El terror, una vez más


En la macabra lotería del terrorismo el gordo cayó ayer en Oslo. Volvimos a ver las imágenes de la destrucción, del miedo y de la desesperación. Volvimos a ver las imágenes desoladoras de las víctimas, víctimas que no tienen raza, que no tienen credo, que sufren la fanática bestialidad de otros y hablan un mismo idioma: el dolor.

Crecí en un Madrid en el que el terrorismo llegó a ser casi cotidiano. Me acuerdo de que el autobús 63, que tomaba todos los días para ir a la Facultad y cuyo recorrido pasaba en parte por el barrio de Salamanca – muy castigado por el terrorismo -, era una especie de madridvisión de los atentados. ¡Ah!, fue allí donde mataron al general el otro día, en aquel aparcamiento secuestraron a ese diputado de la UCD, en ese cruce se cargaron a aquel policía….

En los peores años de ETA, este tipo de atentados adquirió una espantosa cotidianeidad, hasta el punto de que cuando recibíamos la noticia de un nuevo asesinato lo primero que salía de nuestra boca era: ¡otra vez!. Llegamos a acostumbrarnos aunque nunca dejáramos de sentirlo.

Años más tarde al ir al trabajo - trabajaba en un centro oficial - algunas veces pensaba, sobre todo después de algún atentado, que cualquier día le iban a pegar un zambombazo a mi oficina. Se me pasaba por la cabeza si, y mecánicamente, examinaba las salidas de emergencia por lo que pudiera pasar. El miedo se te mete en tuétano sin darte cuenta.

El siglo XXI se estrenó con los atentados de las Torres Gemelas y aprendimos que ni la potencia más poderosa de la Tierra estaba a salvo y que la magnitud de un atentado podía ser tan grande como las mentes perversas y enloquecidas de los fanáticos pudieran concebir.

Llegó el 11 de marzo de 2004 y el horror a gran escala nos tocó en casa, eran mi gente y eran mis trenes, los trenes que cojo todos los días. Jamás olvidaré aquella mañana en la que íbamos comprobando con cuentagotas que todos nuestros amigos, compañeros y conocidos de la zona estaban bien, como cuando después de un mal golpe compruebas que todos los miembros y partes de tu cuerpo están en su sitio. Recuerdo el mal sabor de boca, ese amargor parecido al que tienes antes de un examen o cuando crees que el médico te va a dar una mala noticia.

Y desde entonces, cada vez que la historia se repite en Londres, en Bombay, ayer en Oslo, ese amargor vuelve a mi boca y me pregunto cuándo y dónde será el siguiente.

Esta mañana al levantarme tenía la intención de preparar un artículo mucho más distendido, sobre la mcdonalización, pero me ha salido éste, lo siento en el alma, este tipo de acontecimientos cada vez me afecta más.

Juan Carlos Barajas Martínez

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