de noviembre de 1917 — febrero de 1994), psicólogo y profesor de la Universidad de Chicago, dirigió el Estudio de Vida Adulta de Kansas City, del que surgió, junto a Elaine Cumming, la teoría de la desvinculación. Su formación en psicología de la personalidad le permitió abordar el envejecimiento desde una perspectiva complementaria a la de Cumming: si ella aportaba la mirada de la biología social, Henry aportaba el estudio de la personalidad y el desarrollo humano.
  3. Robert James Havighurst (De Pere, Wisconsin, 5 de junio de 1900 — Richmond, Indiana, 31 de enero de 1991), educador y psicólogo de la Universidad de Chicago, es una de las figuras clave de la teoría de la actividad. Aunque formado como químico y físico, su interés por el desarrollo humano a lo largo del ciclo vital le llevó a formular la teoría de las tareas evolutivas y a defender, ya en 1949, que las personas deben sustituir los roles perdidos para adaptarse con éxito a la vejez. Su obra sentó las bases de lo que luego se sistematizaría como teoría de la actividad.
  4. Ruth E. Albrecht (n. hacia 1905-1910), investigadora formada en el Committee on Human Development de la Universidad de Chicago, coformuló junto a Robert J. Havighurst la teoría de la actividad en su obra Older People (1953). Su tesis doctoral, The Social Roles of Old People (1951), ya había explorado la relación entre los roles sociales y el ajuste personal en la vejez, y sentó las bases empíricas de una teoría que se convertiría en el principal contrapunto a la desvinculación de Cumming y Henry.
  5. Bernice L. Neugarten (1916-2001) es una de las figuras más influyentes en la psicología del desarrollo adulto y la gerontología. Fue una de las primeras en desafiar los estereotipos sobre el envejecimiento, demostrando que no es un proceso homogéneo, sino que está lleno de diversidad.
  6. George H. Mead (27 de febrero de 1863 - 26 de abril de 1931), filósofo pragmático, sociólogo y psicólogo social estadounidense. Teórico del primer conductismo social, también llamado interaccionismo simbólico en el ámbito de la ciencia de la comunicación. Nació en South Hadley, Massachusetts. Cursó estudios en varias universidades de Estados Unidos y Europa e impartió clases en la Universidad de Chicago desde 1894 hasta su muerte. Con influencias de la teoría evolutiva y la naturaleza social de la experiencia y de la conducta, recalcó la emersión del yo y de la mente dentro del orden social y en el marco del simbolismo lingüístico que usan las personas para comunicarse (interaccionismo simbólico). A partir de la crítica al conductismo de J. B. Watson denominó su propia corriente como conductismo social. Pensaba que el yo surge por un proceso social en el que el organismo se cohíbe. Esta timidez es el resultado de la interacción del organismo con su ambiente, incluyendo la comunicación con otros organismos.
  7. Erving Goffman (11 de junio de 1922, Mannville, Alberta, Canadá-19 de noviembre de 1982, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos) fue un sociólogo y escritor considerado como el padre de la microsociología. Estudió las unidades mínimas de interacción entre las personas centrándose siempre en grupos reducidos. Esto lo diferencia de la mayoría de estudios sociológicos que se habían realizado hasta el momento, siempre a gran escala. Goffman es uno de los sociólogos más importantes del siglo XX con Pierre Bourdieu, Max Weber, Durkheim o George H. Mead. Apoyándose en el trabajo de estos últimos, trató de profundizar en una sociología más interesada en los procesos micro-sociales de interacción. Su interés central como teórico del interaccionismo simbólico fue estudiar la influencia de los significados y los símbolos sobre la acción y la interacción humana.
  8. Donald O. Cowgill (1911-?), sociólogo de la Universidad de Missouri, formuló junto a Lowell D. Holmes la teoría de la modernización en su obra Aging and Modernization (1972). Su amplia experiencia internacional —fue profesor Fulbright en Tailandia y trabajó en Zambia— le permitió abordar el estudio del estatus de los mayores desde una perspectiva comparada. En 1986, en Aging Around the World, reformuló su propia teoría para dar cuenta de que la relación entre modernización y estatus no es lineal, sino que sigue una curva: el prestigio de los mayores alcanza su punto máximo en las sociedades agrícolas y decae con la industrialización.
  9. Lowell D. Holmes (1925-2010), antropólogo de la Universidad Estatal de Wichita, aportó a la teoría de la modernización una perspectiva transcultural decisiva. Su trabajo de campo en Samoa le permitió comprobar que la vejez no es una categoría universal definida por la edad cronológica, sino una construcción cultural: en Samoa, los mayores seguían siendo respetados y productivos porque la sociedad les asignaba tareas específicas y valoradas. Esa experiencia quedó plasmada en su libro Other Cultures, Elder Years (1983), un texto pionero de la antropología del envejecimiento, y en el capítulo sobre Samoa que escribió para el volumen que editó junto a Cowgill.
  10. Arnold M. Rose (1918-1968), sociólogo formado en la Universidad de Chicago y profesor en la Universidad de Minnesota, formuló la teoría de la subcultura de la vejez en 1962 y la desarrolló en 1965. Su formación en el interaccionismo simbólico le llevó a preguntarse cómo los mayores construyen una identidad compartida cuando son apartados de la interacción con otros grupos de edad. Su muerte prematura, a los 49 años, le impidió tomar posesión como presidente de la American Sociological Association, pero su legado sigue presente tanto en la sociología del envejecimiento como en el estudio de las relaciones raciales.
  11. Warren A. Peterson (1922), sociólogo y gerontólogo social, coeditó junto a Arnold M. Rose el volumen Older People and Their Social World: The Sub-Culture of the Aging (1965), la obra que dio forma a la teoría de la subcultura de la vejez. Su papel fue fundamental como editor y articulador del proyecto, y su nombre aparece habitualmente unido al de Rose en la formulación de la teoría. Peterson continuó su labor editorial en obras de referencia sobre metodología gerontológica y redes de apoyo en la vejez, consolidándose como una figura clave en la infraestructura académica de la sociología del envejecimiento.

Bibliografía

Robledo Carlos A y Orejuela Johnny J. (2020). Teorías de la sociología del envejecimiento y la vejez. Revista Guillermo de Ockham, vol. 18, núm. 1, 2020, Enero-Junio, pp. 95-102, Universidad de San Buenaventura

Mancionis John J. y Plummer Ken (2005). Sociología. Pearson-Prentice Hall

Giddens Anthony y Sutton Philip W. (2025). Sociología. Alianza-Editorial


Sociología del envejecimiento 4: teorías sociológicas de 1ª generación © 2026 by Juan Carlos Barajas Martínez is licensed under CC BY-NC-SA 4.0

Sociología del envejecimiento 3: sociedad y política

 

La Vecchia de Giorgone 1510 (1)

Resumen

Este tercer artículo de la serie sobre sociología del envejecimiento aborda las dos grandes cuestiones que subyacen al tratamiento político de la vejez: la pregunta teórica sobre si los ancianos constituyen una minoría y el análisis crítico de las políticas públicas de pensiones y dependencia. Para ello, confronta el discurso neoliberal que califica a los mayores como una "nueva clase privilegiada" y desmonta la lógica de la tasa de dependencia, mostrando que confunde "no estar empleado" con "no producir valor". El artículo concluye que el verdadero problema no es el envejecimiento, sino la obsolescencia de unas categorías e instituciones diseñadas para una estructura demográfica y laboral que ya no existe; en este sentido, las pensiones no son un gasto, sino la materialización de un contrato intergeneracional, y el debate de fondo no es económico, sino político: qué tipo de sociedad queremos construir y si estamos dispuestos a abandonar a quienes la construyeron.

Abstract

This third article in the series on the sociology of ageing addresses the two major issues underlying the political treatment of old age: the theoretical question of whether the elderly constitute a minority, and the critical analysis of public policies on pensions and care. To this end, it confronts the neoliberal discourse that portrays the elderly as a "new privileged class" and deconstructs the logic of the dependency ratio, showing that it confuses "not being employed" with "not producing value". The article concludes that the real problem is not ageing itself, but the obsolescence of categories and institutions designed for a demographic and labour structure that no longer exists. In this sense, pensions are not an expense, but the materialisation of an intergenerational contract; and the underlying debate is not economic, but political: what kind of society we want to build, and whether we are willing to abandon those who built it.

 

Índice

  • Introducción
  • La nueva aristocracia
  • ¿Constituyen los ancianos una minoría?
  • Envejecimiento y políticas públicas

Introducción

En el primer artículo recorrimos los procesos de envejecimiento —biológico, psicológico y social—. En el segundo, los problemas concretos que afectan a las personas mayores: jubilación, pobreza, soledad, brecha digital, edadismo, maltrato. Ahora toca subir un peldaño más y preguntarnos: ¿qué puede hacer la sociedad con toda esta problemática?

Porque los problemas no se resuelven solos. Detrás de cada estadística, de cada dato sobre pobreza o soledad, hay decisiones políticas que los alivian o los agravan. Y detrás de esas decisiones hay intereses, ideologías y, a veces, simple desidia. O, peor aún, una voluntad explícita de desmantelar lo que otros construyeron.

En este tercer artículo vamos a abordar dos grandes cuestiones que suelen quedar enterradas bajo el peso de los datos: la pregunta teórica sobre si los ancianos constituyen o no una minoría —un debate clásico de la sociología con implicaciones políticas muy concretas— y el debate práctico sobre las políticas públicas: las pensiones, la dependencia, la financiación del sistema y el conflicto intergeneracional que se avecina.

Si el amable lector viene de los dos artículos anteriores, encontrará aquí un desarrollo natural de lo que ya hemos hablado. Si llega por primera vez, que no se preocupe: cada concepto está explicado de manera que se pueda seguir sin necesidad de haber leído los anteriores. Aunque, eso sí, si le gusta lo que lee, siempre estará a tiempo de volver atrás y completar el viaje.

Dicho esto, abordemos la primera de las dos grandes cuestiones.


La nueva aristocracia

Existe todo un estado de opinión, muy vinculado a ciertas corrientes de pensamiento neoliberal, que consiste en calificar al colectivo de los ancianos como una "nueva clase privilegiada.

Quizás la mejor forma de ilustrar este estado de opinión sea el artículo que publicó recientemente José Ignacio Wert en el diario digital El Español el 10 de agosto de 2026.

Lo curioso del artículo de Wert es que lo titula "Funcionarios y pensionistas son la nueva aristocracia", para luego informarnos de que los pisos están cada vez más caros y centrarse en las dificultades que tiene la juventud para alquilar o comprar una vivienda. No trata directamente de los jubilados, salvo ciertas frases aisladas que actúan como cargas de profundidad y el título polémico y polemista. Es como titular "Comer garbanzos da gases" y luego referirse a que comer grasas saturadas es perjudicial para el sistema cardiovascular.

De todas formas, es muy significativo el título y la intención del autor de relacionarlo con un problema social acuciante, asociando lo expresado en el titular con lo indicado en el texto sin necesidad de demostrar nada, sin realizar ningún razonamiento lógico que nos permita ver la conexión. Es un "ahí lo dejo".

La metáfora que sostiene el título parece argumentar que estos grupos gozan de una posición de estabilidad y ventaja en comparación con el resto de la sociedad, creando una suerte de "casta" protegida, una nueva aristocracia.

De esta forma, me he enterado de que he sido un aristócrata toda mi vida adulta (he sido funcionario durante 38 años y de pensionista llevo 3), a pesar de venir de una familia que desde tiempo inmemorial han sido jornaleros del campo. Espero que mis antepasados puedan verme desde el Cielo y experimentar un cierto gozo con mi buena fortuna.

El pensamiento que hay detrás de esta forma de sentir —que cada vez se extiende más— es una crítica al actual modelo de protección social y laboral en España. Se argumenta que el sistema genera un desequilibrio, creando un grupo con derechos y seguridades que no están al alcance del común de los trabajadores del sector privado, que viven con mayor incertidumbre.

Las personas que así opinan, o bien creen que tienen el futuro asegurado, o bien caen en el pesimismo de pensar que cuando lleguen a viejos no quedará pastel que repartir, o bien —y aquí permitidme la ironía— se comportan como aquel arquetipo que Carlo María Cipolla definió como «estúpido»: la persona que causa daño a los otros sin obtener ganancia personal alguna, o incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

Este tipo de discurso no es inocente. Su objetivo no es describir la realidad, sino enfrentar a generaciones, haciendo creer a los jóvenes que su precariedad es culpa de los mayores, y a los mayores que los jóvenes quieren quitarles lo que han ganado. Es la vieja táctica de "divide y vencerás" aplicada a la demografía.

No voy a entrar en el asunto de los funcionarios, pues estamos analizando la sociología del envejecimiento. Además, he publicado numerosos artículos sobre la vida, los problemas, los privilegios y las servidumbres de los funcionarios (ver la página "Función Pública y Ciencia de la Administración").

Cuando esta idea se usa en el caso de los ancianos, me recuerda el refrán de "vamos a desvestir a un santo para vestir a otro". Es una tesis pesimista, sin confianza en la fuerza de la sociedad. Se puede describir como sigue: como no podemos solucionar que los ciudadanos que trabajan tengan una vida segura y confortable, hemos convertido a los jubilados en privilegiados. Pues vamos a fastidiar a los jubilados, para que todos sean iguales —no por arriba, sino por abajo— en vez de dar más oportunidades a los demás para que mejoren su situación. La culpa de la falta de oportunidades de los jóvenes en España no la tienen los pensionistas.

Así que empezamos mal. Si hay quien cree que los pensionistas son una clase —cuando la sociología lleva décadas diciéndonos que las clases se definen por la relación con los medios de producción, no por la edad— o una casta privilegiada —como si hubiéramos nacido con un título nobiliario en lugar de con una cartilla de la Seguridad Social—, entonces el debate no puede quedarse ahí. La pregunta no es si somos una élite, sino qué somos desde el punto de vista sociológico. ¿Una minoría? ¿Un colectivo? ¿Un grupo de presión? Veamos qué dicen los que han estudiado esto.


¿Constituyen los ancianos una minoría?

Los sociólogos tienen claro que los ancianos no son una clase social. En realidad, se hallan diseminados por las distintas clases sociales: hay mayores ricos, medios y pobres. Ahora bien, no se ponen de acuerdo acerca de si los mayores componen una minoría similar a las formadas, por ejemplo, por los miembros de una minoría étnica o por las personas con discapacidad.

Breen (2) opina que los mayores sí son una minoría, puesto que tienen una identidad social basada en su edad y, como grupo, sufren prejuicios y discriminación. Por el contrario, Streib (3) argumenta que el estatus de minoría es permanente y adscrito (naces en él y mueres en él), mientras que la vejez es una etapa que todos atravesamos si vivimos lo suficiente. Por esta razón, los mayores no constituirían una minoría en sentido estricto.

Streib, además, expone otro argumento que, para mí, es más convincente. Las desventajas sociales que padecen los ancianos son menores que las que experimentan las minorías étnicas o raciales. A los mayores no se les niega el derecho a tener propiedad, ni a votar o ser elegidos para cargos políticos. Parece sensato considerar a los ancianos, más que como una minoría, como un colectivo social.

Pero aquí hay un matiz que Streib no contempla y que en España es especialmente relevante. A los mayores les salva su capacidad de voto. No solo son muchos —según datos del censo electoral, los mayores de 65 años representan cerca del 25% del censo, más de 9 millones de personas, doblando en número al colectivo de menores de 35 años— sino que además son los más fieles a las urnas. Las encuestas del CIS muestran sistemáticamente una brecha significativa en la intención de voto entre generaciones: los mayores son los que declaran con más firmeza su intención de votar, mientras que los jóvenes registran los niveles más bajos de participación declarada. Los partidos lo saben. No en vano, ese volumen de voto —que en elecciones pasadas se concentró en hasta un 36% en una sola formación (4)— los ha convertido en lo que la literatura denomina 'grey power' o 'poder gris': un grupo de interés con capacidad real para condicionar el rumbo de las políticas públicas.

Pero esa protección electoral, como bien sabemos los que hemos visto unos cuantos ciclos políticos, no es eterna. Su estatus puede erosionarse de varias formas: porque su voto se dé por descontado, porque se disemine tanto que pierda poder, porque el conflicto intergeneracional por los recursos públicos los convierta en un "problema" a resolver, o porque el edadismo se normalice en el discurso político hasta el punto de que recortar sus derechos sea aceptable. Basta con que los mayores dejen de ser un grupo decisivo en el tablero electoral para que su protección se desvanezca, sin necesidad de cambiar una sola ley.


Envejecimiento y políticas públicas

Para entender el debate sobre las pensiones hay que partir de un concepto que los gobiernos y los organismos internacionales utilizan constantemente: la tasa de dependencia. En su versión más amplia, la tasa de dependencia demográfica relaciona a la población considerada "inactiva" —menores de 16 años y mayores de 64— con la población en edad de trabajar (de 16 a 64 años). Pero el dato que realmente importa a los gobiernos es la tasa de dependencia de mayores: la razón entre el número de personas de 65 años o más y el número de personas en edad de trabajar.

Sin embargo, conviene no confundir estos conceptos con la relación entre pensionistas y población ocupada, que es un indicador distinto y más complejo. Porque la tasa de dependencia, en cualquiera de sus versiones, es solo un indicador demográfico: mide personas, no capacidad económica. Una sociedad no funciona simplemente con la expresión: «trabajadores → producen → pensionistas consumen». Hay productividad, salarios, impuestos, participación laboral femenina, inmigración, automatización, trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Y todos estos factores son los que determinan realmente si una sociedad puede o no sostener a sus mayores. Lo que hace la tasa de dependencia es dar una imagen estática de una realidad dinámica. Y cuando esa imagen se utiliza para justificar recortes, conviene mirarla con cierta distancia crítica.

Según Eurostat, en 2017 esta ratio alcanzó el 30% en la UE-28: algo más de tres personas en edad de trabajar por cada persona de 65 años o más. Las proyecciones a 2055 indican que, tras alcanzar un máximo del 50%, se estabilizará. Pero no nos engañemos: esos porcentajes fríos esconden un problema real. La agricultura moderna, la mejora de los sistemas sanitarios, el control de epidemias y los avances farmacológicos han alargado nuestra vida. Y eso, siendo una gran noticia, se ha convertido en un quebradero de cabeza para las arcas públicas.

Porque la ecuación parece sencilla: más mayores, más demanda de servicios sociales y sanitarios. Más esperanza de vida, más años de pensiones que pagar. Y todo lo financia la población trabajadora. Algunos ya están dando la voz de alarma: conforme aumente la ratio de dependencia, aumentará la presión sobre los recursos disponibles. Suena razonable, ¿verdad? Pues cuidado, porque no todo es tan simple como lo pintan.

A la luz de estas proyecciones, gobiernos y académicos de salón han llegado a una conclusión: hay que retrasar la edad de jubilación. Tras la crisis financiera de 2008 y la posterior recesión, este argumento ganó crédito. Recortar el gasto público era la consigna, y las pensiones eran un objetivo fácil. Como resultado, muchos gobiernos anunciaron planes para retrasar la jubilación a los 65 o 67 años. España no fue una excepción.

Es la solución más sencilla: mueves la frontera de la "edad laboral" y la "edad de jubilación", y la tasa de dependencia se estabiliza (e incluso baja). Pero es un parche, un "pan para hoy y hambre para mañana" de los que tanto abundan en nuestra sociedad cortoplacista. Porque el crecimiento de la población mayor no se detiene, y tarde o temprano la tasa volverá a subir. Es como intentar vaciar el mar con un cubo: por mucho que remuevas, el agua sigue ahí.

Por suerte, no todos los analistas comparten este alarmismo. Autores como el economista Phil Mullan (5) señalan que es un mito pensar que una población envejecida supone un aumento exponencial de enfermedades y dependencia. La vejez no es una enfermedad, insiste. La mayoría de las personas mayores no están enfermas ni discapacitadas, y muchos siguen trabajando después de la edad oficial de jubilación (aunque sea en la economía sumergida o en tareas de cuidado no remuneradas). Una de las razones por las que vivimos más es la mejora de las condiciones de vida, no la aparición de una plaga bíblica de dependientes.

Pero el problema no es solo demográfico; es ideológico. Conceptuar a las personas mayores como "población dependiente", junto con los niños, implica que este grupo social constituye un problema. Y eso, con perdón, es una forma sutil de edadismo. Porque aunque no todas las personas mayores tengan la misma salud ni la misma seguridad económica, para muchas de las que miran ilusionadas hacia la jubilación, la vejez ha cambiado para mejor.

Arber (6) y Ginn (7) van más allá y defienden que la idea de dependencia necesita ser reconsiderada. En primer lugar, los rangos de edad utilizados para definir la dependencia ya no se corresponden con la realidad del empleo. Hoy hay menos jóvenes que entran en el mercado laboral a tiempo completo a los 16 años —la mayoría sigue estudiando— y muchos trabajadores abandonan el mercado antes de los 65, o entran y salen de él en distintas etapas de su vida. Al mismo tiempo, hay más mujeres que nunca trabajando fuera de casa, lo que compensa la menor duración del empleo entre los hombres. El mercado laboral ya no es ese camino recto y predecible que conocieron nuestros padres —ni siquiera el que conoció mi generación, los que empezamos a trabajar en los años 80.

Y aquí conviene subrayar una distinción que suele pasarse por alto: no es lo mismo no tener un empleo remunerado que no contribuir a la economía. Dicho de otra manera, las actividades que benefician la economía no se limitan al trabajo remunerado. Los mayores no son una carga, son un recurso. Proporcionan cuidados informales y no remunerados a sus parejas, lo que reduce drásticamente el coste público de la sanidad y los servicios sociales. Cuidan de sus nietos, permitiendo que sus hijos e hijas puedan trabajar. Ayudan económicamente a sus hijos mayores con préstamos, pagos de matrículas o apoyo para la vivienda. Y no olvidemos, porque sería injusto, que durante la crisis de 2008 y 2011, los mayores españoles fueron el colchón económico de muchas familias que habían caído en desgracia. Sin ellos, el desastre social habría sido aún mayor.

Así que la próxima vez que alguien hable de los mayores como un "problema" o una "carga", recordad que, sin su trabajo no remunerado, su apoyo económico y su experiencia, el sistema lo habría pasado mucho peor. El envejecimiento no es una catástrofe, es un logro. El problema no es que vivamos más,  es que no hemos sabido adaptar nuestras políticas a esa realidad.

Más allá de los números y las proyecciones, hay dos cuestiones de fondo que suelen quedar enterradas bajo el peso de las estadísticas.

La primera es una cuestión de justicia. Quienes hoy son mayores han cotizado durante la mayor parte de su vida, a veces en condiciones mucho más duras que las actuales. Han contribuido a construir el Estado de bienestar que ahora disfrutamos. No se trata de un favor ni de una caridad; se trata de un contrato social que firmamos entre generaciones. Merecen una vejez confortable no porque sean "pobrecitos", sino porque se lo han ganado.

Y decirlo no es populismo: es simplemente reconocer que las pensiones no son un gasto, sino la materialización de un contrato intergeneracional que los mayores contribuyeron a construir. Ellos pagaron las pensiones de sus mayores; ahora les corresponde a las generaciones siguientes sostener el sistema que les garantiza una vejez digna. No es una cuenta de ahorro individual —eso sería un sistema de capitalización—, pero es un derecho legítimo adquirido a lo largo de décadas de trabajo y cotización.

La segunda cuestión es más técnica, pero igual de relevante. Tenemos interiorizado como un dogma de fe que las pensiones deben financiarse exclusivamente con las cotizaciones de los trabajadores en activo. Ese es el sistema de reparto que nos ha funcionado durante décadas, pero que nació en una época muy distinta: la del baby boom, cuando había muchos cotizantes para pocos pensionistas. Esa ecuación, como hemos visto, ya no cuadra.

El sistema de pensiones español dejó de ser puramente contributivo hace tiempo. Actualmente, una parte muy significativa del gasto en pensiones se financia con impuestos generales. Según las estimaciones de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA), la Seguridad Social recibió en 2025 cerca de 53.000 millones de euros en transferencias del Estado. Si se excluyeran estas transferencias, el déficit básico de la Seguridad Social Ampliada habría superado los 69.000 millones de euros. Es decir, casi uno de cada cuatro euros del gasto en pensiones y prestaciones de la Seguridad Social procede directamente de los impuestos de todos los ciudadanos. Esto no es ni bueno ni malo, es simplemente un hecho que obliga a repensar el modelo de financiación.

El problema es que, cuando se habla de "buscar nuevas fuentes de financiación", el discurso dominante suele derivar hacia la privatización o la capitalización individual: que cada uno se ahorre lo suyo. Pero esa solución, tan sencilla en apariencia, tiene un problema de base: no todo el mundo puede permitírsela. Quienes tienen empleos precarios, salarios bajos o carreras laborales interrumpidas —mujeres, jóvenes, trabajadores de baja cualificación— no pueden ahorrar lo suficiente para asegurarse una pensión digna. Y entonces, ¿qué hacemos con ellos? ¿Los condenamos a una vejez de penuria?

Por eso, el debate sobre las pensiones no puede reducirse a un cálculo actuarial. Es también un debate sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Si creemos que la vejez debe ser una etapa digna para todos, y no solo para quienes tuvieron la suerte de poder ahorrar, entonces tenemos que buscar soluciones creativas que no pasen necesariamente por las pensiones privadas (y conste que tampoco predico su eliminación, allá cada cual con su dinero).

El Pacto de Toledo (8), ese foro de consenso que lleva más de treinta años buscando acuerdos entre partidos y agentes sociales, es el lugar natural para hacerlo. Pero para que el pacto funcione, hace falta voluntad política y, sobre todo, honestidad para reconocer que el modelo de reparto puro, tal como lo conocimos, necesita ser reformado. No para eliminarlo, sino para adaptarlo a una realidad demográfica que ya no es la de nuestros padres.


Conclusión

Los datos nos dicen que envejecemos más y mejor que nunca. Pero también nos dicen que no hemos sabido adaptar nuestras instituciones a esa realidad. El debate sobre las pensiones, la dependencia y el conflicto intergeneracional no es un tecnicismo; es la expresión de un conflicto de valores: ¿qué tipo de sociedad queremos construir?

Porque el verdadero problema no es que haya demasiados viejos, sino que seguimos utilizando una concepción de la sociedad productiva diseñada para una estructura demográfica y laboral que ya no existe. Seguimos pensando en jubilación, empleo y dependencia con las categorías del siglo XX, cuando la realidad del siglo XXI es radicalmente distinta. Y mientras no ajustemos nuestras instituciones a esa nueva realidad, seguiremos tratando el envejecimiento como un problema en lugar de como lo que es: un logro de la humanidad.

Por eso, al final, la pregunta no es si podemos permitirnos unas pensiones dignas. La pregunta es si podemos permitirnos no tenerlas. Porque una sociedad que abandona a sus mayores es una sociedad que ha renunciado a parte de sí misma.

En el próximo y último artículo de esta serie, subiremos un peldaño más en nuestra escalera y exploraremos las teorías sociológicas que intentan explicar el envejecimiento. Porque, como hemos visto, los datos sin teoría son ciegos, pero la teoría sin datos es vacía.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo


Notas

  1. Sobre la imagen que ilustra el artículo. Probablemente una de las representaciones más directas y conmovedoras de la vejez. Una mujer anciana mira al espectador mientras señala una inscripción que dice Col tempo («Con el tiempo»). El rostro es extraordinariamente realista: piel arrugada, cabello canoso, labios envejecidos, pero es una vieja bien parecida, no es caricaturesca. El tema del cuadro: el tiempo como fuerza que transforma inevitablemente el cuerpo.
  2. Leonard Z. Breen fue profesor en el Departamento de Sociología de la Universidad de Purdue (Indiana, EE.UU.). Su contribución más importante al estudio del envejecimiento es el influyente capítulo titulado "The Aging Individual" (El individuo que envejece). Este texto fue publicado en 1960 dentro del "Handbook of Social Gerontology" (Manual de Gerontología Social), una obra fundamental de la época editada por Clark Tibbitts que recogía el estado del arte en el campo
  3. Gordon F. Streib (Rochester, Nueva York, 7 de julio de 1918 — Gainesville, Florida, 17 de febrero de 2011) fue un sociólogo estadounidense, uno de los pioneros de la gerontología social y un referente en el estudio del envejecimiento y la jubilación.
  4. El dato procede del CIS en 2016 y el partido en cuestión era el PP. Según el barómetro del CIS de enero de 2026, basándose en la intención del  voto, más del 30% de los mayores de 65 votarían al PSOE. 
  5. Phil Mullan es un economista, escritor y consultor de negocios británico. Aunque su nombre no es tan conocido en los círculos académicos tradicionales, su obra ha tenido un impacto significativo en el debate sobre el envejecimiento población. Su contribución más influyente es el libro The Imaginary Time Bomb: Why an Ageing Population is Not a Social Problem (La bomba de tiempo imaginaria: por qué el envejecimiento de la población no es un problema social), publicado en el año 2000.
  6. Sara Lynne Arber (n. 19 de marzo de 1949) es una socióloga británica, reconocida mundialmente por sus investigaciones pioneras sobre la sociología del envejecimiento y el género. Es profesora emérita de Sociología en la Universidad de Surrey, donde también ha sido codirectora del Centre for Research on Ageing and Gender (CRAG)
  7. Jay Ginn (Harrogate, Reino Unido, 1939) es una socióloga británica, reconocida por su investigación pionera sobre las desigualdades de género en el envejecimiento, las pensiones y el empleo de las mujeres. Es Senior Research Fellow en el Departamento de Sociología de la Universidad de Surrey y codirectora del Centre for Research on Ageing and Gender (CRAG)
  8. Pacto de Toledo. Congreso de los Diputados. Disponible en: www.congreso.es.

 


Bibliografía

AIReF(2023). Opinión sobre la Sostenibilidad de las Administraciones Públicas a Largo Plazo

Eurostat (2026). Tasa de dependencia de la tercera edad (Old-age dependency ratio). https://tradingeconomics.com/euro-area/old-age-dependency-ratio-eurostat-data.html

Mancionis John J. y Plummer Ken (2005). Sociología. Pearson-Prentice Hall

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Wert José Ignacio (2026). Funcionarios y pensionistas son la nueva aristocracia. El Español. https://www.elespanol.com/opinion/columnas/20260810/funcionarios-pensionistas-nueva-aristocracia/1003744345711_12.html

De la Fuente, A. (2026). Las cuentas de la Seguridad Social Ampliada: Series 2005-2025, v1.3. FEDEA, Colección Apuntes, nº 2026-03

Centro de Investigaciones Sociológicas (2026). Barómetro CIS. enero.


Sociología del envejecimiento 2: problemas sociales

 

Las edades y la muerte de Hans Baldung Grien (1544) 
que no se diga que no empezamos con alegría


Resumen

En el primer artículo de esta serie exploramos cómo el envejecimiento se ha convertido en un fenómeno social central y analizamos los procesos biológicos, psicológicos y sociales que lo acompañan. En este segundo texto abordamos los problemas concretos que afectan a las personas mayores: la jubilación y sus consecuencias, la pobreza y la desigualdad, la feminización de la vejez, el peso de la pertenencia a una etnia, el aislamiento social, la brecha digital, el edadismo y el maltrato.

Abstract

In the first article of this series, we explored how ageing has become a central social phenomenon and examined the biological, psychological, and social processes that accompany it. In this second article, we address the concrete problems affecting older people: retirement and its consequences, poverty and inequality, the feminisation of old age, the weight of ethnic belonging, social isolation, the digital divide, ageism, and mistreatment. 

Índice

  • Introducción
  • La vejez no es una categoría homogénea
  • Jubilación
  • Desigualdad y pobreza
  • Feminización de la vejez
  • Vejez y etnia
  • Aislamiento social
  • Brecha digital
  • Discriminación por razón de edad: edadismo
  • Maltrato a las personas mayores


Introducción

En el primer artículo de esta serie (“Sociología del envejecimiento 1: la vejez en nuestra sociedad”), exploramos cómo el envejecimiento se ha convertido en un fenómeno social central de nuestro tiempo. Hablamos de los tres relojes que marcan el paso de los años: el biológico (el cuerpo que se resiente), el psicológico (la mente que se adapta) y el social (las normas y expectativas que la sociedad deposita sobre los mayores). Vimos que envejecer es un proceso universal, pero que lo que significa ser viejo varía enormemente según el país, la cultura y, sobre todo, la clase social, el género o la pertenencia étnica.

Ahora toca bajar al barro. En este segundo artículo vamos a recorrer los problemas concretos que afectan a las personas mayores: la jubilación y sus consecuencias emocionales y económicas, la pobreza y la desigualdad que se acentúan con la edad, la feminización de la vejez (porque las mujeres viven más años y con menos recursos), la soledad que aísla a muchos, la brecha digital que los excluye de un mundo cada vez más tecnológico, el edadismo que los estereotipa y discrimina, y el maltrato, que es la cara más oscura de todos estos problemas.

No es un panorama halagüeño, pero tampoco es un drama. Hay luces y sombras, como casi todo en la vida. Y conocer estos problemas es el primer paso para abordarlos. Si el lector se quedó con ganas de más después del primer artículo, aquí tiene material para reflexionar. Y si llega por primera vez, no se preocupe: los conceptos clave están explicados de manera que cualquier persona pueda entenderlos, aunque no haya leído el artículo anterior. Dicho esto, pongámonos cómodos y empecemos.


La vejez no es una categoría homogénea

Las personas mayores son ricas, pobres y de clase media; pertenecen a todos los grupos étnicos; viven solas o en familias de toda índole; tienen ideologías y preferencias políticas diversas; y son tanto homosexuales como heterosexuales. Además, su estado de salud varía enormemente, lo que condiciona su capacidad para mantener la autonomía y el bienestar. Esta diversidad es fundamental para entender que los problemas de la vejez no son universales, sino que se distribuyen de manera desigual.


La jubilación

Uno de los retos que marcan una transición significativa es la jubilación. El trabajo no solo proporciona un salario, sino que forma parte de la identidad de la persona. Perder ese rol puede generar problemas emocionales e, incluso, una cierta pérdida del sentido de la vida —lo que algunos sociólogos llaman «muerte social»—. Además, la jubilación supone una reducción drástica de los ingresos y una disminución del estatus social asociado a la ocupación.

Las diferencias de clase son cruciales. Las personas de clase trabajadora suelen carecer de un «proyecto de jubilación» activo; su retiro es más un cese del trabajo que una nueva etapa planificada. En cambio, quienes disponen de más recursos han generado toda una industria especializada —viajes, formación, ocio cultural— que convierte la jubilación en un mercado floreciente.

Al mismo tiempo, se dan dos tendencias contradictorias. Por una parte, existe una presión para anticipar la edad de jubilación, ya sea voluntariamente o mediante jubilaciones forzosas. Esto ocurre sobre todo en sectores tecnológicos y financieros, donde el prestigio del dinamismo y el conocimiento digital que se atribuye a los jóvenes influye en la percepción sobre la cualificación de los trabajadores mayores.

Por otra parte, el coste de las pensiones provoca que los gobiernos estén interesados en aumentar la edad de jubilación. Según la OCDE, más de la mitad de sus países miembros ya han aprobado o tienen en marcha aumentos en la edad de jubilación.

Esta contradicción responde a los diferentes intereses del Estado y las empresas. El Estado busca la sostenibilidad del sistema público de pensiones; las empresas, la reducción de costes y la renovación de plantillas. El resultado es un sistema esquizofrénico: el Estado dice «trabaja más años», pero las empresas dicen «vete antes». Y el trabajador mayor queda atrapado en medio, a veces con ofertas de prejubilación, a veces con la necesidad de seguir cotizando para no perder derechos.


Desigualdad y pobreza

Las desigualdades de clase, género y raza no desaparecen con la jubilación; al contrario, tienden a acentuarse. La desigualdad añadida por la edad hace que las mujeres, las minorías étnicas y los obreros manuales sean, en la vejez, significativamente más pobres que sus iguales de mediana edad.

La capacidad de suscribir un fondo de pensiones profesional o privado durante la vida laboral es uno de los principales determinantes de la desigualdad de ingresos entre los jubilados. Quienes pudieron ahorrar o tuvieron acceso a planes de pensiones privados mantienen rentas elevadas; quienes dependen exclusivamente de la pensión pública —mayoritariamente mujeres y trabajadores de baja cualificación— son los más vulnerables.

La situación de las personas mayores en Europa respecto a la pobreza es compleja y presenta un panorama de luces y sombras. Aunque, en términos generales, los mayores de 65 años tienen tasas de pobreza más bajas que otros grupos de edad, esta media esconde una profunda heterogeneidad entre países.

A nivel comunitario, la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social (tasa AROPE) para los mayores de 65 años se situó en el 19,4% en 2024 (Eurostat). Esto significa que casi 1 de cada 5 personas mayores en la UE está en riesgo de pobreza o exclusión, una cifra que, aunque relevante, es la más baja entre todos los grupos de edad. Ahora bien, la realidad es muy distinta según el país que se observe, con diferencias que superan los 30 puntos porcentuales.

Los países bálticos (Lituania, Letonia, Estonia) presentan los mayores riesgos de pobreza entre los mayores, a pesar de su crecimiento económico, que no ha revertido en unas pensiones dignas. En el extremo opuesto, los países nórdicos y centroeuropeos (Dinamarca, Suecia, Países Bajos, Austria) registran las tasas más bajas, gracias a sistemas de pensiones más generosos y a políticas de protección social consolidadas.

Según la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2025 del INE, España se encuentra muy cerca de la media europea (19,2%) y representa el menor riesgo de pobreza de todos los grupos de edad. Esto se debe a tres factores: la protección del sistema público de pensiones, especialmente a partir de las reformas de 2021 y 2023 que blindaron su revalorización con el IPC; el alto porcentaje de mayores propietarios de su vivienda; y las políticas específicas dirigidas a este colectivo. Eso sí, la tasa AROPE no es homogénea dentro del propio colectivo: crece conforme aumenta la edad, de modo que los mayores de 80 años son significativamente más vulnerables que los de 65 a 70 años.


Feminización de la vejez

En todas las sociedades del mundo, las mujeres viven más años que los hombres. Esta brecha de género en la esperanza de vida hace que la viudedad sea la norma entre las mujeres más mayores. Este predominio numérico de las mujeres ha sido denominado la «feminización de la vejez».

La feminización de la vejez no está exenta de problemas. Las mujeres mayores tienen más probabilidades de ser pobres que los varones, un fenómeno que se conoce como la brecha de género en las pensiones. En la mayoría de los países, es mucho menos probable que las mujeres tengan derecho a una pensión contributiva plena, debido a la diferencia salarial por motivos de género y a la pérdida de ahorros derivada del cuidado de hijos y familiares.

La forma de vida de las personas mayores también tiene una dimensión de género. Según un estudio de 2006 de Delbès (1) y Gaymu (2), citado por Giddens(3), en algunos países europeos las mujeres envejecen solas, mientras que los hombres lo hacen acompañados. Las mujeres mayores tenían el doble de probabilidades que los hombres de vivir en una institución. Los autores sugerían una hipótesis reveladora: quizás los hombres tienen más dificultades para manejar los problemas de salud de sus parejas, mientras que las mujeres asumen ese cuidado. Así, cuando la mujer enferma, el hombre recurre a una institución; cuando el hombre enferma, la mujer lo cuida en casa.


Vejez y etnia

No todos los mayores envejecen igual. Da igual que la biología sea universal: la experiencia de la vejez está atravesada por la clase, el género y, también, por la pertenencia a una minoría étnica. Como señala Giddens, el envejecimiento se vive de manera muy distinta según el grupo étnico al que se pertenezca. Y no es casualidad: es el resultado de toda una vida de desventajas acumuladas.

Las personas mayores pertenecientes a minorías étnicas suelen tener rentas inferiores a las de sus homólogos blancos y dependen en mayor grado de subsidios sociales. También están en desventaja en otras medidas de riqueza, como la tenencia de un coche o la propiedad de una vivienda. Y un factor clave: las minorías étnicas jubiladas a menudo no pueden complementar su pensión estatal, porque el tipo de empleo que han tenido durante su vida rara vez ofrecía un plan de pensiones privado.

Giddens cita un estudio británico que apunta a tres causas de esta carencia: un historial laboral más reducido (por períodos de desempleo o empleo a tiempo parcial), la discriminación en el mercado laboral y la escasez de empleos de calidad en las zonas donde se asientan. Pero podríamos añadir una cuarta: la precariedad estructural que ha marcado la trayectoria laboral de muchos inmigrantes, especialmente en sectores como la hostelería, la agricultura o el servicio doméstico. Sectores donde las pensiones privadas son un lujo.

El problema, además, se agrava con la edad. Porque la discriminación no se queda en el mercado laboral. Se traslada a la vejez y se multiplica. Y como ocurre con la feminización de la vejez, la etnia añade otra capa de vulnerabilidad. Una mujer mayor, inmigrante y con baja cualificación no es solo una jubilada más: es el resultado de décadas de desigualdades que el sistema de pensiones no ha sabido corregir.

En España, el fenómeno es aún más opaco porque apenas tenemos estudios específicos sobre la intersección entre vejez y origen étnico. Sabemos que el riesgo de pobreza entre la población extranjera es muy superior al de la población autóctona —el 53% de los residentes de fuera de la UE estaban en riesgo de pobreza en 2022, frente al 16% de los nacionales—, pero rara vez cruzamos esos datos con la edad. Es como si los inmigrantes, cuando se jubilan, desaparecieran de las estadísticas.

Porque la vejez de las minorías étnicas es, en gran medida, una vejez invisible. Y la invisibilidad, según nos enseña la sociología, suele ser la antesala de la exclusión.


Aislamiento social

La soledad es una de las principales preocupaciones de los mayores. La jubilación —lo sé por experiencia propia— te separa de compañeros y amigos del trabajo, reduciendo el círculo de relaciones que has ido tejiendo durante la vida laboral. Poco a poco, conforme cumples años, las parcas se llevan a personas de tu generación. Una persona mayor puede también quedarse viuda o tener problemas de salud que dificulten mantener una vida social activa. Por último, como señalan Macionis (4) y Plummer (5), el aislamiento social aumenta por el miedo a ser víctima de un delito, lo que lleva a muchos a refugiarse en sus hogares.

Según Eurostat, en 2023, la media de personas mayores de 65 años que viven solas en la UE es del 31,6%. Lituania encabeza la lista con un 51%, mientras que Eslovaquia ocupa el último lugar con un 11,6%. España se sitúa por debajo de la media europea, con un 25,2%.

Tal y como señalan Macionis y Plummer, vivir solo es una realidad objetiva (el «aislamiento social»), mientras que sentirse solo es una experiencia subjetiva (la «soledad no deseada»). En esto, las encuestas no acaban de ponerse de acuerdo; es lo que tiene la subjetividad.

La encuesta más fiable al respecto es la de Condiciones de Vida del INE, que desde hace unos años incluye un módulo específico sobre soledad. Pregunta directamente: «¿Con qué frecuencia se siente solo/a?». Los datos de 2024 muestran que el 18,7% de la población de 65 y más años declaró sentirse sola «parte del tiempo» o «la mayor parte del tiempo». Ese porcentaje es más del doble en el caso de las mujeres mayores que viven solas.

Macionis y Plummer señalan que los mayores de los países del norte de Europa se sienten menos solos que los del sur. Esto puede deberse, en mi humilde opinión, a que las culturas nórdicas trabajan más el sentimiento de independencia y el individualismo positivo, lo que les dota de más «anticuerpos» contra los efectos negativos de la soledad.


Brecha digital

Vivimos en una sociedad que se ha vuelto digital a toda velocidad. Trámites bancarios, citas médicas, declaración de la renta, comunicación con la administración, compras, ocio, relaciones personales… todo pasa por una pantalla. Y para quienes crecimos con lápiz y papel, o incluso con tarjetas perforadas (como un servidor), este mundo no siempre es fácil de navegar. Pero lo preocupante no es que algunos vayamos más lentos; es que el sistema ha decidido que, para ser ciudadano de pleno derecho, hay que ser también usuario digital competente. Y ahí, los mayores tenemos un problema.

Según datos que proporcionó el Ministerio de Transformación Digital y Función Pública correspondientes a 2024, solo la mitad de las personas de 75 años o más ha usado Internet alguna vez. Uno de cada dos mayores de 75 años nunca ha pulsado un enlace. Y la cosa empeora con la edad y el nivel educativo: mientras el 96% de los mayores con doctorado usa mensajería instantánea, solo el 15% de quienes tienen estudios inferiores a primaria lo hace. La clase social, una vez más, se cuela en la vejez.

Pero el problema no es solo de acceso. Cuando los mayores se conectan, lo hacen sobre todo para comunicarse (WhatsApp con los nietos). Solo el 18% accede a la banca online y apenas el 7% ha comprado por Internet. Es decir, pueden hablar con la familia, pero no pagar el recibo de la luz. Y en un mundo donde las oficinas bancarias cierran y la Administración exige cita previa digital, eso no es un problema menor.

Yo, que he estudiado y trabajado en informática durante más de 40 años, me siento un privilegiado. Sé cómo funciona esto. Pero la mayoría de mis coetáneos se enfrentan a una interfaz hostil y se sienten idiotas. No lo son. Es el sistema el que no está pensado para ellos.

La brecha digital no se resuelve repartiendo tabletas. Se resuelve con diseño inclusivo, con alfabetización digital adaptada y con políticas públicas que no obliguen a una persona de 80 años a ser experta en tecnología para sobrevivir en este mundo. Porque excluir a los mayores del mundo digital es excluirlos de la participación social, del acceso a derechos básicos y de la posibilidad de mantener relaciones significativas.


Discriminación por razón de edad: edadismo

La discriminación por razón de la edad es la expresión que sirve para designar los prejuicios y el tratamiento desigual que sufren los mayores. En los últimos tiempos se ha impuesto el término edadismo, acuñado por el psiquiatra y gerontólogo estadounidense Robert N. Butler (5) en 1969. Butler creó este concepto para describir la discriminación sistemática y los prejuicios contra las personas mayores, y lo equiparó a otros "ismos" como el racismo y el sexismo.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre el edadismo y el racismo o el sexismo: todos cumplimos años. Discriminar a una persona de otra raza es moralmente deleznable, pero discriminar a una persona mayor es, además, tremendamente estúpido, porque —en el mejor de los casos y dado que la alternativa al envejecimiento es mucho peor— las personas mayores representan el futuro deseable de cada persona. Tratar bien a los mayores es tratar bien tu futuro.

Pero el edadismo no es solo una cuestión de actitudes individuales. Como señala Anthony Giddens, se manifiesta en tres áreas clave de la vida social: las relaciones sociales, el empleo y la distribución de bienes y servicios.

En el ámbito de las relaciones sociales actúan numerosos estereotipos falsos. Se suele decir de los mayores —entre otras lindezas como "seres desvalidos", "resentidos", "opuestos a todo" o "infelices"— que la mayoría de los mayores de 70 años están en hospitales o residencias, y que una gran proporción está senil. Pero la realidad es muy distinta: la gran mayoría vive en viviendas privadas, y menos del 10% de quienes tienen entre 65 y 80 años muestran síntomas de demencia senil. Sin embargo, estos estereotipos persisten y alimentan actitudes negativas y, en muchos casos, el maltrato a los mayores en entornos institucionales y domésticos.

En el ámbito laboral, suele creerse que los trabajadores mayores son menos capaces y competentes que los jóvenes. Los estudios psicológicos, sin embargo, indican que los trabajadores mayores puntúan mejor en aspectos como fiabilidad, productividad y rendimiento cognitivo diario. La productividad no decae con la edad; lo que cambia es el tipo de productividad.

En la distribución de bienes y servicios, las personas mayores pagan más por su seguro de vacaciones o de coche, y son tratadas de manera diferente en las instituciones sanitarias, solo por razón de su edad. Una discriminación que, en muchos casos, pasa desapercibida porque está normalizada.

En las últimas décadas, muchos gobiernos han puesto en marcha propuestas para prohibir la discriminación por edad en la contratación, la formación, los ascensos y los derechos de jubilación. Pero las leyes, por sí solas, no cambian los prejuicios.

El edadismo sigue siendo el "ismo" más tolerado socialmente. Para ilustrar esta afirmación, basta con pensar que los chistes racistas o sexistas ya no están bien vistos; en cambio, se siguen haciendo innumerables bromas sobre la vejez. Muchas personas envían tarjetas de cumpleaños cuyo humor se basa en la decrepitud que avanza con cada año que pasa.


Maltrato a las personas mayores

El maltrato a las personas mayores es el edadismo llevado a su máxima expresión. Este maltrato puede manifestarse de muchas formas, desde la negligencia (o "abandono pasivo") hasta la ofensa verbal, el daño emocional o incluso el maltrato físico. Es un problema agravado por el infradiagnóstico y por la escasez de fuentes que proporcionen datos fiables.

La Organización Mundial de la Salud estima que, a nivel global, una de cada seis personas mayores de 60 años sufre algún tipo de maltrato en su comunidad cada año. En las instituciones, como las residencias de ancianos, la situación es aún más alarmante: dos de cada tres trabajadores de estos centros reconocen haber infligido algún tipo de maltrato en el último año. La pandemia de COVID-19 no hizo sino agravar esta realidad, dejando a miles de mayores aislados y en situaciones de desprotección extrema.

Los datos en España son igualmente preocupantes. Según la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, el porcentaje de personas que declaran haber sufrido maltrato aumenta con la edad: mientras que en el grupo de 65 a 74 años la cifra es del 18%, entre los mayores de 75 años asciende al 24,2%. Y, como ocurre con otros problemas de la vejez, el maltrato tiene rostro de mujer. Cruz Roja atendió en 2024 a 2.232 personas mayores en situación de maltrato, de las cuales el 85% eran mujeres.

El maltrato psicológico es el más frecuente, seguido del abandono, el abuso económico y la negligencia. En la mayoría de los casos, el agresor pertenece al entorno familiar —especialmente cuando el mayor tiene problemas económicos o de salud— o a los entornos de cuidados públicos. Una realidad que, por vergüenza, miedo o dependencia del agresor, permanece en gran medida oculta. Las cifras reales, advierten los expertos, son probablemente mucho mayores.

Conclusión

Si algo deja claro este recorrido es que los problemas de la vejez no son inevitables. No son un castigo divino ni una consecuencia natural del paso del tiempo. Son, en gran medida, el resultado de decisiones sociales, políticas y económicas que pueden revisarse. Las desigualdades que se acentúan con la edad no son un designio del destino, sino el reflejo de un sistema que ha tratado a los mayores como una carga en lugar de como una conquista social.

Conocer estos problemas —como hemos hecho a lo largo de estas páginas— es el primer paso para abordarlos. Y abordarlos no es una cuestión de caridad, sino de justicia. Porque quienes hoy son mayores merecen envejecer con el respeto que se ganaron durante décadas de trabajo y contribución.

La vejez no es un destino aciago, sino una etapa de la vida que merece ser vivida con la misma dignidad que cualquier otra. Y que, aunque los problemas que presenta son reales, también lo son las soluciones. Solo falta ponerlas en marcha. En este sentido, en el próximo artículo de esta serie, subiremos un peldaño más y nos preguntaremos qué papel juegan las políticas públicas en todo esto. Porque los problemas que hemos descrito no son solo personales; son también políticos.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

Notas

  1. Christiane Delbès fue una demógrafa y socióloga francesa, especializada en el estudio del envejecimiento y las condiciones de vida de las personas mayores. Fue investigadora en la Fondation nationale de gérontologie (FNG) en París, donde desempeñó el cargo de chargée de recherche (investigadora). Además, fue investigadora asociada al Institut national d'études démographiques (INED), el prestigioso instituto francés de estudios demográficos. Su trayectoria profesional se centró en el análisis de la transición a la jubilación, las diferencias de género en la vejez y las dinámicas del envejecimiento poblacional. Christiane Delbès falleció el 30 de diciembre de 2023.
  2. Joëlle Gaymu es una demógrafa e investigadora francesa, especializada en el estudio del envejecimiento y las condiciones de vida de las personas mayores. Es investigadora en el Institut national d'études démographiques (INED) de París, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera. También ha estado vinculada a la Fondation nationale de gérontologie (FNG), colaborando estrechamente con Christiane Delbès. Su trayectoria profesional se ha centrado en el análisis de las diferencias de género en la vejez, las modalidades de vida de las personas mayores y el impacto del envejecimiento en la estructura familiar.
  3. Anthony Giddens (Londres, Inglaterra, 18 de enero de 1938) es un sociólogo inglés, reconocido por su teoría de la estructuración y su mirada holística de las sociedades modernas. También adquirió gran reconocimiento debido a su intento de renovación de la socialdemocracia a través de su teoría de la Tercera Vía. Es considerado como uno de los más prominentes contribuyentes modernos en el campo de la Sociología, es autor de al menos 34 libros publicados en no menos de 29 idiomas —publicando en promedio más de un libro por año—. También se lo ha descrito como el científico social inglés más conocido desde John Maynard Keynes.
  4. John Macionis es profesor de sociología en el Kenyon College en Ohio, EEUU.
  5. Ken Plummer es profesor de sociología en la Universidad de Essex, Reino Unido
  6. Robert Neil Butler (21 de enero de 1927 – 4 de julio de 2010) fue un médico, psiquiatra, gerontólogo y autor estadounidense, conocido mundialmente por ser el primero en acuñar el término "edadismo" (ageism). Butler creció con sus abuelos, una experiencia que le marcó profundamente. Durante su etapa en la facultad de medicina, se sintió indignado por la actitud despectiva y desdeñosa de muchos de sus profesores hacia las personas mayores. Esta vivencia fue el germen de su futura lucha contra la discriminación por edad.

Bibliografía

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INE (2025). Encuesta de Condiciones de Vida (ECV)

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Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad. (2025). El uso de las tecnologías por mayores en España (Edición 2025 - Datos 2024). Red.es. Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial. Ministerio de Asuntos Económicos y de la Función Pública



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