Alfonso XII, la Cocinera, el Guardia de Corps y Juan Carlos I

Marcelo López


Paulita Baeza entró muy jovencita al servicio de la casa de los Condes de Villagonzalo. Destacó por su habilidad en las labores de la cocina, mezclando salsas primero y adaptando la cocina popular de su tierra – el norte de la provincia de Toledo – al gusto de los nobles cortesanos. Sus “migas” y su “ropa vieja” se hicieron pronto famosas y en pocos años se convirtió en la primera cocinera de la casa condal.

El palacio de los Condes de Villagonzalo, en donde Paula trabajaba, también conocido como Palacio del Marqués de Ustáriz - su primer dueño - todavía existe. Está situado entre las calles de Mejía Lequerica, San Mateo y Serrano Anguita. Es un noble caserón del siglo XVIII, que sufrió una notable reforma a fines del siglo XIX. Destacaba por sus vistosos salones, amplias estancias y, sobre todo, por una famosa escalera neoclásica. Durante muchos años ha estado completamente abandonado, cuando pasaba por delante me daba una pena enorme, sobre todo su jardín, antaño uno de los más celebrados de Madrid. Actualmente se está llevando a cabo una reforma y anda todo andamiado y tapiado.

El jefe de la casa en aquel momento era D. Mariano Miguel Maldonado y Dávalos, séptimo conde de Villagonzalo y marqués de la Scala, que era de la misma quinta que el rey Alfonso XII y con quien, al parecer, le unía gran amistad. El caso es que D. Alfonso visitaba a menudo la casa del conde. Comía, cenaba y acudía a diversos saraos y - como había heredado parte del casticismo de su madre - estaba enamorado de la cocina popular de Paula.

El rey medio en serio medio en broma, casi como un rito, le pedía al conde que le cediera a su cocinera, que la quería a su servicio y el conde, siguiendo con la broma, le decía que no podía, que era su tesoro y que, además, de esta manera tenía el placer de recibirle en su casa mientras que si se llevaba a Paula dejaría de venir.

Al parecer este ritual se repetía cada vez que Alfonso XII probaba la comida de los condes. Pero, una vez que el rey insistió más de la cuenta, el conde le dijo que de acuerdo, que él le cedía a la cocinera pero que Paula debía de aceptar. Don Alfonso, pensando que cualquiera en su sano juicio preferiría servir al rey antes que al conde, bajo con éste a las cocinas, en una situación que se parecía más a una apuesta que a cualquier otra cosa.

Paula debió llevarse un susto de muerte, al ver llegar a sus dominios a la testa coronada y su condal patrón. Después de felicitarla por la calidad de su comida, el conde le explicó la cuestión.  Debía escoger entre la cocina del Palacio Real y la cocina del conde. Supongo yo que Paula estaba viviendo una situación alucinante y nadie supo nunca qué se le pasó por la cabeza en ese momento pero eligió permanecer al servicio del conde, con lo que el rey se quedó con un palmo de narices.

Se daba el caso que un joven soldado de la Guardia de Escoltas Reales acompañaba al rey en sus visitas al Palacio de Ustáriz. Alfonso XII era muy dado a hacer salidas nocturnas acompañado de poca escolta y a ese guardia – que se llamaba Marcelo López – le tenía especial estima. Así que cada vez que el rey visitaba a su amigo el conde se llevaba a Marcelo.

Mientras duraba la cena del monarca y sus nobles, Marcelo se refugiaba en la cocina en donde, supongo yo, algún vaso de vino y algo de comer no le habrían de faltar.

En estas visitas se fue fraguando una relación entre el apuesto soldado y la habilidosa cocinera de tal manera que lo que no pudo el poderoso monarca lo consiguió el modesto guardia real, llevarse a Paula a su casa. Y de ahí vengo yo, porque tuvieron una hija – María -, que a su vez tuvo un hijo – Antonio – que fue mi padre, así que soy el biznieto de Marcelo y Paula.

Y, de la misma forma que yo soy biznieto de aquella cocinera – alguno de cuyos platos se han transmitido por tradición oral como la misma historia que aquí contamos – el actual rey, Juan Carlos I – mi real tocayo –, es biznieto de aquel Alfonso.

El otro día, cuando veía en las noticias las imágenes de la manifestación del 15 de octubre en Madrid, vi una pancarta que comparaba la época de la restauración alfonsina del siglo XIX con la restauración juancarlina del siglo XX en la que estamos inmersos. Y por cierto la comparación no era muy amable, pues equiparaba las peores características de la restauración del reinado de los reyes Alfonso XII y Alfonso XIII con los problemas que sufrimos actualmente.

Indudablemente a ambos procesos de recuperación del trono por parte de los Borbones se les puede calificar de restauración, porque Alfonso XII fue puesto en el trono en diciembre de 1874 por el pronunciamiento del General Martínez Campos en Sagunto, tras la renuncia de su madre Isabel II – que había sido echada de España por la Gloriosa Revolución de 1868 – a los derechos dinásticos. Mientras tanto, entre 1868 y 1874 no se aburrieron: un gobierno provisional, la monarquía democrática de Amadeo I de Saboya, la Primera República, la guerra de Cuba, 3ª la guerra carlista y la revolución cantonal.

Y Juan Carlos I, por su parte, fue nombrado sucesor a título de rey por Francisco Franco en 1969. Accedió al trono a su muerte. Adquirió legitimidad dinástica en 1977 cuando Don Juan de Borbón, al que le hubiera correspondido ser rey, renunció a sus derechos. Adquirió posteriormente la legitimidad democrática con la aprobación de la Constitución de 1978. Todo esto siguió a un período histórico que se inicia cuando el pueblo echó a su abuelo Alfonso XIII al proclamar la Segunda República en 1931,  después vino la guerra civil, los cuarenta años de la dictadura de Franco y terminó con el fallecimiento de éste en 1975. Decididamente la historia de España es menos aburrida que la de la Confederación Helvética.

La historia de España en el siglo XIX se parece mucho a la historia de una república bananera con continuos golpes de Estado y contragolpes, revoluciones de opereta, espadones y guerras coloniales. Todo ello sobre el sustrato de una lucha permanente entre dos concepciones de España, cristiana y anticlerical, liberal y absolutista, isabelina y carlista, progresista y moderada, lucha que tuvo su prórroga durante el siglo siguiente.

La Restauración fue una reacción lógica a tanto desmadre, un intento de construir un sistema político estable. Lo que pasa es que se hizo de la peor forma posible. En vez de resolver los problemas del enfermo, se le anestesió, con lo que cuando despertó con la Segunda República, la enfermedad dormida se manifestó con todos sus síntomas.

El sistema político de la Restauración, cuyos constructores fueron Cánovas y Sagasta, consistía en la alternancia de sus partidos – Conservador y Liberal[1] – en el Gobierno. Pero no porque fueran elegidos por el pueblo de manera democrática sino porque empleando una herramienta perfecta, el caciquismo[2] - que llegó a funcionar con una eficacia impresionante –, los resultados estaban pactados previamente. Imaginaos la corrupción política que conllevaba un sistema como este.

Con todo, lo peor fue que el sistema no admitía más participantes como no fuera de una manera testimonial. Los distintos movimientos sociales que se estaban desarrollando, al amparo de una modesta e incipiente industrialización, quedaron fuera. No se incorporaron al sistema político de la restauración ni el movimiento obrero, ni los nacionalismos y regionalismos, movimientos ambos que nacieron en aquella época. Partes muy importantes de la población no se sentían identificadas con su clase política. Al final, después de altibajos y de una dictadura militar, el régimen murió de inanición y Alfonso XIII acabó saliendo de España por Cartagena para no volver más.

Pero, ¿cómo vivía la gente en 1880?. La esperanza de vida en España era de 29 años. Volviendo a mis bisabuelos por vía paterna, por lo que yo sé, ni Marcelo López – el guardia real de nuestra historia – ni el otro bisabuelo, Gregorio Barajas, llegaron a cumplir 40 años. Eran muy bajitos, la talla media en 1900 era de aproximadamente 1,60 metros, el propio Gregorio medía – lo sé por sus datos militares – 1,54 metros. La mayoría de la población vivía en las zonas rurales, trabajando como jornaleros del campo con horario de sol a sol, durante unos 200 días al año - y no eran más gracias a las fiestas religiosas que, por cierto, no cobraban -, todo por un salario de miseria. De hecho, mi bisabuelo Gregorio era jornalero.

No había clase obrera en el sentido industrial del término, ni siquiera se les llamaba obreros sino jornaleros de fábrica. Sólo Barcelona, con la industria textil y Vizcaya con la industria siderúrgica, presenciaron en el último cuarto del siglo XIX el crecimiento muy limitado de un proletariado industrial moderno. Gracias a Dios la cosa ha cambiado bastante.

¿Y qué similitudes hay con la monarquía parlamentaria actual?. Bueno, aunque se suele decir que la historia se repite, no existen dos procesos históricos idénticos, aunque tampoco, completamente distintos. La Constitución de 1978 fue un gran acuerdo por poner punto final a los dos siglos – desde que la Revolución francesa vino a remover las conciencias - de conflictos entre los dos conceptos de España, al menos de conflictos fuera del juego político normal y civilizado. No fue el último parte de Burgos el que puso final a la guerra civil, sino el texto constitucional. Y con ello empezó el período de mayor progreso y de convivencia democrática de nuestra historia.

Pero la chica que llevaba aquella pancarta en la manifestación del 15 de octubre no parecía muy contenta. Después de bastantes años de fiesta económica, en el que nos creíamos los dueños del mundo, ha venido el batacazo. Al final no éramos tan ricos como nos creíamos y este crudo despertar ha actuado como un disparador, como un ventilador que airea todo lo que de malo que tiene nuestro sistema político. Hemos visto el despilfarro, la corrupción, hemos reparado en que ahora también hay caciques en ciertos territorios que construyen aeropuertos inconcebibles, que convierten el tren de alta velocidad en un tranvía posmoderno, o que se inventan un partido regional a partir de sus redes clientelares. Y claro, teniendo en cuenta que éste ya no es un país de analfabetos, se hace muy difícil que no haya nadie que no haga comparaciones.

Lo peor, vuelve a haber mucha gente que no se siente identificada con el sistema.  Ve con desconfianza a la clase política, que vuelve a alternarse en el poder por otros medios y no se siente representada por ella, desconfía de la ley electoral, desconfían de la democracia. Y más gente todavía no se siente identificada con el sistema económico, sienten que en el reparto de la pasta no tienen ninguna parte, muchos no tienen trabajo y no tienen esperanza de conseguirlo.  Se ha de intentar recuperar a estas personas y, no sólo por que es de justicia darles aquello a lo que tienen derecho, es por nosotros también, por los que todavía no hemos perdido del todo la fe. No vaya a ser que se repita la historia.

Juan Carlos Barajas Martínez

Bibliografía:

Estadísticas históricas de España
Siglos XIX-XX
Albert Carreras, Xavier Tafunell y otros
Fundación BBVA

Historia económica y social, moderna y contemporánea de España
Santos Juliá Díaz, Ana Clara Guerrero Latorre y Sagrario Torres Ballesteros
Quinta edición, tercera reimpresión
UNED, Madrid 1996

Notas:


[1] Para más inri los nombres oficiales eran Partido Liberal-Conservador, el de Cánovas, y Partido Liberal-Unionista, el de Sagasta. Con lo cual no se les podía distinguir ni por el nombre.
[2] El caciquismo es una forma distorsionada de gobierno local donde un líder político tiene un dominio total de una sociedad, usualmente de ámbito rural, expresada como un clientelismo político. Los caciques pueden controlar el voto de sus clientes por lo que pueden negociar con los políticos centrales y ser la cara y base del partido. De esta forma se crean "democracias" que en el papel funcionan pero que no son el gobierno del pueblo



Licencia Creative Commons

Alfonso XII, la Cocinera, el Guerdia de Corps y Juan Carlos I por Juan Carlos Barajas Martínez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en sociologiadivertida.blogspot.com.

Adiós, Estado del Bienestar, adiós

"Saludos del Estado del Bienestar"

Dentro de unos años, no tantos como quisiera, entraré en una edad en la que dependeré más de los demás de lo que dependerán los demás de mí, y esa, queridos lectores, tal y como andan los tiempos, es una situación muy peligrosa.

Me gustaría que a esa edad dispusiera de una pensión digna y mis necesidades sanitarias estuvieran cubiertas cuando es probable que más lo necesite. Pero con todo lo que está cayendo tengo mis dudas, dudas que no tenían las generaciones inmediatamente anteriores a la mía.

También, ya que estoy consiguiendo darles a mis hijos una buena educación, me gustaría que mis nietos pudieran acceder a una educación al menos tan buena  como la actual y que, mis hijos como padres, pudieran elegir para sus hijos en igualdad de condiciones entre una educación pública o privada de calidad con entera libertad y que esta libertad no sea teórica o sobre el papel sino muy real. Y sobre esto también tengo mis dudas.

Y puestos a pedir, me gustaría seguir contando con una sanidad pública, que cuando necesite una operación haya un quirófano, que cuando necesite un hospital haya uno cerca abierto, con médicos y enfermeros en número suficiente que atiendan con medios técnicos adecuados y con sueldos justos. Y sobre esto, como no, tengo serias dudas.

Tengo mis dudas porque  el Estado del Bienestar no está en muy buena forma, ya lo estaba mucho antes de esta crisis galopante que vivimos, viene descafeinándose desde hace 30 años gradualmente, y en los últimos tiempos parece que esta tendencia está cogiendo carrerilla.

La razón última del Estado del Bienestar estriba en que el gobierno debe garantizar unos estándares mínimos de renta, alimentación, salud, vivienda y educación como un derecho político, como puede ser el derecho al voto o el derecho a la inviolabilidad del domicilio.


La conquista de este derecho no fue fácil, como no lo fue la conquista del derecho al voto o del resto de los derechos de la persona. En el caso concreto del Estado del Bienestar, requirió de una lucha, a veces violenta, de generaciones de nuestros antepasados y la aportación teórica de varios autores desde Stuart Mill a Keynes. Este período de desarrollo se puede contemplar desde la segunda mitad del siglo XIX, durante el proceso de industrialización de Occidente, hasta la floreciente etapa económica mundial que se abrió después de la Segunda Guerra Mundial.

Gracias al Estado del Bienestar, por primera vez en la historia, las pensiones, la seguridad social, el seguro de desempleo, la educación gratuita y otras medidas de este tenor establecieron una red de cobertura que permitió que las familias, sin tener en cuenta diferencias de renta, pudieran vivir el presente sin la angustia de un porvenir incierto.

Además, como indica el gran sociólogo español Manuel Castells en su artículo “El futuro del Estado del Bienestar en la sociedad informacional”, diversos trabajos comparativos han puesto de manifiesto la influencia positiva del Estado del Bienestar sobre el crecimiento económico durante el período 1950-1975, a través de varios mecanismos.

En primer lugar, la paz social permitió relaciones industriales estables. En segundo término, el aumento de la renta de las familias derivado de no tener que dedicar recursos que el Estado cubría, aumentó el consumo. Además las cuantiosas inversiones del Estado mejoraron los bienes y servicios colectivos. Todo ello, conjuntamente, produjo una expansión del empleo.

Entonces, ¿qué es lo que ha pasado?, ¿por qué ha dejado de ser rentable?, ¿por qué hay tanta gente que ha dejado de apoyarlo?.

Manuel Castells señalaba ya en 1996, en el artículo precitado, las causas principales de este declive: la crisis presupuestaria de las finanzas públicas, la crisis de competitividad y la crisis de legitimidad social.

Lo esencial de los problemas de financiación del Estado del Bienestar proviene de la carga creciente de las pensiones y de los gastos sanitarios debido al aumento de la esperanza de vida y la bajada de la tasa de natalidad. Problemas que no se han solucionado con la gran corriente migratoria que hemos recibido en los últimos años, es más, existe la percepción de que la inmigración ha provocado un aumento del gasto sanitario sin que se haya compensado del todo por el consiguiente aumento de las cotizaciones.

La crisis de competitividad tiene mucho que ver con la formación de una economía global. La globalización  cambia la estructura de la competencia entre empresas, países y regiones. Países que, por razones históricas, ofrecen niveles mucho más bajos de protección social disponen de ventajas competitivas, además, la difusión tecnológica en los nuevos países industrializados ha elevado extraordinariamente la productividad y la calidad en la estructura industrial y de servicios avanzados en dichos países, todos sabemos, por poner un ejemplo, lo buenos y baratos que son los indios haciendo software. De hecho, las empresas reaccionaron desplazando fábricas y oficinas a países con menores costes en lo que se ha venido en llamar “deslocalización”. Estas estrategias empresariales reducen la base del empleo en Europa y agravan la crisis del Estado del Bienestar.

En cuanto a la crisis de legitimidad, en los últimos años se ha producido un cambio cultural importante que se manifiesta en varias tendencias.

En primer lugar se viene dando una creciente segmentación de la sociedad debido a la reorganización tecnológica y económica actual. La economía se ha desplazado desde el sector de la industria, más comprometido y concienciado,  hacia los servicios y ha causado una polarización entre trabajos altamente cualificados y trabajos sin cualificación. Este proceso, un amigo mío lo describe de una manera muy gráfica: “nos han puesto corbata y nos hemos creído que ya no somos trabajadores”.

En esas condiciones, las normas universales del Estado del Bienestar, son miradas con recelo por un numeroso grupo que piensa poder sacar mejor provecho con la utilización individual de sus recursos que se manifiesta en una creciente tendencia a la privatización que se plasma en un mayor uso de los servicios privados de sanidad y educación.

En este modo de pensar, los que nos llevan ventaja son los ciudadanos norteamericanos, quienes opinan de manera mayoritaria que ellos no tienen por qué pagar la sanidad de otros, sin tener en cuenta que tarde o temprano a todos nos toca, que la enfermedad suele ser terriblemente costosa para una familia en particular sin el apoyo de los servicios del Estado. Curiosamente, estos mismos ciudadanos norteamericanos son fervientes partidarios de la escuela pública.

Este fenómeno de deslegitimación en la práctica nos lleva a que las instituciones del Estado se vayan especializando más en los grupos más desfavorecidos lo que, a su vez, realimenta el rechazo de esos sectores más privilegiados que contribuyen más al sistema. Así se van rompiendo los lazos de solidaridad en las que estaba basado el Estado del Bienestar.

A este fenómeno no le es ajena la creciente hegemonía del individualismo en nuestro sistema de valores.  La crisis de las organizaciones sociales de solidaridad, la decadencia de las ideologías políticas progresistas que no han conseguido llevar a cabo sus proyectos de reforma y la crisis de la familia patriarcal en favor de la nuclear, han convergido hacia el reforzamiento del individuo como centro de los procesos de acumulación de riqueza y poder, el deseo material y la búsqueda de soluciones particulares a problemas que hasta hace bien poco se resolvían de manera colectiva.

Si todos estos cambios culturales e ideológicos los juntamos a las contradicciones estructurales del Estado del Bienestar y lo agitamos bien en una coctelera obtenemos gran parte de los argumentos del interesado discurso neoliberal de las elites gobernantes en contra de esta forma de organización social.

El resultado final es que vemos que cuando vienen mal dadas, las instituciones sociales relacionadas con la sanidad pública, la educación y la seguridad social son las primeras en sufrir severos recortes y no hay una respuesta social adecuada más allá de los sectores implicados directamente.

Puede que el Estado del Bienestar sea caro, puede incluso que sea un lujo desde un punto de vista puramente economicista, pero, ¿acaso no es necesario?, ¿nuestras sociedades no tiene recursos suficientes para mantenerlo?, ¿podríamos hacerlo más rentable?, y ya de puestos, ¿no podríamos cambiar al dinero como único patrón de medida de todas las cosas?, ¿no podríamos meter los beneficios sociales como beneficios y no como gastos?, ¿podríamos dejar de pensar en algo más que dividendos y cuentas de resultados?.

Para solucionar la crisis del Estado del Bienestar, Castells propone en su artículo, la transición del Estado del Bienestar al Estado del Buen Obrar con nuevas políticas e instituciones de solidaridad más acordes con la sociedad postindustrial. El artículo tiene 15 años y algunas de esas políticas tienen un cierto sabor a rancio pero no porque se hayan experimentado y hayan fracasado sino porque su discusión acabó hace tiempo, sobrepasadas por el peso de los acontecimientos. Y de paso ya comentaré que por este continuo goteo de malas noticias que recibimos al minuto, siguiendo la prima de riesgo de la deuda española en tiempo real, dentro de poco nos parecerá hasta frívolo hablar del Estado de Bienestar.

En cualquier caso, sean cuales sean las medidas que se adopten para salvarlo, pasan por la vía de que los ciudadanos estemos realmente convencidos de que merece la pena hacerlo. Y esto quizás sea lo peor, que no se debate, andamos sumergidos en una miasma de posiciones equidistantes entre el letargo de los más interesados en que el Estado del Bienestar se mantenga sano, el discurso de los partidos –presionados por las élites económicas - de irlo minando gradualmente y el aumento del sector de los que piensan que lo público no tiene remedio. 


Juan Carlos Barajas Martínez




Apéndice para los muy interesados:

Por no alargar en demasía esta entrada en el blog os abro un apéndice en la que se explican las medidas propuestas por el profesor Castells para solucionar la crisis del Estado del Bienestar.

Para Castells en la nueva economía, una fuerza de trabajo cualificada, adaptable y flexible es la fuente esencial de la nueva productividad. Pero ese capital humano no consiste sólo en trabajadores detentadores de conocimientos técnicos avanzados, sino en trabajadores que disponen de condiciones de vida que los hacen sanos, educados y productivos. Difícilmente habrá adaptación y flexibilidad de la fuerza de trabajo si la pérdida o la variación de un empleo determinado equivale a la pérdida de la red de seguridad mínima con que cuenta la familia. Es decir, en la nueva economía, invertir en lo social, es al mismo tiempo, invertir en productividad. De hecho, esto es lo que hace empresas punteras del sector tecnológico como Google.

Esta nueva economía informacional tiene su talón de Aquiles, es potencialmente excluyente, puede autosatisfacer sus necesidades de trabajo con un grupo relativamente reducido de profesionales altamente cualificados. Para evitar esto, propone  la intervención estratégica del Estado sobre los sistemas de educación y formación que recualifiquen al conjunto de la población, en función de los cambios tecnológicos y organizativos; y la reforma del empleo y del trabajo, procediendo a una reducción ordenada de las horas de trabajo y de las modalidades de actividad productiva, con una reducción equivalente del salario y creación de puestos de trabajo sustitutivos.

Propone, asimismo,  una nueva política social, cuyo eje central y el núcleo básico de la capacidad de financiarla, es una nueva política para la vejez y el ciclo de vida. Es necesario mantener en el empleo a los trabajadores de entre los 55 y 65 años, alargando así el período productivo, mediante políticas de reciclaje que aprovechan su experiencia profesional, combinada con nuevos conocimientos. Y una mejor gestión hospitalaria, ya que buena parte de las camas de hospitales ocupadas por personas mayores por periodos largos podrían ser sustituidas, a menor costo, por formas de asistencia a domicilio y minirresidencias de nuevo tipo.

En el mismo sentido de la política social propone ampliar los mecanismos de solidaridad a la sociedad civil. Habiendo establecido la primacía de las instituciones públicas en la gestión de la solidaridad, debe sin embargo estimularse la iniciativa de la sociedad civil en el tratamiento de sus propios problemas. Y no solamente por descargar parte del presupuesto o del trabajo a la Administración pública, sino porque la generosidad individual y la responsabilidad colectiva del voluntariado asistencial es un recurso esencial de la cultura de las sociedades que no debe perderse. Parte del presupuesto público debe destinarse al desarrollo de la iniciativa privada en la gestión de la solidaridad.

Y, por último, una de las propuestas más interesantes como intento para evitar la competencia desleal de los países emergentes. La necesidad de elegir entre dos alternativas: a) Un proteccionismo arancelario reforzado, quizás no deseable y b) Un pacto social global anexo al Acuerdo del GATT (hoy Organización Mundial del Comercio) en el que las reducciones arancelarias fuesen acompañadas de armonizaciones sucesivas en los niveles de protección social y medioambiental existentes en los distintos países.

Todo esto no será posible sin la constitución de alianzas sociales que aúnen la acción de sindicatos,  de asociaciones ciudadanas, de empresas comprometidas y agentes económicos con visión de largo plazo. Para articular un pacto social y económico de carácter estratégico institucionalizado e impulsado en última instancia por las instituciones públicas.  La hipótesis de Castells es que el proceso de recomposición puede darse en las zonas de máximo contacto entre el Estado y la sociedad civil, es decir, en los gobiernos locales y regionales.

Bibliografía:

Manuel Castells Oliván
El futuro del Estado del Bienestar en la sociedad informacional
Revista Sistema nº 131, 1996

George H. Sabine
Historia de la Teoría Política (3ª edición, 4ª reimpresión)
Fondo de Cultura Económica
Madrid 1999

Para ampliar:


Licencia Creative Commons

Adiós, Estado de Bienestar, adiós por Juan Carlos Barajas Martínez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en sociologiadivertida.blogspot.com.

La ley de las tarjetas de visita




Resumen
Durante casi 40 años he trabajado en una organización burocrática y todavía trabajo en ella y, aparte de trabajar, me he dedicado a observar. A observar con mirada crítica, con mirada sociológica y, cada vez que hallaba un comportamiento característico, un patrón, una tendencia, la apuntaba en ese “cuaderno de pensamientos” que nunca se separa de mí y luego reflexionaba acerca de esa idea, de si era cierto que se cumplía el fenómeno con relativa frecuencia y cuáles eran las causas de que el fenómeno existiera. Posteriormente enunciaba una ley que se ajustaba a dicho fenómeno a medio camino entre la seriedad y el sarcasmo, un lugar en el que nos encontramos la gente de buen humor.

De esta manera he logrado enunciar 35 leyes sobre el comportamiento de una organización burocrática, aunque muchas de ellas son aplicables también a organizaciones con otro tipo de estructura.  Son leyes al estilo de las de Murphy o los diversos principios de Peter.

En este artículo desvelamos la ley de las tarjetas de visita, ese conjunto de cartulinas que quedan encima de la mesa, en medio de un manual, en el fondo de un cajón y que cuando vuelves a leerlas la mayoría de las veces no consigues recordar quién te la dejó.

Enunciado
Cuanto mayor es el nivel jerárquico menor es la longitud del nombre del cargo medida en número de caracteres.

Definición
Se entiende por Índice de Rimbombancia la longitud del nombre de un cargo medida en número de caracteres

Justificación

Hoy en día parece haber caído en cierta medida el uso de las tarjetas de visita – aunque como en el caso de las corbatas parece que resiste al cambio de milenio sobre todo en el ámbito comercial - , pero ha aumentado enormemente el uso del correo electrónico y la firma que se pone al final de los mensajes ha cobrado importancia. Y lo cierto es que en ambos casos, tarjetas y correo electrónico, se trata del mismo fenómeno, indicar al interlocutor con quién está hablando.

Es algo parecido al “usted no sabe con quién está hablando” de los tiempos del franquismo, pero de una manera más educada. Se trata de impresionar dando rimbombancia a la función que se desempeña.

Ahora bien, cuanto mayor es el nivel jerárquico que se desempeña menos necesidad hay de impresionar y menos necesidad hay de explicar el cargo, por lo tanto el número de caracteres que se requiere  para explicarlo es bastante menor. Podríamos denominar a este número el índice de rimbombancia. Cuanto mayor es, más rimbombante eres.

Por ejemplo, si se dirige un pequeño departamento que se dedica a la tramitación de expedientes que se inician en España pero se terminan en la sede central de Bureaucratic Systems Ltd. en Springfield (Missouri, EEUU), muy probablemente el cargo sea “Jefe del Departamento de Tramitación de Expedientes Iniciados en España y de Decisión en la Sede Central”, a lo que habrá que añadir la enorme retahíla de unidades administrativas que hay por encima de ese departamento.

BUREAUCRATIC SYSTEMS ESPAÑA
Dirección de Administración
Subdirección de Tramitación de Expedientes
Departamento de Tramitación de Expedientes Iniciados en España y de Decisión en la Sede Central

Y he sido condescendiente pues sólo he puesto una profundidad de 4 niveles. Como se puede observar el cargo va aumentando de tamaño conforme se va bajando en la pirámide organizativa.

En cambio, para la tarjeta del Director General, basta con poner Director General, todo el mundo lo entiende. En el primer caso el índice de rimbombancia es 104, en el segundo, 16. 

Una variedad importante sobre este asunto de los nombres de los cargos, que no puedo dejar de comentar, es la moda relativamente reciente en las empresas de servicios de poner las funciones de su personal en inglés, aunque la empresa tenga su sede en Navalmoral de la Mata y no sea sucursal de ninguna multinacional.

Se ven cosas del estilo de “Manager Business Development & Sales”, esta perla es de una empresa de Barcelona, el señor claro está es un comercial; o bien, “Service Manager. Professional Services”, de una empresa de Madrid y todavía no he conseguido saber  a qué se dedica, o bien, “Technical Advisor. E-Business Division” de una conocidísima empresa comercial española. Querido lector te juro por la gloria de mi madre que estos “títulos” los he tomado de las 10 primeras tarjetas de mi tarjetero.

¿Por qué está moda?. A mi se me ocurren dos razones. La primera es que este comportamiento es una consecuencia de un fenómeno social mucho más amplio que es el prestigio de la lengua inglesa como lengua franca universal, que hace que parezca que si no pones el nombre del negocio o del trabajo en inglés eres, cuando menos, un paleto.

En segundo lugar está el mismo argumento que hemos usado para justificar la Ley de las Tarjetas de Visita, impresionar al interlocutor por medio de la confusión. No se es un  comercial se es un “manager” o no se es un “currito” se es un “advisor”, y uno se queda pensando, “este tiene que ser alguien importante”. Pero todo deriva del mismo error, haber olvidado en nuestra cultura el principio ético de que todo trabajo bien hecho es digno.


Juan Carlos Barajas Martínez


Yo soy Tintín y mi hermano el Capitán Haddock



Capitán Haddock, Hernández y Fernández

“Yo aún diría más, la cosa está clasra. Esta es mi opinión y yo la comparto” (Fernández)
Hergé, Las Joyas de la Castafiore, 1963


Varias personas, sabedoras de mi afición por las novelas gráficas de Tintín, me han pedido que comente – no me atrevo a calificarlo de crítica – la reciente película de Spielberg sobre el cómic de Hergé. Pero antes de hacerlo debo, para que entendáis mi forma de ver la película, tratar de explicaros qué significa Tintín para mí.

Cuando yo tenía seis años, mi familia tenía una casa en la galdosiana calle de Santa Teresa, para los que conozcan Madrid, muy cerca de la Glorieta de Santa Bárbara y de Alonso Martínez. Si galdosiana es la calle no podéis imaginaros lo galdosiana que era la casa. Del siglo XIX, la escalera de madera, con peldaños irregulares, barandilla de hierro forjado, las puertas de madera maciza con un rosetón como mirilla para ver quién llama sin abrirla. Parecía que Fortunata o Jacinta fueran a salir de una de esas puertas.

La vivienda – que había sido la de mis abuelos - estaba en el séptimo, era pequeña, con un salón-comedor-cocina, con un retrete sin baño y tres habitaciones. En el centro del salón había un pequeño hundimiento que yo aprovechaba para tomar velocidad con el triciclo. Cómo no vivíamos allí, las visitas para mí eran una fiesta y me dedicaba a buscar y escudriñar cada rincón.

Había una habitación en especial que era mi preferida, carecía de ventanas, sólo una lastimera lámpara que se encendía con un cordón daba luz en el cuarto. Estaba llena de trastos amontonados apoyados en la pared del fondo, era un como un desván mágico. Allí encontramos un cilindro de plomo que contenía la hoja de servicios de mi bisabuelo en el ejército de Cuba, fotos centenarias de antepasados que mi padre apenas podía identificar, juguetes de hojalata de mi padre, entre ellos, un coche que él llamaba “el pájaro azul”[i].

Una vez encontré, rebuscando en la zona en donde estaban los objetos más recientes, un ejemplar de un libro, un tebeo de tapas duras con unos dibujos increíbles. Mi hermano Antonio, que tenía 12 años, dijo: ¡mamá Juan Carlos ha encontrado “el tintín”!. Al parecer lo había perdido de vista hacía tiempo y  lo había buscado por todas partes. Aquel tintín era “Objetivo: La luna”, de la Editorial Juventud, la primera edición en español[ii] de diciembre de 1958. Fue el primero que tuve en mis manos, poco a poco fuimos comprando uno a uno hasta tener toda la colección.

Como yo todavía no sabía leer, mi hermano me leyó un montón de veces aquel tintín, poniendo las voces del capitán, Tintín y del profesor que en aquella versión de 1958 no se llamaba Tornasol sino Mariposa. Y ese mismo año aprendí a leer en el colegio, combinando la cartilla del “mamá me mima” con la preparación a aquel maravilloso viaje a la Luna.

Así que yo aprendí a leer con Tintín, crecí con Tintín, leí sus álbumes cientos de veces, durante las meriendas, en la cama antes de dormirme y en lugares menos confesables como el baño. Con Tintín aprendí que había un lugar llamado Tibet, que a un amigo no se le deja en la estacada, que había que proteger al débil y que siempre había que estar del lado de la justicia. Me enrolé en el Unicornio con el capitán Hadoque, busqué el tesoro de Rackham el Rojo y lo descubrí a mi lado, dentro de un globo terráqueo en una escultura, después de viajar hasta una isla desierta cerca del fin del mundo y no encontrarlo. Con Tintín llegué a la Luna sin moverme del sofá de mi salón.

Pero lo mejor, lo auténticamente bueno, fue que con Tintín creé un vínculo indisoluble con mi hermano que siempre funcionó, incluso cuando ya éramos adultos, incluso cuando vinieron los golpes con que la vida nos obsequia para que no olvidemos del todo que esto es un valle de lágrimas.

Nos repartíamos lo papeles y la mayor parte de las veces yo era Tintín, cuando era bueno, pues Tintín sólo se puede ser cuando uno es bueno, es el ser humano perfecto. Y cuando no era bueno no era nadie, nunca he podido ser otro personaje. Antonio era Haddock la mayor parte de las veces, capaz de lo mejor y lo peor, comedor y bebedor, valiente hasta la muerte unas veces y otras asustadizo con las cosas más nimias, colérico inventor de mil insultos, creyente en paraísos terrenales, era el ser humano real.

Es por todo esto por lo que es tan importante para mi Tintín, porque forma parte de mi vida, y, siendo tan importante no me puede gustar lo que ha hecho Spielberg con su película. Spielberg ha hecho uso de tres álbumes: “El cangrejo de la pinzas de oro”, “El secreto del Unicornio” y el “Tesoro de Rackham el Rojo” para su sofrito.

Del “Cangrejo” ha tomado la historia del barco “Karadboujan”, en donde el contramaestre Allan secuestra a Tintín, pero en el orginal éste no estaba buscando un tesoro sino persiguiendo a una banda de traficantes de estupefacientes que disimulaba la droga dentro de latas de cangrejo y, cuyo jefe era Omar Ben Salaad, que no era el Sultan de Bagar de la película sino un rico comerciante del norte de Marruecos. Lo que si coincide es que en el Karadboujan Tintín y el capitán se encuentran por primera vez.

Del “Unicornio” Spielberg toma la parte principal de la trama, desaparecen los hermanos “Pájaro”[iii] – anticuarios y villanos de la historia – y convierte en gran villano a Sakharine que tiene un asombroso parecido al propio Spielberg. A este personaje - que en original de Hergé es un simple coleccionista de maquetas de barcos –lo hace nada más y nada menos que descendiente de Rackham el Rojo con unas ansias de venganza que superan las varias generaciones que hay entre ellos.

Y para terminar, coge del “Tesoro” – el tercer álbum – el episodio de la localización de las joyas y monedas de Rackham en el globo terráqueo de la estatua  de San Juan, en el castillo de Moulinsart, cambiándole totalmente el sentido. Según la película, esta parte del tesoro servirá para financiar la expedición para buscar el resto, según el original de Hergé, era el tesoro – todo el tesoro – que habían ido a buscar al sitio donde explotó el Unicornio y no lo habían encontrado. De esta manera Spielberg se asegura por un lado que si la película tiene éxito puede hacer una segunda parte y, si no lo tiene, la película tiene un final.

Sumadle a todo esto las peleas de grúas portuarias, la persecución tipo Indiana Jones y la batalla de los galeones – que en el original ya era espectacular y de una belleza gráfica irrepetible – pero que en la película de tan espectacular resulta imposible.

Por tanto Spielberg no ha hecho el Tintín de Hergé sino el Tintín de Spielberg. Lo ha matado y lo ha hecho resucitar, con otra forma, una especie de Frankenstein con mechón rubio.

Tan sólo me parecen destacables los cinco primeros minutos, que suponen un maravilloso homenaje a Hergé, me refiero a los títulos de crédito y al episodio del mercado viejo, en donde un Hergé muy conseguido hace un cameo dibujando un retrato al joven periodista.

¿Merece la pena ir a verla?, yo creo que sí. Si eres tintinólogo, para poder abominar de ella, y si no lo eres, pues hasta te puede gustar, hay que reconocer que calidad técnica no le falta.

¿Y por qué parezco tan enfadado?. A ver si consigo explicarlo fácilmente. Hergé dijo una vez “Tintín soy yo”, se refería a que estaba creado a partir de su personalidad, de sus vivencias, de la gente a la que conoció. Con ello expresaba su intención de no permitir que después de su muerte se continuaran publicando sus libros. Según él, otros miembros de su equipo como Bob de Moor o Jacques Martin, podían continuar la saga – incluso mejor que él - pero ya no sería Tintín, sería otra cosa y eso es precisamente lo que ha ocurrido con la película, que es otra cosa. De hecho, dejó inacabado el último de los libros, que se ha publicado tal y como lo dejó, como un bosquejo. Y la viuda Fanny Remi, actualmente Rodwell, y la empresa propietaria de los derechos – Moulinsart – ha perseguido cualquier intento de continuación de la obra de Hergé ante los tribunales de varios países. Pero esto parece que no va con el cine.

Lo más positivo de todo es que con la película, Tintín vuelve a estar en el candelero, se despierta de la languidez en la que estaba, sólo circunscrito al ámbito de los aficionados de toda la vida, que somos una legión pero que vamos envejeciendo. Espero que muchos chavales no se queden en la película y descubran los libros y pasen a ese universo paralelo en el que yo estoy atrapado desde un día de 1966 en el que encontré aquel libro en aquel trastero de la calle Santa Teresa de Madrid.

Juan Carlos Barajas Martínez

En recuerdo de mi hermano, Antonio Luis Barajas Martínez 1954-1997, el protector de mis días infantiles bajo la divisa de “el único que te puede pegar soy yo”. Un Capitán Haddock que terminó su singladura demasiado pronto.

Notas:


[i] El Pájaro Azul (Blue Bird) era el coche de Sir Malcolm Campbell  que batió en 1930 el récord mundial de velocidad (396 Km/h). Mi padre lo llamaba así porque se parecía mucho, pero el de mi padre era gris.
[ii] Creo recordar, hablo de memoria debería consultar mis notas, que hubo una doble edición de “El Secreto del Unicornio” y de “El Tesoro de Rackham el Rojo” en 1952, pero fue de tirada muy limitada y no tuvo mucho éxito. Fue un experimento de la Editorial Casterman. En la mayoría de la documentación sobre Tintín en español se pone este libro de 1958 como la primera edición en nuestro idioma.
[iii] Loiseau en la versión en lengua francesa


El verdadero caballero de Hadoque luchando en la cubierta del Unicornio.
 Hergé, El secreto del Unicornio, 1943
´
Cartel anunciador de la película de Spielberg



Licencia Creative Commons

Yo soy Tintín y mi hermano el capitán Haddock por Juan Carlos Barajas Martínez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en sociologiadivertida.blogspot.com.