El controvertido caso de Kitty Genovese



En las series de televisión como “Mentes Criminales”, que trata sobre la unidad de análisis del comportamiento del FBI, o “El Mentalista”, que trata de un profesional del mentalismo metido a detective por azares de la vida y en muchas otras series más, la figura del asesino en serie es tan cotidiana que se te hace próxima y tiendes a pensar que se trata de un personaje costumbrista, que en todos los barrios de las ciudades americanas hay uno, como el lechero, el fontanero o el repartidor del Bimbo. Gracias a Dios el fenómeno es menos común de lo que parece, si no fuera así, en vaya mundo viviríamos. No obstante, haberlos haylos, y eso es lo que le pasó a Kitty Genovese cuando volvía a su casa en Kew Gardens (Nueva York) un día de marzo de 1964, para su desgracia se encontró con uno.

Su asesinato tuvo todos los ingredientes sangrientos y morbosos necesarios para aparecer en estas series de televisión pero no es del crimen de lo que quería hablar sino del comportamiento de los vecinos de Kitty ante dicho crimen. No obstante, para aquellos a los que haya picado la curiosidad, os pongo el enlace en la Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Kitty_Genovese.

Hay varias versiones según las fuentes pero, al parecer, el desarrollo del crimen duró 45 minutos, hubo 38 testigos que vieron algún acto de aquella tragedia desde sus apartamentos – aunque parece que no asistieron a los más crueles - y que tan sólo uno de ellos, pasada media hora, llamó a la policía.

¿Cómo es posible que nadie ayudara Kitty?, ¿ cómo es posible que ninguno de los testigos llamara a la policía hasta media hora después?.

Parece ser que eran personas normales, de un barrio normal, sin consignas ni leyes del silencio ni “omertá” mafiosa. No parece tampoco que la causa estuviera en los  rasgos de personalidad o en las características propias de cada individuo pues todos reaccionaron igual.

Este hecho llamó la atención de dos psicólogos sociales, Darley y Latané, y empezaron a hacer lo que suelen los psicólogos experimentales: hacer experimentos. Crearon en el laboratorio pruebas que reproducían situaciones de emergencia con múltiples testigos. Por poner un ejemplo, uno de los experimentos consistía, a grandes rasgos, en que un sujeto simulaba un ataque epiléptico y se examinaba la reacción del resto de los individuos participantes ante esta situación. Para hacerlo más parecido a la situación del asesinato de Kitty, todos estaban aislados y se comunicaban por interfonos. La hipótesis de partida era: cuánto mayor sea el número de observadores menor será la probabilidad de que cualquiera de ellos te preste ayuda, lo que aparentemente iba en contra del sentido común pues todos solemos pensar que estamos más resguardados en manada que solos.

Los resultados confirmaron la hipótesis, cuanto mayor era el número de participantes, el porcentaje de los que intentaron ayudar fue menor y, cuando alguien al final se decidió, lo hizo más tarde. A esto lo llamaron el “efecto del espectador”.

Podría achacarse la falta de intervención a la apatía o la indiferencia de los sujetos ante el sufrimiento de una persona que no tiene nada que ver con ellos, sin embargo, esta explicación fue descartada porque en la misma situación, cuando el sujeto se creía solo, en un 85% de los casos reaccionó ayudando al necesitado.

Los experimentos llevaron a  Darley y Latané a concluir que la intervención o no en los casos de emergencia es el resultado de un proceso de decisión que tiene lugar en la mente del individuo. Esta idea se plasmó en un modelo de decisión consistente en 5 pasos consecutivos descritos en el organigrama que os pongo a continuación:


De los 5 pasos, el primero es más bien obvio, aunque hay gente que disfraza la realidad para no verse implicada. Es el segundo paso – la interpretación de si se trata de una emergencia o no – en el que merece la pena detenerse. Si el testigo no se encuentra solo, indaga la conducta y opiniones de las demás personas presentes. Es lo que los psicólogos sociales llaman “influencia social informativa”.

En muchas ocasiones esta necesidad de consultar los rostros, gestos y frases de los compañeros de situación no les lleva a ninguna conclusión. Hay un encogimiento de hombros general y el ahogado termina por ahogarse. Es lo que Darley y Latané llaman “ignorancia pluralista”. En algunos experimentos los sujetos necesitaban saber qué pasaba y qué debían hacer, pero ninguno de ellos quería demostrar públicamente su inquietud con lo que se miraban unos a otros aparentando tranquilidad y como todos estaban tranquilos llegaban a la conclusión de que no había nada que temer y la consecuencia era la inacción. Al parecer este fenómeno se daba más entre los habitantes de grandes ciudades porque son contextos en los que la comunicación con extraños está socialmente reprimida.

Pero no basta con que el observador se dé cuenta de hay una situación de emergencia, tiene que sentirse responsable de actuar. Lo que nos lleva al tercer paso del modelo. La presencia de varias personas en una situación de emergencia puede llevar a la inacción pues ninguno se considere personalmente responsable de actuar. Entonces ocurre la llamada “difusión de la responsabilidad” y, al parecer, es la causa que mejor explica la pasividad de los vecinos de Kitty Genovese. Todos debieron pensar lo mismo: ¿por qué yo?, alguien acudirá sin duda a socorrer a la víctima. A mi me ha pasado con los cortes de luz en mi barrio, el ya llamará otro a la compañía, es la mejor manera de que no llame nadie.

Por último, el observador tiene que sentirse capaz de poder con la situación que se presenta ante él. Hay situaciones sencillas en las que uno mismo puede echar una mano y hay situaciones complejas o de riesgo elevado en las que el testigo no puede hacer nada excepto solicitar ayuda a la policía o a los servicios de emergencia. En cualquier caso la decisión sobre la capacidad de cada cual ante una situación de emergencia es una decisión de carácter racional.

Existe otro modelo de decisión con un enfoque economicista, el de Piliavin, que examina los costes de ayudar y de no ayudar. Creo que en este punto del organigrama – al menos yo que no soy ningún valiente y soy bastante racional – echaría mano de este método de manera más o menos inconsciente para tomar mi decisión. Si el coste de ayudar es bajo y el beneficio para el necesitado es grande, no dudaría ni un instante en echar una mano. Pero si el coste es alto, si he de ser honesto, tengo mis dudas. Quizás la más común en este tipo de situaciones es cuando alguien actúa violentamente contra un tercero. Es el “si me pongo en medio alguna leche me caerá a mí”.

Probablemente es lo que le pasó a aquel ciudadano que asistió a la agresión de una chica latinoamericana en un tren de Barcelona cuyo vídeo recorrió el mundo. Estuvo disimulando mientras duró la agresión pero se pudo comprobar que, una vez el agresor salió del tren y pasó el peligro físico, acudió a ayudar a la muchacha inmediatamente. Por cierto, que la prensa se cebó con él por su inacción.

El modelo de Piliavin está también en la Wikipedia, por si hay alguien interesado, en  http://en.wikipedia.org/wiki/Helping_behavior.

Ya fuera del modelo de Darley y Latané, las características de las personas que necesitan ayuda es otro de los factores que influyen en la decisión de ayudar. Es más probable que se ayude a una persona atractiva que a una persona que nos produce aversión – a ver si la figura romántica del caballero andante salvando a la princesa era porque ésta era guapa y tenía dote - y, también, es mucho más probable que se ayude a personas semejantes a nosotros que a personas muy diferentes. Y, por supuesto, es mucho más probable la ayuda en el caso de que la persona necesitada sea de nuestro grupo social o de nuestra familia.

Desde que estudié por primera vez el caso de Kitty Genovese me he preguntado qué hubiera hecho yo en esta situación y siempre me respondo que no hubiera esperado media hora para llamar a la policía.

Juan Carlos  Barajas Martínez

Bibliografía
Elena Gaviría , “Altruismo y conducta de ayuda”, dentro del libro “Psicología Social”, McGraw-Hill, Madrid año 2000.

3 comentarios:

  1. El miedo está bastante extendido y como dices cuando hay más espectadores se espera que sea el otro el que tome la iniciativa.

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  2. A no ser q la persona necesitada fuera un bella princesa con dote, verdad?. Muchas gracias por tu comentario Teresa

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  3. A no ser q la persona necesitada fuera un bella princesa con dote, verdad?. Muchas gracias por tu comentario Teresa

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