El complicado perdón entre las naciones


 

Cuando en España se dice “meterse en un jardín”, se hace referencia al hecho de que te has buscado complicaciones sin un motivo que lo justifique, de manera alegre, desinteresada o inconsciente. Lo digo porque tengo muchos seguidores en Latinoamérica y es posible que el objeto de este escrito pueda levantar alguna que otra ampolla, es posible entonces que me esté metiendo en un jardín, pero creo que es bueno debatir civilizadamente y explicar la postura mayoritaria en este lado del Atlántico sobre el asunto controvertido de si España ha de pedir perdón a los países que una vez fueron parte de los territorios de la monarquía hispánica.

Hace bien poco, durante su toma de posesión y delante del rey de España, el presidente de Perú – Pedro Castillo – cargó contra la monarquía hispánica por el período colonial, culpándole de los males estructurales de su país. Hace unos tres años, poco después de su estreno como presidente de México, Antonio Manuel López Obrador – AMLO para los amigos -, pidió en una carta que España pidiera perdón a los indígenas mexicanos por las fechorías cometidas durante el virreinato.

Ambas cuestiones están relacionadas, el argumento es que el virreinato fue una institución opresora y España o su rey deben pedir perdón por ello, o en versiones más extremas e interesadas, que se devuelva el oro sustraído; digo extrema porque a ver quién le echa un galgo a un oro que se perdió hace tanto y que nosotros ni queremos ni podemos pagar.

Es este un tema recurrente entre parte de Iberoamérica y España, sobre todo en algunos países con fuerte presencia indígena, la cuestión surge una y otra vez. Los latinos exigen y los españoles pasan. Yo mismo, cuando he viajado por esos pagos, he recibido alguna que otra andanada sobre mi posible relación con los desmanes de antaño.

El que el virreinato fue opresor es una cuestión en la que no voy a entrar, tengo mis dudas de que los virreyes de América fueran más opresores que sus homólogos de España, pero como los colonialismos son malos por definición admitiremos que fue una institución opresora sin discutir, aunque – para no quedarme nada en el tintero - no parece que el colonialismo español fuera de los peores.

Me voy a fijar en la cuestión del perdón. El acto de perdonar tiene dos fases: la petición del perdón y la acción de perdonar. En la primera parte, alguien que ha perjudicado solicita al ofendido que suprima, o al menos remita, la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa dolosa. Y he aquí el problema, esta solicitud es libre e individual, la petición de perdón de una nación a otra por fechorías del pasado es difícil de materializar, pues hay que convertir una acción individual en colectiva.

Perdonar también es libre e individual, cada uno – según le viene en gana – puede reducir o borrar la culpa del ofensor. Que yo sepa, solo Dios quita culpas por obligación, siempre que se siga el procedimiento adecuado, que para eso Él es muy Suyo.

No creo siquiera que el rey de España tenga en sus manos la representatividad para pedir perdón, entre otras cosas porque nadie le ha elegido ni para eso, ni para ninguna otra cuestión, heredó el negocio de su padre. Pasados los tiempos en los que la soberanía era otorgada directamente por Dios, la única razón de la existencia de la monarquía es la tradición, sacralizada por una parte importante de la población española que constituye su base social.

Es más, dudo mucho que, cuando algún canciller alemán o primer ministro belga han perdido perdón a otros pueblos por terribles fechorías en tiempos históricos mucho más recientes, tuvieran la representatividad de sus ciudadanos. Estos hechos son gestos políticos, más o menos moralizantes, pero sin contenido real.

Pero si no veo muy claro cómo alguien puede tener la representatividad de pedir perdón por una nación, tampoco creo que nadie esté en condiciones de perdonar por todo un pueblo. ¿Quién admitiría las disculpas del rey? ¿López Obrador? ¿algún líder indígena?  ¿realmente las instituciones de las repúblicas iberoamericanas permiten un nivel tal de organización y autonomía a las poblaciones originarias?

Tengo que decir que a mí no me importa pedir perdón, si causo algún mal – usualmente por descuido o ignorancia – no tengo inconveniente en excusarme, pues yo he sido el responsable del perjuicio. Si piso a alguien en el metro pido perdón al instante, otra cosa, es que pida perdón al nieto de la persona a la que mi abuelo pisó en el metro en 1942, no me siento concernido por esta acción pasada, porque entonces tendría que admitir que la culpa se difunde por vía genética y que los pecados de los padres pasan a los hijos. Algo con lo que estoy en completo desacuerdo.

De todas las formas, supongamos que se pudiera pedir perdón de manera colectiva, y que algún representante de un pueblo pudiera pedir perdón a otro. Supongamos, que ya es mucho suponer, que ese representante fuera yo por voluntad divina o por el azar. ¿Pediría yo perdón en nombre de España?, pues no.

Esto no es una salida de tono de un nacionalista hiperventilado, es fruto de haberme hecho esta pregunta y de haberme contestado con una serie de argumentos que estoy dispuesto a compartir.

El primero es el argumento histórico. Y es que no se puede juzgar un período de tiempo pasado con la mentalidad actual. Es algo que a menudo dicen los historiadores, he oído incluso a alguno del prestigioso Colegio de México decirlo. En tiempos de la conquista, apenas saliendo de la Edad Media, no se había producido la ilustración, ni la revolución francesa, ni la declaración de los derechos del hombre, ni se había constituido el Tribunal de la Haya, ni existía el concepto de genocidio ni muchos otros hechos históricos que han configurado nuestra ideología actual. Quiere decirse que no había las cortapisas ideológicas actuales para evitar animaladas. En este caso no es que la ignorancia de la ley no impida su cumplimiento, es que no existía tal ley.

En consonancia con el párrafo anterior está el argumento recurrente. Si el argumento histórico no fuera válido, España – la del siglo XXI – podría pedirles cuentas a Italia, Túnez o el Líbano – todas también del siglo XXI – por los crímenes y saqueos cometidos por los romanos, cartagineses y fenicios, antes de que el buen Jesucristo naciera y pusiera el año cero en el calendario. Podríamos acabar exigiendo perdones los unos a los otros sin fin; en Europa tras siglos de guerras, tendríamos un lío importante, a lo peor volvíamos a tiempos más oscuros.

Mi tercer argumento es jurídico. Ni España existía como Estado en los siglos XV y XVI, ni México, ni Perú, ni siquiera existían los pueblos indígenas tal y como son ahora, los indígenas de entonces no son los pueblos originarios de ahora como los italianos no son romanos, han pasado 500 años. Si no existían como Estado, no se les puede pedir responsabilidades desde un punto de vista jurídico.

El siguiente argumento es el genético. Los actuales habitantes de estas repúblicas, mestizos o criollos, son descendientes de aquellos españoles que fueron a la conquista de nuevas tierras. Los españoles actuales, descienden de los españoles de entonces que se quedaron en la península Ibérica. Si fuera cierto que la culpa se hereda entre generaciones, algo que me parece absurdo, mayor responsabilidad deberían tener los latinoamericanos actuales.

Por último, está el argumento pragmático. Algunos historiadores cuentan que, con la independencia, la población indígena empeoró sus condiciones de vida, en algunas repúblicas hubo una gran represión. En cualquier caso, desde este lado del océano no se advierte, según la información que nos alcanza, una mejora en las condiciones sociales de estos pueblos. Han pasado 200 años y ya han tenido suficiente tiempo para solucionar los males estructurales que según el Sr. Castillo les dejó el virreinato. A lo mejor, mirando al pasado (y mira que me gusta la historia) hacia sociedades que ya no existen o pidiendo disculpas a la antigua potencia colonial o con gestos inútiles que no conducen a nada salvo a distraer la atención, no se solucionan los problemas estructurales. A lo mejor hay que pensar entre todos en cómo afrontar el futuro desde la igualdad y la cooperación entre los pueblos.

No obstante lo dicho en todo este artículo, si un amigo mexicano (que los tengo) me dijera que necesitaba que le pidiera perdón a él por las consecuencias de la conquista (cosa que no veo a ninguno de ellos haciendo), yo se lo pediría sin pensar en quién tiene la culpa, porque sería mi responsabilidad que se sintiera bien y porque soy dueño de pedir perdón por mí mismo y no por los demás. Sin embargo, no espero ni necesito que ningún amigo francés (que también los tengo) se disculpe conmigo, ni siquiera a Macron (este no es amigo mío) porque mira que fueron cabrones los franceses durante la guerra de la Independencia hace 200 años.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo


10 años de Sociología Divertida


 

Hace 10 años, el 18 de julio de 2011, publiqué mi primera entrada en el blog. Al releerlo siento que es de un primitivismo inocente, muy naif, si este último término puede aplicarse a un texto.

Desde entonces he recorrido un largo camino hasta los 190 artículos que llevo publicados y los más de tres millones de visitas recibidas.

En aniversarios anteriores y en la página de presentación del blog he contado mis dificultades en dar el paso de abrirme a internet, he hablado sobre lo que me llevó a publicar mis artículos y relatos, y de lo que pretendía conseguir con esta aventura.

Ahora después de 10 años, quizás ha llegado el momento de explicar qué es lo Sociología Divertida ha aportado a mi vida.

En primer lugar, diré que no me ha aportado dinero. No fue nunca mi intención. Decía Oscar Wilde que un sentimental es aquel que le da un valor absurdo a todo y no conoce el precio fijo de nada. Soy un sentimental sin duda, no soy un emprendedor como otros compañeros que montan auténticas empresas de divulgación y, poco a poco, de asesoría y consultoría. No lo critico, me parece bien, incluso en algunos casos me parece imprescindible, pues son herramientas de indudable calidad y merecen una compensación. Pero a mi Dios no me ha llevado por ese camino.

Yo soy un hidalgo castellano, un pequeño quijote, medio loco por la lectura de mis particulares novelas de caballería andante. Incapaz de obtener dinero sin un contrato laboral de por medio. Estoy completamente desfasado en este mundo líquido neoliberal para el que no fui educado. Así que sigo siendo tan rico o tan pobre – depende de con quién me compare – de lo que era cuando comencé.

Lo primero que he conseguido ha sido hacerme con un medio para comunicar mis ideas. Explicar cómo es la sociedad y por qué es así. Cuáles son las estructuras sociales, las instituciones, las estrategias, las relaciones de dominación, la estratificación, la movilidad, la interacción y demás palabras que llevan el apellido “social” detrás.

He intentado impulsar el pensamiento crítico, fomentar el uso de la cabeza antes de formarse una opinión, preguntarse qué es lo que hay detrás de cada suceso. No ser meros repetidores de eslóganes o víctimas de las posverdades. Ten en cuenta amigo lector que la mayoría de las conspiraciones no son conspiranoicas sino que se hacen delante de nuestras narices con un tratado de libre comercio o con la redacción de una ley o con las decisiones de los mercados. No digo yo que no haya un submundo clandestino y maléfico, pero el verdadero daño a la igualdad, a la democracia y a la distribución de la riqueza no se hace con microchís introducidos en una vacuna que te puede salvar la vida sino con documentos públicos.

Evidentemente esta intención mía es como remar a contracorriente pues somos unos pocos aldeanos galos contra una hegemonía cultural, mediática, dogmática y manipuladora como jamás antes ha habido en toda la historia de la humanidad.

Esto que acabo de explicar es consecuencia directa de mi intención de divulgar las ciencias sociales por estos mundos de Dios. Si divulgas la filosofía de la herramienta sociológica arrojas luz a todos estos problemas que nos plantea nuestra sociedad posindustrial.

Otra feliz consecuencia es ayudar con contenidos a profesores y alumnos de ciencias sociales. Me llegan muchas comunicaciones, de Latinoamérica sobre todo, de profesores y alumnos. A los primeros parece que les ayuda mi forma de exponer ciertos conceptos y, a los segundos, parece que esa forma de exponer los conceptos les ayuda a entenderlos. Tengo muchos correos y comentarios que me agradecen la claridad, la sencillez y el humor que uso como herramientas para llegar más fácilmente a la comprensión.

Cada vez que recibo uno de estos mensajes, muchos más de alumnos que de profesores he de admitir, tengo un subidón de muy señor mío, me da un alegrón comprobar que lo escribo es útil, le sirve a la gente. Y esto me da fuerzas para continuar, porque no es fácil mantener el listón a la altura que quieres. Investigar, buscar bibliografía, pensar en el enfoque, diseñar los gráficos y demás tareas conllevan un esfuerzo que requiere tiempo.

Tiempo que es el queda después del tiempo que dedico a mi familia y al trabajo por el que me pagan; ambas actividades tienen precedencia sobre Sociología Divertida. Es por esto, que vengo a tardar un mes – a veces dos – en escribir un artículo. Dos o tres semanas trabajando con las fuentes y una semana para la redacción.

La labor continua de 10 años me ha dado un cierto nombre - o quizás marca -. Sociología Divertida aparece como blog de consulta en múltiples programas de asignaturas en centros universitarios, la mayoría en América Latina pero incluso en alguna universidad española. Más aún, en algunos trabajos o tesis de fin de estudios se citan artículos de Sociología Divertida. También aparece en otros blogs de ciencias sociales como dirección de referencia.

Sociología Divertida también me ha abierto, al menos parcialmente, al mundo académico. Las veces que he colaborado en proyectos académicos me ha resultado una experiencia inolvidable, es normal, soy un profesor frustrado. En este sentido, quiero dar las gracias a mi buen amigo el profesor Jorge Crespo de la Facultad de Sociología, Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.

Por último, Sociología divertida me ha proporcionado un hobby para hacer mi próxima jubilación mucho más llevadera, espero que el esfuerzo que requiere mantenga mi mente joven los próximos 10 o 20 años o lo que quieran los hados y que se mantenga asimismo fuera del alcance del maldito alemán y, si finalmente algo así ocurriera, mi memoria seguirá almacenada en internet y sus futuras sucesoras per secula seculorum amen. Para esto también me sirve Sociología Divertida.

 

Juan CarlosBarajas Martínez

Autor de Sociología Divertida

 

Dedicatoria

A mi mujer y mis hijos. A esos amigos que me acompañan desde que me topé con ellos por el camino de la vida. A esos desconocidos cercanos de los cinco continentes que piensan que Sociología Divertida merece la pena y, ¿por qué no?, a todo aquel que ha entrado en el blog, el microblog o en alguna de las plataformas buscando información o divertimento o cualquiera otra cosa que anduviera buscando, la encontrara o no.

 

Más información sobre Sociología Divertida

Biografía

¿Qué es Sociología Divertida?

¿Por qué hago Sociología Divertida?  

Presentación 2011-2016




Licencia Creative Commons

El interaccionismo simbólico II: después de Mead


 


Resumen

En este segundo artículo sobre la escuela del interaccionismo simbólico se examinan los trabajos teóricos posteriores a la obra del máximo representante del movimiento, G.H. Mead, así como las propuestas metodológicas en el ámbito de la investigación social interaccionista. Por último, se estudian las críticas que diversos autores han hecho a la teoría y la praxis interaccionista.

abstract

This second article on the school of symbolic interactionism examines the theoretical works subsequent to the work of the movement's main representative, G.H. Mead, as well as the methodological proposals in the field of interactionist social research. Finally, the criticisms that various authors have made of interactionist theory and praxis are studied.

Índice

Teoría: Principios básicos

 En el artículo, “Interaccionismo simbólico I: George Herbert Mead”, de este mismo blog, se describen las ideas de este autor que dieron origen a esta escuela de pensamiento sociológico. De hecho, tengo mis dudas acerca de si Mead (1) fue el último precursor o el primer autor del interaccionismo simbólico, en cualquier caso, fue el inspirador y todos los desarrollos posteriores son extensiones de su pensamiento.

Eso sí, no todos los autores posteriores a Mead siguieron un mismo patrón. Presentaron una cierta ambigüedad que fue muy criticada y el cuerpo teórico resultante tiene una cierta resistencia a la sistematización.

 Algunos interaccionistas – sobre todo Brumer (2)-, conscientes de este defecto, abordaron la tarea de uniformizar la teoría interaccionista y enumeraron los principios teóricos básicos de la teoría, que según Ritzer (3), son los siguientes:

  1. A diferencia de los animales, los seres humanos están dotados de capacidad de pensamiento.
  2. La capacidad de pensamiento se desarrolla mediante la práctica de la interacción social.
  3. En la interacción social las personas aprenden los significados y los símbolos que les permiten ejercer su capacidad de pensamiento distintivamente humana.
  4. Los significados y los símbolos permiten a las personas actuar e interactuar de una manera distintivamente humana.
  5. Las personas son capaces de modificar o alterar los significados y los símbolos que usan en la acción y la interacción sobre la base de su interpretación de la situación.
  6. Las personas son capaces de introducir estas modificaciones y alteraciones debido, en parte, a su capacidad para interactuar consigo mismas, lo que les permite examinar los posibles cursos de acción y valorar sus ventajas y desventajas relativas para luego elegir uno.
  7. Las pautas entretejidas de acción e interacción constituyen los grupos y las sociedades


Vamos a ver en los apartados siguientes todos estos principios teóricos con un poco más de detalle.

Capacidad de pensamiento

Para los interaccionistas simbólicos, la persona no es un mero receptor de constricciones externas provenientes de una estructura social que la engloba, sino que son vistos como unidades reflexivas o interactivas que por agregación constituyen la realidad social. Y lo que capacita a las personas para actuar autónomamente es la capacidad de pensamiento.

Los interaccionistas mantienen que es más probable que las personas se comporten siguiendo su propia opinión que renuncien a esta capacidad de elección.

Siguiendo a Mead opinan que la capacidad de pensamiento reside en la mente. Pero la mente para ellos no es el cerebro fisiológico sino un proceso constante que analiza todos los estímulos externos que recibe y produce respuestas reflexivas a estos estímulos. La mente está en el centro de la teoría interaccionista, relacionada con la interacción, la socialización, los significados, los símbolos, el self y, de un modo agregado, con la sociedad.

Interacción social

La interacción social es el proceso, ya sabemos que nuestros amigos describen casi todo en términos de procesos, en el que se desarrolla y al mismo tiempo se expresa la capacidad de pensamiento. Cuando se dice que se desarrolla se esta hablando de que se configura y refina mediante el proceso de la interacción social.

Por tanto, no es de extrañar que, como la socialización representa el aprendizaje de todos los recursos y comportamientos para aprender a vivir en sociedad, sea el tipo de interacción social más importante para desarrollar la capacidad de pensamiento. Creándose durante la socialización de la primera infancia y refinándose durante la socialización adulta.

Además de la socialización, todos los procesos de interacción social ayudan a configurar la capacidad para pensar pues, durante el trascurso de una interacción, la persona debe interpretar los comportamientos de los otros actores y decidir un curso de acción determinado, lo que redunda en un aumento de la experiencia social.

Blumer distinguió entre dos formas de interacción social, aquellas que no implican necesariamente pensamiento, las denominó interacción no simbólica. Y aquellas que requieren un proceso mental son, como ya se puede suponer, las simbólicas.

Otro elemento de la interacción es el de los objetos. Los objetos según Blumer son “cosas que están ahí fuera”, en el mundo real. Hay objetos físicos (un árbol, un piano), objetos sociales (el jefe, el profesor) y objetos abstractos (una idea). Lo importante con relación a los objetos estriba en el modo en el que los actores los definen y cómo personas diferentes asignan diferentes significados al mismo objeto. Según Blumer para un botánico y para un leñador un árbol constituye un objeto diferente. Estas diferencias conllevan procesos mentales distintos y conductas diferentes ante el mismo estímulo, un árbol.

Significados y símbolos

Hemos visto la importancia de la atribución de significados y el relativismo inherente a la misma. Para Mead, los significados son causados por la interacción social y los interaccionistas simbólicos han seguido por este camino. Este enfoque, como ya vimos en el artículo anterior, deriva de la influencia de la filosofía pragmática en Mead.

 Las personas aprenden a vivir con los símbolos y los significados a lo largo de su vida mediante el proceso de interacción social al que están sometidos constantemente. Lo signos son objetos sociales a los que se responde de una manera irreflexiva, significan algo por sí mismos, un gesto agresivo, un objeto que viene directo a darte en la cabeza.

En cambio, los símbolos implican un proceso reflexivo, son objetos sociales que toman el lugar – representan – a otra cosa mediante una convención social previa. Pueden ser palabras, cosas físicas y acciones. Las palabras son caracteres o sonidos, depende de la lengua escrita o hablada, que significan algo – persona, animal o cosa -.

De esta manera, una cosa física como un cartel anunciador promociona una película, un puño cerrado, que es una acción física, puede ser símbolo de una revolución.

El mundo del lenguaje es un lugar especial pues es un todo simbólico, para los interaccionistas, las palabras hacen posibles todos los demás símbolos.

Los símbolos - y en particular el lenguaje -cumplen una serie de funciones, los interaccionistas, según Ritzer, han señalado las siguientes:

En primer lugar, los símbolos ordenan el mundo; permiten a las personas relacionarse con el mundo social y material que los usan para nombrar, clasificar y recordar los objetos que encuentran en él.

En segundo término, permiten liberar a los actores de sentirse desbordados por la gran cantidad de estímulos que reciben de su entorno. Son herramientas que incrementan la capacidad para percibir el mundo externo a la persona.

Tercero, los símbolos aumentan también la capacidad de pensamiento, por ejemplo, mediante el lenguaje.

En cuarto lugar, son herramientas que amplían la capacidad para resolver problemas, despejar incógnitas antes de tomar decisiones, valorar diversas alternativas antes de adoptar una de ellas.

Otra función, la quinta, es que los símbolos pueden ser de corta o de larga duración, pueden estar están sujetos a un espacio concreto o ser universales.

La sexta función es que permiten imaginar realidades metafísicas como el cielo o el infierno, sitios en los que nadie ha estado pero que mediatizan los comportamientos.

Por último, la séptima es la función de proactividad. Los símbolos permiten a las personas se activas, independizarse del entorno, es decir, dirigir sus acciones.

Relación entre acción e interacción

Para entender las ideas interaccionistas de acción e interacción hay que empezar por explicar la distinción que hacía Mead entre conducta encubierta y conducta descubierta.

La conducta encubierta es la parte interna del comportamiento, la constituyen los procesos mentales que conforman el pensamiento, mientras que la conducta descubierta es el comportamiento externo del actor. La mayoría de las acciones humanas se componen de ambas conductas. Los interaccionistas se interesarían sobre todo por la primera y los conductistas por la segunda.

La acción social implica a un solo individuo, está relacionada con la conducta encubierta, en ella la persona actúa teniendo en mente a los otros, al emprender la acción el actor trata de medir su influencia sobre el resto de las personas implicadas.

La interacción social implica a dos o más individuos y está relacionada con la conducta descubierta. Las personas intercambian símbolos y significados, los procesan en su mente y dan una respuesta en función de la interpretación que hacen de esos símbolos y significados. En este caso la influencia entre actores en mutua.

Capacidad de elección

Para los interaccionistas, a pesar de que reconocen que la sociedad constriñe al actor situándolo en un medio viscoso de definiciones sociales, es capaz de hacer elecciones personales y desarrollar un estilo de vida propio.

La gente no tiene por qué asumir sin más los significados y símbolos que vienen desde fuera, son capaces de crear nuevos significados y nuevas líneas de significados, de esta manera, pueden elegir entre las distintas alternativas de acción de que disponen en una situación concreta.

Desarrollos de “el self” posteriores a Mead

Como vimos en el artículo anterior, el self es un concepto original de Mead, que lo define como un proceso mental que concede a la persona la capacidad de verse a sí misma como un objeto sin perder su condición de sujeto. De alguna forma permite vernos “desde fuera”, de experimentar lo que creemos que es la visión que tiene nuestro entorno social de nosotros mismos sin abandonar la perspectiva del “yo”.

De hecho, el concepto de self es central en la teoría interaccionista. Y los interaccionistas han andado a vueltas con el mismo. Vamos a echar un vistazo a dos definiciones que amplían el concepto inicial de self de Mead: el “self especular” de Cooley y el “self concepto” de Rosenberg.

Cooley (4) definía el self especular como una imagen más o menos definida de cómo aparece el self de una persona ante los demás. De manera que con la imaginación percibimos cómo es nuestra apariencia, maneras, objetivos, actos, amigos, nuestro carácter en la mente del otro.

El self especular funciona en tres pasos, imaginamos cómo aparecemos ante los demás, tratamos de captar cómo piensan los demás acerca de la imagen que proyectamos de nosotros mismo y, por último, nuestra mente procesa la reacción imaginada de los demás y afloran los sentimientos agradables o desagradables como consecuencia de que esa reacción imaginada sea buena o mala.

En cuanto al self concepto, Rosenberg (5) lo define como el punto de vista que tiene un individuo de sí mismo. La diferencia entre el self especular y el self concepto es verdaderamente sutil. El primero es más externo y el segundo es completamente interno, pero los dos coinciden en explicar por qué los objetos externos al actor le llevan a sentir orgullo o vergüenza. Orgullo en el caso de un éxito social (comprarse un coche nuevo, presumir de salir con una chica o chico guapo) y vergüenza en el caso de un fracaso (vestir fuera de la moda o caerse de culo en la escalera de una biblioteca como me pasó a mí el aciago día que me caí en la biblioteca de la Facultad de Informática, cuestión que como podéis comprobar no he olvidado a pesar de los cuarenta años que ya han pasado).

Rosenberg divide el self concepto entre el self existente, que es nuestra imagen de cómo somos. El self deseado, que es una imagen de cómo desearíamos ser. Y el self presente, que es la manera en la que nos presentamos en una situación determinada.

Las funciones del self concepto según Rosenberg son el mantenimiento de la autoestima, es decir, el deseo de pensar bien de uno mismo. Y la autoconsistencia, lo que viene a ser el deseo de proteger el self al cambio de la imagen de uno mismo, en definitiva, el deseo de ser coherente.

Metodología: ideas de Blumer

Blumer, quizás el interaccionista más importante después de Mead, tenía la preocupación de dar un barniz metodológico al interaccionismo simbólico. Ritzer dice que sentía un gran respeto por las dificultades que plantea el estudio de la acción y la interacción en el mundo real, a menudo hablaba del carácter obstinado del mundo real. Y para llevar a cabo este trabajo, era necesario seguir un sistema, un método.

Criticaba lo que llamaba el cientifismo ciego. No estaba completamente en contra de los métodos cuantitativos pero creía que eran menos efectivos que los cualitativos. Pensaba que no se podía reducir ese mundo real del que hablaba a variables matemáticas, a estas variables les falta el proceso interpretativo que era clave para comprender lo social.

Por otro lado, tampoco era muy fan de los esquemas teóricos abstractos, no era partidario de armar una teoría primero y después forzar al mundo real a comportarse tal y como habías predicho.

Lo que él promovía en el aspecto teórico, era lo que en sus palabras denominaba “conceptos sensibilizadores”, es decir, aquellos que sugieren el objeto de estudio, dónde buscarlo y no interfieren ni desdibujan el mundo real.

Blumer, para realizar el estudio de campo, recomendaba a los sociólogos la introspección simpática que consiste en que el investigador social adopte el punto de vista del actor que está estudiando.

Esta postura le llevaba a posicionarse preferentemente fuera de los métodos de las ciencias duras, lo que para él no era un símbolo de que la sociología fuera una ciencia inmadura sino que era la respuesta inteligente a un objeto de estudio muy peculiar.

Debate entre Blumer y Kuhn

Manford Kuhn (6) – no confundir con Thomas Samuel Kuhn (7)- no estaba muy de acuerdo con este planteamiento de Blumer y mantuvo un interesante debate acerca de los métodos de estudio interaccionistas.

Al contrario que su colega, Kuhn opinaba que la sociología no era una excepción y que una aproximación científica al mundo real debía tender hacia la generalización y la formulación de leyes. Prefería el método científico, el uso de variables tradicionales y definiciones operacionales.

Para Blumer las personas tenían un fuerte componente de imprevisibilidad en su forma de actuar, Kuhn pensaba que la acción humana estaba constreñida por la sociedad por lo que podía ser determinada científicamente.

Entre los interaccionistas ha sido predominante la postura de Blumer, lo que ha dado lugar a no pocas críticas hacia esta escuela sociológica.

Críticas al interaccionismo simbólico

Las dos críticas más importantes que se hacen al interaccionismo simbólico son dos, la primera, relacionada con la psicología humana y, la segunda, la de ignorar las estructuras sociales.

Siendo un paradigma que se centra en el individuo y en su conducta se le reprocha que se ignoren factores psicológicos que podrían impulsar al actor como las emociones, necesidades, motivaciones, expectativas. Todas estas características apenas tienen referencias, los interaccionistas se centraron en los significados y los símbolos.

Por otra parte, es cierto que es un enfoque microsociológico, pero ignora a las estructuras sociales, por eso se dice que el interaccionismo simbólico es “poco sociológico”. Sin las estructuras sociales, explicando la sociedad a base de agregados de interacciones sociales de los individuos no puede describirse con un mínimo de rigor la imponente complejidad social contemporánea.

Aparte de Kuhn, otros han criticado el rechazo interaccionista a las técnicas científicas tradicionales, confundiendo el hecho de que, a pesar de que los contenidos de la conciencia no sean cualitativos, se pueden medir las conductas resultantes del proceso mental.

Se ha criticado también que los conceptos principales del interaccionismo como la mente, el self y otros son vagos, ambiguos y, por tanto, confusos. En opinión de los críticos no se puede tener una teoría y una investigación sólida basándose en conceptos básicos endebles.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

 

Notas

  1. George H. Mead (27 de febrero de 1863 - 26 de abril de 1931), filósofo pragmático, sociólogo y psicólogo social estadounidense. Teórico del primer conductismo social, también llamado interaccionismo simbólico en el ámbito de la ciencia de la comunicación. Nació en South Hadley, Massachusetts. Cursó estudios en varias universidades de Estados Unidos y Europa e impartió clases en la Universidad de Chicago desde 1894 hasta su muerte.
  2. Herbert Blumer (nacido el 7 de marzo de 1900 en St. Louis, Missouri, fallecido el 13 de abril de 1987). Sociólogo de la Escuela de Chicago influenciado por la obra de George Herbert Mead alumno del destacado comunicador Ronnie Pintado quien presidió la American Sociological Association en 1956.
  3. George Ritzer nació en 1940 en la ciudad de Nueva York, se graduó en sociología en la Escuela Superior de Ciencia del Bronx en 1958. En la actualidad es profesor de sociología de la Universidad de Maryland. Sus principales áreas de interés son la Teoría Sociológica y la Sociología del Consumo. Fue director de las secciones de Teoría Sociológica (1989-1990) y de Organizaciones y ocupaciones (1980-1981) de la Asociación Americana de Sociología.
  4. Charles Horton Cooley (Ann Arbor, Michigan, 1864 - 1929) fue un sociólogo estadounidense e hijo de Thomas M. Cooley, Juez del Tribunal Supremo de Michigan. Estudio y enseñó economía y sociología en la Universidad de Míchigan, además de ser un fundador de la American Sociological Association en 1905 y se convirtió en su octavo presidente en 1918.
  5. Marshall Rosenberg (Canton, Ohio, 6 de octubre de 1934-Albuquerque, Nuevo México, 7 de febrero de 2015)1​ fue un psicólogo estadounidense y creador de la Comunicación no violenta, un proceso de comunicación y mediación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico.
  6. Kuhn, Manford (1911-1963) Un destacado interaccionista simbólico, que desarrolló una vertiente más cuantitativa de interaccionismo y argumentó que la metodología de la Escuela de Chicago era demasiado vaga para permitir precisión científica. Kuhn y sus colegas intentaron dar definiciones operativas a conceptos como "acto social" y "el yo ". El más conocido de sus instrumentos de investigación fue el llamado Test de las Veinte Declaraciones , que pedía a las personas que enumeraran veinte respuestas a la pregunta "¿Quién soy yo?", Como base para un estudio más objetivo del yo.
  7. Thomas Samuel Kuhn (Cincinnati, 18 de julio de 1922 - Cambridge, 17 de junio de 1996) fue un físico, historiador y filósofo de la ciencia estadounidense, conocido por su contribución al cambio de orientación de la filosofía y la sociología científica en la década de 1960.

Bibliografía

Hall, Peter M.: Symbolic Interaction, Encyclopedia of Sociology, Blackwell, Londres 2010

Ritzer, George: Teoría Sociológica Moderna, Mac Graw-Hill, Madrid 2001


Licencia Creative Commons
El interaccionismo simbólico II: después de Mead por Juan Carlos Barajas Martínez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Funcionalismo IV: sociología aplicada

 

 


 

Resumen

Usualmente, los estudios sobre funcionalismo ofrecen una visión general de la teoría sociológica y ciertos elementos concretos de sociología aplicada. En este artículo se intenta ir directamente a la sociología funcionalista aplicada. Está compuesto de una serie de explicaciones funcionalistas a problemas o conceptos sociales concretos.

Abstract

Usually studies on functionalism offer a general overview of sociological theory and certain concrete elements of applied sociology. In this article an attempt is made to go directly to applied functionalist sociology. It is composed of a series of functionalist explanations of specific social problems or concepts.

Índice

 

 

Introducción

Hemos estudiado el funcionalismo en tres artículos de este mismo blog: “El funcionalismo I: Talcott Parsons”, “El funcionalismo II: Robert Merton” y, por último, “El funcionalismo III: Alexander y el neofuncionalismo”. En estas entradas hemos descrito con detalle este movimiento sociológico y hemos contado cómo Parsons (1), Merton (2) y Alexander (3) entendían las grandes preocupaciones de la teoría sociológica.

En este artículo pretendo ir por otra senda, la de la sociología aplicada, la de los problemas concretos y la soluciones que los funcionalistas dieron a estos problemas.

Es este un punto de vista poco común en la literatura sociológica. Normalmente se viaja en un mismo texto, desde la teoría a la aplicación o al revés, subordinando normalmente la sociología aplicada a la teórica. Espero que esta visión, menos común, sea de utilidad para los estudiantes de sociología en particular y para los lectores interesados en general.

El artículo admite dos lecturas, la lectura de principio a fin, que puede resultar larga para muchas personas, o bien la consulta, ya que el artículo está separado por epígrafes con referencia a asuntos sociales concretos.

Empecemos por la interacción social y ya veremos dónde acabamos.

La interacción social

Podríamos definir la interacción social como el proceso según el cual una persona actúa y reacciona en relación con otras personas. La interacción social nos permite crear y recrear la realidad que percibimos. En nuestra vida cotidiana estamos continuamente interactuando con otras personas, pero no de cualquier modo, sino según pautas sociales determinadas.

Esa interacción entre dos personas puede realizarse por múltiples medios como el lenguaje hablado, la vestimenta y la apariencia en general, los modales o el lenguaje corporal y gestual. Y múltiples contextos sociales como en casa, en el trabajo, por la calle, en una situación cara a cara o en una conversación por teléfono o en un chat de WhatsApp.

Se dice “interacción” porque el mensaje emitido por un individuo tiene algún efecto sobre otro individuo, que responde según su interpretación del mensaje. Si no hay respuesta la interacción termina. Se dice “social” porque las interacciones ocurren en contextos o situaciones sociales, esto es, contextos que ya se han definido socialmente y son conocidos por los individuos que interactúan.

Como ya sabes querido lector, el enfoque funcionalista estima que una sociedad puede entenderse metafóricamente como un organismo vivo que se compone de distintos órganos o estructuras cada uno de ellos con una función o funciones necesarias para que el organismo social pueda vivir. La sociedad es un sistema complejo cuyas partes “encajan” entre sí produciendo un equilibrio o estabilidad social. Simplificando se trata de una visión macro de una sociedad dividida en sistemas y subsistemas.

En una visión de este tipo, las aproximaciones funcionalistas a la interacción social la configuran como un sistema social más que integra un conjunto común de símbolos culturales y normas que aseguran que la gente reaccione de la misma manera a las situaciones   cotidianas. Hay que decir que no pusieron mucho interés en bajar la unidad mínima de estudio a nivel de interacción social, en el funcionalismo clásico se quedó en el par estatus-rol.

El cambio social

El cambio social es la transformación de la cultura y de las instituciones sociales, de las pautas sociales al fin y al cabo, a lo largo del tiempo.

Dado que el funcionalismo nos habla de sistemas y subsistemas sociales, el cambio social se entiende como la adaptación del sistema social de que se trate a su entorno, mediante el proceso de diferenciación y el aumento de la complejidad estructural. El cambio se explica como un epifenómeno de la constante búsqueda de equilibrio entre las distintas partes de la sociedad y su entorno.

Talcott Parsons desarrolló una teoría funcionalista de la evolución sociocultural. Para Parsons la evolución social tiene un carácter multidimensional. La diferenciación social (4) que postulara en su momento Spencer (5) es básica pero no es la única dimensión. Ésta se complementa con la adaptación al entorno o el aprendizaje acumulativo – es decir la cultura - que conduce a establecer tecnologías más eficientes y a conseguir un mayor conocimiento de nuestro mundo.

La evolución, para Parsons, actúa – cómo pensaban Comte (6), Durkheim (7) y Spencer - mediante un proceso general que provoca una serie de ciclos, pero este proceso general no afecta a todas las sociedades por igual. Algunas sociedades son más “funcionales” que otras, de manera que trabajan a favor de la evolución y otras, en cambio, debido a conflictos internos o limitaciones ambientales tienen un proceso evolutivo más lento o, simplemente, desaparecen de la historia incapaces de cambiar adecuadamente. Así las sociedades pasaban por las etapas primitiva, intermedia y moderna. Aun así, Parsons intentó evitar dar la impresión de formular una teoría unilineal de etapas diciendo que el proceso evolutivo ni es lineal ni constante.

Las instituciones sociales

Existe consenso en que una institución social es antes que nada una práctica que ha conseguido un grado amplio de aceptación social. En el sentido de que las acciones que se ajustan a esta pauta social no parecen visibles o destacables, siendo por el contrario muy visibles aquellas otras que parecen alejarse de esas pautas o transgredirlas. Cuando una determinada práctica social adquiere esa aceptación generalizada se dice que tal práctica se ha institucionalizado.

Para el funcionalismo, aparte de ser maneras de actuar y creencias con alto grado de aceptación social, las instituciones cumplen funciones que son necesarias para la propia existencia de la sociedad como tal. Talcott Parsons hablaba de un conjunto de prerrequisitos funcionales universales que resultan imprescindibles para que todo el sistema social tenga un orden persistente, dicho de un modo que todo el mundo pueda entender, son aquellas prácticas que una sociedad debe cumplir para que la sociedad pueda seguir funcionando con normalidad.

Para Parsons y sus seguidores los elementos fundamentales de la sociedad – lo que podríamos llamar “sociedad mínima” o la parte imprescindible de una colectividad para poder llamarla sociedad – se compone de cuatro sistemas que funcionan cooperativamente.

En primer lugar existe un sistema de reproducción y socialización básica de los individuos, lo que Parsons denominaba “Sistema Fiduciario”. En segundo término, toda sociedad debe contar con unas estructuras económicas que proveen de bienes y servicios, que promueven la manufactura y el comercio y dan trabajo a las personas. En tercer lugar, debe existir un sistema que proporcione y mantenga el orden, un sistema de poder, de articulación territorial y de uso legítimo de la fuerza. Y, por último, un sistema de creencias, de valores, en el que habría que incluir a la religión, lo que Parsons llamaba “Comunidad Societal”.

Para realizar cada una de estas funciones básicas de la sociedad es dónde Parsons coloca a las instituciones. Las sociedades se han dotado de un conjunto de instituciones sociales específicas para cumplirlas que estarían encuadradas en los sistemas que hemos descrito cómo la familia, las empresas, la política o las religiones.

La familia

Según el paradigma funcionalista la familia cumple cuatro objetivos básicos que la hacen ser una institución esencial para el buen funcionamiento de una sociedad.

En primer lugar, la familia cumple la función de socialización de los hijos, entendida como el aprendizaje de las herramientas básicas para ser miembros bien integrados en la sociedad. No es la única institución social implicada en esta tarea, también está el sistema educativo por ejemplo, pero la familia es esencial sobre todo en los primeros años de la vida de los individuos, aunque por supuesto, la socialización familiar continúa a lo largo de toda la vida.

En segundo término, los funcionalistas señalan la función de regulación de la actividad sexual. Todas las culturas racionalizan la sexualidad mediante sus formas matrimoniales, que como hemos dicho pueden ser muy diferentes de una sociedad a otra, a fin de mantener un cierto orden en la organización del parentesco y los derechos de propiedad. Un universal cultural relacionado con el parentesco y la sexualidad es el tabú del incesto que es una norma que evita las relaciones sexuales o el matrimonio entre parientes y que también, a pesar de su universalidad, adquiere formas diferentes.

La tercera función es la reproducción. La familia es el ámbito en el que nacen los niños y esta función es vital para que la sociedad perdure. La identidad social del individuo definida, entre otras características, por la etnia, la religión y la clase social viene fijada por el nacimiento en el ámbito de una familia determinada. La posición socioeconómica en el origen viene marcada por la familia.

Y por último, los funcionalistas dicen, que ante un mundo exterior hostil, la familia proporciona seguridad material y emocional. El individuo busca entre sus parientes cercanos protección física, apoyo emocional y asistencia económica y, en mayor o menor medida, casi todas las familias proporcionan estas ayudas, lo que no quiere decir que no existan conflictos económicos y relaciones difíciles en su seno.

De hecho, sabemos que en un país como España, en el que la familia es culturalmente muy importante, esta institución ha hecho de válvula de escape, de salvavidas, ante los rigores de la crisis económica. Muchas familias con sus miembros en paro han tenido que recurrir a los sueldos de los padres o a los abuelos y sus pensiones para poder sobrevivir y, aun sin crisis, hemos visto a los abuelos hacerse cargo de los nietos mientras los padres cumplían horarios laborales muy extensos. Podemos encontrar miles de ejemplos de esto que estamos hablando.

La desigualdad y las clases sociales

La desigualdad social es la propiedad por la cual las personas tienen acceso desigual a los recursos, los servicios y las posiciones de la estructura social que la sociedad valora. Valoración que surge de la evaluación continua de los miembros de la sociedad. Al mismo tiempo que nos interrelacionamos estamos clasificándonos mutuamente.

Para los funcionalistas no fue un tema que les preocupara especialmente. Parten de la base de que toda sociedad tiene una estructura social concreta, sin ésta no puede sobrevivir, tiene que haber estratos sociales o clases, en definitiva, un sistema de posiciones sociales más o menos igualitario, pero en todos los casos, existe un sistema de asignación de privilegios y funciones a dichas posiciones. Luego la desigualdad es funcional e inevitable y tenderá a mantenerse estable debido a la autorregulación social que permite a la sociedad adaptarse al medio en el que transita.

La conducta desviada

Paradójicamente, para el funcionalismo, la conducta desviada y el delito contribuyen a mantener el sistema social en equilibrio y a asegurar su conservación y adaptación. En esto siguieron los planteamientos de Emile Durkheim  que consideraba a la desviación como algo funcional.

De esta manera, la conducta desviada consolida los valores y las normas culturales, pues toda definición de lo que está bien o es lícito se demuestra por oposición a lo que está mal o es ilícito. Por tanto, contribuye a la clarificación de las normas morales y desarrolla un sentido colectivo de solidaridad ante la barbarie o el ultraje.

Por otra parte, lo que un buen día es una conducta desviada en el futuro puede no serlo. Las conductas desviadas obligan a pensar en cada momento dónde se colocan los límites y que grado de tolerancia admite una sociedad. Pueden ser alternativas al status quo que pueden llevar en la dirección de un cambio de las normas, lo que en definitiva en definitiva podemos calificar como cambio social.

El género y la sexualidad

Las ideas de Talcott Parsons y del funcionalismo clásico han quedado bastante atrasadas con respecto al pensamiento actual. Parsons se movía entre dos ideas: el género y la complementariedad.

Las diferencias de género, como en la mayoría de los conceptos que maneja el funcionalismo, tienen un efecto integrador de las sociedades. El género constituye un conjunto de roles complementarios uniendo a los hombres y las mujeres en familias que cumplen una serie de funciones vitales para la sociedad.

En este reparto de roles, la mujer se hace cargo de la vida familiar asumiendo las unciones de mantenimiento del hogar y el cuidado de los niños. El hombre pone a la familia en contacto con el mundo externo a través, sobre todo, de su participación en el mundo del trabajo.

Es durante el proceso de socialización cuando se enseñan estos roles, segregando aquellas cualidades – que Parsons denominaba instrumentales – que permiten el acceso al mercado laboral como la competitividad, la racionalidad y la seguridad en uno mismo; de las cualidades expresivas – terminología parsoniana – que preparan a las niñas para el cuidado familiar como la capacidad de respuesta emocional y la sensibilidad hacia los demás.

En versiones posteriores del funcionalismo como el neofuncionalismo se admite que las sociedades modernas se han dado cuenta de que el mantenimiento de los roles tradicionales de género supone un desperdicio de talento. Pero este cambio es lento porque tiene que luchar contra ideas que se encuentran muy enraizadas en la cultura.

El envejecimiento

La visión funcionalista del envejecimiento está contenida en la llamada teoría de la retirada. Según esta teoría, la sociedad mejora su funcionamiento al apartar a las personas mayores de los puestos de responsabilidad.

Según los funcionalistas para que una sociedad se mantenga estable es necesario reemplazar a los ancianos por personas jóvenes capaces de sustituirlos. La retirada se aprecia como una estrategia para el funcionamiento ordenado de la sociedad. Esta estrategia es hace más necesaria en una sociedad moderna, en cambio continuo, porque los trabajadores jóvenes cuentan con una formación más apropiada.

Esta teoría es muy criticada porque no tiene en cuenta alguna que otra cosilla de importancia. Por ejemplo, el coste de perder la experiencia de los mayores, el ostracismo económico al que se lleva a los jubilados, los costes psicológicos que produce el retiro de las personas, la pérdida de estatus y prestigio social o los deseos de aquellos que no quieren retirarse.

La salud

Talcott Parsons, definió la sanidad como el mecanismo por el que un sistema social mantiene a sus miembros sanos. La enfermedad es disfuncional y va en contra de los objetivos de la sociedad.

Parsons habla del rol del enfermo, el lector recordará que un rol social es una pauta de comportamiento socialmente aceptada, pues bien, con este comportamiento específico la sociedad entiende que es la conducta adecuada en alguien que está enfermo y lo acepta como tal.

Este rol presenta ciertas características. En primer lugar, la enfermedad supone una interrupción de las responsabilidades cotidianas. Pero para poder ejercer esta conducta, el paciente necesita de una acreditación médica. En nuestras sociedades es el médico el que otorga el rol de enfermo.

En segundo término, la enfermedad de un individuo no es deliberada, por lo tanto, no debe ser castigado por padecerla. Las conductas individuales que conducen a perder la salud son mal vistas socialmente.

En tercer lugar, un enfermo ha de querer recuperarse. La sociedad está dispuesta a ayudar pues la salud es una función social pero el paciente debe poner de su parte, debe hacer caso al médico y seguir el tratamiento. Obstinarse en seguir los malos hábitos o no seguir el tratamiento también despierta la censura del entorno social del paciente.

Por último, una persona enferma debe recibir ayuda de personal cualificado, no están bien vistos los tratamientos heterodoxos de personas que no pertenecen al estamento médico. Y esto nos lleva al segundo rol social que identifica Parsons: el rol del médico.

El papel del médico se centra se centra en diagnosticar la enfermedad y sanar a los pacientes para que vuelvan a su actividad cotidiana. El cumplimiento de esta función se basa en un conocimiento especializado debidamente justificado.

En la relación entre médico y paciente se produce una dependencia, el primero debe proporcionar información al enfermo y éste debe seguir al pie de la letra sus indicaciones. Esta relación de dependencia acaba siendo jerárquica, se deben cumplir las órdenes del médico, aunque existen diferencias de grado entre sociedades distintas.

Los medios de comunicación

Los funcionalistas consideran a los medios de comunicación como una parte del sistema social que sirve para integrar la sociedad ya que aportan información, educación y entretenimiento.

Entre las funciones de mayor relevancia que ofrecen los medios de comunicación está, en primer lugar, la función de vigilancia. Los medios de comunicación proporcionan información sobre qué es lo que ocurre en el ámbito local, nacional y global. De manera que  pueden avisar de los peligros cercanos desde catástrofes meteorológicas a guerras o delincuencia. La otra cara de la moneda es que pueden ser disfuncionales si provocan alarmas innecesarias.

En segundo lugar, está la función de adjudicación de estatus por la cual las personas que aparecen en los medios se hacen conocidas lo que automáticamente influye en su estatus social.

La tercera función es la presión para la aplicación de normas sociales. El anuncio público de normas sirve para reducir la diferencia entre la actitud privada y la moralidad pública.

En cuarto lugar, los medios sirven para transmitir la cultura. Son agentes de la socialización. Los documentales al público adulto y los programas educativos para los más jóvenes son ejemplos de cómo los medios pueden servir para difundir contenidos culturales o educativos.

Por último, algo que más que una función es una disfunción, el poder narcotizante de los medios que puede conducir a la superficialidad, la frivolidad y al agilipollamiento masivo.

El medio ambiente

El análisis funcionalista siempre hace hincapié en los valores y creencias para el buen funcionamiento del sistema social. De esta manera, la situación del medio ambiente depende básicamente de la actitud de las personas hacia el mundo natural.

Se ha estado manejando, desde el principio de era industrial, el concepto de explotación de la naturaleza como fuente de la comodidad, la felicidad y la realización personal fomentando un consumo ostentoso como medida de la posición social. Esto ha influido en la producción masiva, por ejemplo, en el uso y adquisición de los vehículos privados como medidor de estatus. Esto afecta de forma interdimensional en la vida social, abarcando múltiples sectores y extendiéndose a casi todos los países del mundo.

Los funcionalistas consideran que debido a esta multiplicidad de formas en el que el consumo consume los recursos naturales no es razonable esperar que se frene fácilmente la destrucción de los recursos terrestres.

Pero el funcionalismo es optimista respecto a las posibilidades de que las sociedades respondan de forma constructiva a los desafíos medioambientales. Destacan los pasos que se han dado en los países desarrollados, la concienciación de las personas, el empleo de nuevas tecnologías más ecológicas y el surgimiento de empresas que consiguen beneficios limpiando el entorno físico. En última instancia, dado que las personas tienen que respirar, beber y comer, en una palabra, vivir con la naturaleza se realizarán todos los esfuerzos necesarios para solucionar todos los problemas ecológicos que han surgido y surgirán en el futuro.

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

 

Notas:

  1. Talcott Parsons (13 de diciembre de 1902 – 8 de mayo de 1979) fue un sociólogo estadounidense. Cursó estudios en el Amherst College, el London School of Economics y la Universidad de Heidelberg (Alemania). Dio clases de sociología en la Universidad Harvard de 1927 hasta 1974 como director del Departamento de Sociología de dicha universidad (1944). Más tarde fue nombrado presidente del nuevo Departamento de Relaciones Sociales 1946 y posteriormente presidente de la American Sociological Association en 1949. Es uno de los mayores exponentes del funcionalismo estructural en Sociología. Dicha teoría social sostiene que las sociedades tienden hacia la autorregulación, así como a la interconexión de sus diversos elementos (valores, metas, funciones, etc.). La autosuficiencia de una sociedad está determinada por necesidades básicas, entre las que se incluían la preservación del orden social, el abastecimiento de bienes y servicios, la educación como socialización y la protección de la infancia.
  2. Robert Merton, nacido Meyer Robert Schkolnick (Filadelfia, 4 de julio de 1910 - Nueva York, 23 de febrero de 2003) fue un sociólogo estadounidense. Es padre del Premio Nobel de Economía Robert C. Merton. Padre de la teoría de las funciones manifiestas y latentes, y autor de obras como El análisis estructural en la Sociología (1975), Merton es uno de los clásicos de la escuela estadounidense de esta disciplina. También fue importante su labor en el campo de la sociología de la Ciencia.
  3. Jeffrey C. Alexander es un destacado pensador y profesor norteamericano que ha contribuido notablemente en la sociología contemporánea, particularmente en la sociología cultural.​ También es considerado como una referencia necesaria del "neofuncionalismo" en sociología.
  4. La diferenciación social se refiere a un proceso mediante el cual grupos de actividades realizadas por una única institución social con el tiempo pasan a ser realizadas por varias instituciones diferentes, lo que supone una especialización creciente de los diferentes elementos de una sociedad.
  5. Herbert Spencer (Derby, Inglaterra, 1820-Brighton, Inglaterra, 1903) fue un naturalista, filósofo, psicólogo, antropólogo y sociólogo inglés. Fue uno de los más ilustres positivistas de su país. Ingeniero civil y de formación autodidacta, se interesó tanto por la ciencia como por las letras. Ver en este mismo blog: “De cuando la sociología daba sus primeros pasos III: Reino Unido e Italia”.
  6. Auguste Comte, cuyo nombre completo Isidore Marie Auguste François Xavier Comte (Montpellier, Francia, 19 de enero de 1798-París, 5 de septiembre de 1857), es considerado el creador del positivismo y de la sociología, aunque hay sociólogos que solo le atribuyen haberle puesto el nombre. Mirad "De cuando la sociología daba sus primeros pasos".
  7. Émile Durkheim (Épinal, Francia, 15 de abril de 1858 – París, 15 de noviembre de 1917) fue un sociólogo francés. Estableció formalmente la disciplina académica y, junto con Karl Marx y Max Weber, es considerado uno de los padres fundadores de dicha ciencia. Ver “De cuando la sociología daba sus primeros pasos” en este mismo blog.

 

Bibliografía:

Ritzer, George: Teorúa Sociológico Moderna, Mac Graw-Hill, Madrid 2001

Varios autores, Ritzer, George (coordinador): The Blackwell Encyclopaedia of Sociology. Blackwell Publishing. Oxford 2007

Macionis, John; Plummer, Ken: Sociología, Prentice-Hall, Madrid 2006

Giddens, Anthony: Sociología, Alianza Editorial, Madrid 2000

Stompzca, Piotr: Sociología del Cambio Social, Alianza Editorial, Madrid 1995

Kerbo, Harold R.: Estratificación Social y Desigualdad, Pearson-Prentice Hall, Madrid 2005

 


Licencia Creative Commons

El interaccionismo simbólico I: George Herbert Mead

 

 




Resumen

Este artículo es un sobrevuelo a las ideas de George Herbert Mead que dieron a luz al interaccionismo simbólico, uno de los movimientos sociológicos más importantes del siglo XX y el primero que fijó el foco en el individuo y su entorno social directo, inaugurando el desarrollo de la microsociología. Dado que alguno de los conceptos psicológicos, filosóficos y sociológicos que se manejan no son ni mucho menos triviales, se ha hecho un especial esfuerzo en clarificarlos, espero que sin perder rigor en el empeño.

Abstract

This article is an overview of George Herbert Mead's ideas that gave birth to symbolic interactionism, one of the most important sociological movements of the twentieth century and the first to focus on the individual and his direct social environment, inaugurating the development of microsociology. Given that some of the psychological, philosophical and sociological concepts involved are far from trivial, a special effort has been made to clarify them, hopefully without losing rigor in the endeavor.

 

Índice:

  • Introducción al Interaccionismo simbólico
  • Fuentes de Mead
  • Preponderancia de lo social en el pensamiento de Mead
  • El acto
  • El gesto
  • Símbolos significantes
  • La mente
  • El self


Introducción al Interaccionismo simbólico

Con el interaccionismo simbólico, por primera vez en la historia de la sociología, se cambia el foco. Hasta este momento los autores intentaban explicar la sociedad de una manera completa, dejando al individuo desamparado sin explicación sociológica de su función social o pasando de puntillas por ella. El interaccionismo en cambio, parte del individuo para llegar a la sociedad como agregado de las conciencias individuales de las personas. Por tanto, si parte del individuo debe acercarse necesariamente a la psicología, es esta una de sus características.

Una curiosidad inherente al interaccionismo simbólico es que es un movimiento exclusivamente norteamericano, todos los autores importantes tienen esa nacionalidad.

El interaccionismo simbólico presenta una perspectiva muy amplia. El núcleo inicial con el Mead (1), Cooley (2) y Thomas (3), que casi podríamos llamar como “preinteraccionistas”, pues el movimiento se inició a partir de ellos - sobre todo de las teorías de Mead - y no estoy seguro de que se les pueda meter en el saco interaccionista. Herbert Brummer (4) representa el interaccionismo simbólico tradicional. Erwing Goffman (5) desarrolló el enfoque dramatúrgico y Manford Khun (6) representa el enfoque científico del interaccionismo simbólico. También hay que destacar la notable influencia que tuvo sobre otras escuelas sociológicas como la fenomenología y la etnometodología.

Decíamos que las ideas John Herbert Mead fueron las que originaron el movimiento. Mead fue profesor de filosofía – sí, no de sociología – en la Universidad de Chicago entre 1894 y 1931. Si era de profesor de filosofía, ¿cómo acabó fundándose una escuela de pensamiento sociológico a partir de él?

Pues fue al estilo socrático, él daba sus clases y los alumnos tomaban apuntes, pero el profesor Mead no publicaba nada, su sistema era la transmisión oral, fueron los apuntes de los alumnos los que dejaron testimonio de sus ideas.

Al parecer, eran tan buenas y amenas sus clases que llenaba su aula de mucho público. La voz de que se impartían unas clases extraordinarias de filosofía social se corrió entre los estudiantes de doctorado de sociología de Chicago y, en ese simple acto, se produjo la transmisión del pensamiento entre las dos disciplinas.

Fue Herbert Blummer el que acuñó el término de interaccionismo simbólico, para expresar su “lectura” del pensamiento de Mead. Blummer lo resumió en tres premisas. En primer lugar, las personas actúan sobre la base de los significados de las cosas. En segundo término, los significados se transmiten y modifican mediante un proceso interpretativo y, por último, los significados surgen en la interacción entre las personas.

En este primer artículo sobre el interaccionismo simbólico nos vamos a centrar precisamente en el pensamiento de Mead.

Fuentes de Mead

Para explicar lo que pensaba Mead es necesario situarse en las fuentes que influyeron en su pensamiento. Fueron básicamente tres: el pragmatismo, el conductismo y las ideas del filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel (7).

El pragmatismo es una doctrina filosófica que afirma que la realidad no existe fuera del mundo real. Éste se crea activamente en la medida en que los actores actúan dentro del mundo. Para los pragmáticos el conocimiento se basa en todo aquello que se ha demostrado como útil, por lo que se abandona todo aquello que no funciona de partida o que ya no funciona aunque resultara útil en el pasado, es algo así como el refrán castellano de “si funciona no lo menees”.

Las personas, siguiendo estos razonamientos, definen los objetos físicos y sociales que les rodean de acuerdo con la utilidad práctica que tienen para ellas, de esta forma, para entenderles se debe uno concentrar en lo que efectivamente hacen en el mundo, no en lo que predican, y aquí me viene a la cabeza otro dicho, esta vez sobre los curas: “haz lo que dicen, no lo que hacen”.

El conductismo también llevó a Mead por la senda del realismo y del empirismo. A los conductistas les preocupan las conductas observables de los individuos. Se centran en el proceso que empieza por un estímulo que llega al sujeto y en la respuesta que éste ofrece a ese estímulo. De esta manera analizan la conducta del individuo.

¿Y entre medias?, ¿hay algo entre estímulo y respuesta?, ¿algún tipo de proceso? Pues si lo hay no es algo que haya preocupado mucho a los conductistas, no han dado mucha importancia a los procesos que pudieran darse dentro de la mente entre el estímulo y la respuesta. A mis 61 años ya no tengo puestas las esperanzas en la especie humana, he tirado mucho de pensamiento utópico y me queda más bien poco, pero el conductismo me parece un poco reduccionista.  Esto del estímulo-respuesta puede que sea muy válido para un ratón de laboratorio, pero se me queda corto para las personas. A Mead también debía de parecerle corto pues partiendo del conductismo se dedicó al estudio de los procesos mentales.

La tercera influencia es la del gran sociólogo alemán Georg Simmel que fue el primero en fijarse en la interacción social, es decir, el proceso según el cual una persona actúa y reacciona en relación a otras personas. Esa interacción entre dos personas puede realizarse por múltiples medios como el lenguaje hablado, la vestimenta y la apariencia en general, los modales o el lenguaje corporal y gestual. Y en múltiples contextos sociales como en casa, en el trabajo, por la calle, en una situación cara a cara o en una conversación por teléfono o en un chat de WhatsApp.

Preponderancia de lo social en el pensamiento de Mead

Como punto de partida, me parece interesante señalar que para Mead la sociedad precede a la mente individual. Expresa la naturaleza social del ser humano como la imposibilidad de la persona de ser consciente y pensante sin un grupo social que le preceda.

El acto

El acto es para Mead el elemento más básico de su teoría, algo así como el átomo que la conforma. Como hemos comentado antes, creía que entre el estímulo y la respuesta hay algo intermedio, que el estímulo no provocaba una respuesta automática del actor humano. Definía al estímulo como una oportunidad para actuar, no como un mandato o una compulsión.

Mead decía que el acto, esa unidad de acción del actor, tenía cinco fases. En primer lugar, el impulso, que definía como un estímulo sensorial inmediato. El ejemplo que ponía era el hambre. En mi caso, Mead tenía la guerra perdida con los conductistas, pues yo cuando tengo hambre como, con unas consecuencias nefastas para mi volumen y peso; pero hay humanos más responsables que yo, que pueden contener su hambre y esperar a comer en un momento más propicio.

La segunda fase es la percepción. El actor humano percibe el estímulo y busca entre sus imágenes mentales cuales pueden representar la respuesta más adecuada.

La tercera es la fase de la manipulación. Tras la recepción del estímulo y la percepción del objeto que representa, llega la manipulación del mismo, es decir, qué acciones emprende la persona con el objeto. Mead contemplaba esta fase como una pausa temporal, un retardo. El ejemplo que ponía era una persona en el bosque ante una seta, por mucha hambre que tenga, no se la come inmediatamente, sino que la ojea intentando vislumbrar si es venenosa o no. Aquí tengo que decir que yo no me comería la seta, mi compulsión estímulo-respuesta en cuanto a la comida, se reduce al ámbito de mi nevera, lo que deja claro lo que destacaba Mead que es la importancia del entorno en la toma de la decisión.

Cuando te comes o no la seta es la última fase del acto, la consumación, que es la respuesta efectiva al estímulo original.

Aunque el hecho de describir el acto en fases da la impresión de que existe una secuencialidad entre ellas, Mead afirmaba que había una relación dialéctica y no necesariamente una secuencia, dicho de otro modo, en algunos casos se da una relación lineal y consecutiva entre las fases, pero lo más normal es que aspectos concretos de cada fase estén presentes hasta la consumación del acto.

El gesto

Mientras el acto es individual, el acto social implica la interacción de dos o más personas. En este sentido el gesto es mecanismo básico del acto social y del proceso social. La comunicación entre personas está basada en el gesto.

El gesto está presente también en los animales, pero provoca una respuesta inmediata al estímulo que representa el propio gesto. El ejemplo que pone Mead para ilustrar esto es el ladrido de un perro, lo que provoca inmediatamente la contestación de otro perro, no hay proceso mental entre medias. Este tipo de comunicación también se da en las personas, Mead pone el ejemplo de un combate de boxeo en el que si a un púgil le dan una torta bien dada responderá – siempre que no le noqueen – con otro golpe, y ahí no hay reflexión que valga. A estos gestos que provocan respuesta inmediatas Mead las llamó gestos no significantes.

Evidentemente, los gestos que provocan un proceso mental previo a la respuesta son los gestos significantes, y son propios de las personas.

También Mead distingue entre gestos vocales y gestos físicos, en los primeros se emite un sonido y en los físicos se realiza alguna acción con el cuerpo. Ambos tipos pueden ser significantes o no significantes. Por ejemplo, un ladrido es un gesto vocal no significante, la lectura de un poema es un gesto vocal significante, yo aún diría más, es muy significante, todas las formas del lenguaje lo son.

Símbolos significantes

Bueno, vamos a dar un paso más. Un símbolo significante es a su vez un gesto significante, pero con una particularidad, el emisor y el receptor comparten el significado que hay detrás del gesto y el emisor se permite el lujo de prever la respuesta del receptor. Esto muy humano y no sólo esto, puede ser grupal. El símbolo puede ser manejado en función de la cultura de un grupo, de manera que un tercero no perteneciente a la misma cultura puede no enterarse de la comunicación.

El pensamiento humano para Mead sólo puede realizarse mediante símbolos significantes. El más importante es el lenguaje que nos sirve para comunicarnos con los demás, pero también con nosotros mismos. Para Mead el pensamiento es una conversación con uno mismo. En mi caso esta definición casa perfectamente, tengo un narrador interior, pero no sé si casa con todo el mundo, al parecer hay personas que carecen de ese narrador y piensan de otra manera más lejana del lenguaje y más próxima a la imagen mental.

Los símbolos significantes hacen posible la interacción simbólica lo que facilita el desarrollo de pautas y formas de interacción mucho más complejas de organización social que las que permitirían los gestos.

La mente

Para entender la teoría de la mente de Mead hay que empezar por entender la idea de proceso mental. Para mí, que soy ingeniero en informática, me es muy fácil comparar la idea del proceso mental con la idea de un proceso corriendo en la CPU de un ordenador.

En un ordenador, esta es una clasificación de brocha gorda, corren dos tipos de programas, las aplicaciones y los procesos. Las primeras interactúan con el usuario, de alguna manera deben proyectar resultados al exterior, en cambio, el proceso es interno, es necesario para el funcionamiento de la máquina, pero no provee de información a los usuarios. Pues trasladando el símil del ordenador a la mente podemos hacernos una idea de lo que quería expresar Mead.

Mead solía pensar en términos de procesos más que de estructuras o contenidos, de hecho, se le ha llamado con frecuencia el “filósofo de los procesos”.

Mead también analiza la mente desde una perspectiva más pragmática. Es decir, la mente está implicada en los procesos orientados hacia la resolución de problemas. El mundo real plantea problemas y la función de la mente es intentar solucionarlos, y permitir a las personas que se comporten con eficacia en el mundo.

La inteligencia es uno de esos procesos que residen en la mente, Mead la define como la adaptación mutua de los actos de los organismos. Dicho de este modo los animales tienen inteligencia, en definitiva, inteligencia irracional en la terminología de Mead. Bueno los animales y las personas, que también pueden actuar dentro de este nivel de inteligencia, de hecho, yo conozco a más de uno que apenas abandona este estado de falta de consciencia.

Pero aparte de trabajar en este nivel irracional de la inteligencia, los humanos también podemos usar la inteligencia reflexiva, es decir, la capacidad de adaptación mutua mediante el empleo de símbolos significantes. De esta manera, con este tipo de inteligencia somos capaces de inhibir temporalmente nuestras acciones en la búsqueda de una respuesta adecuada a un estímulo.

Para ello, para retrasar respuestas automáticas, la inteligencia reflexiva tiene tres componentes: organización, prueba implícita y solución final.

La organización es la capacidad de ordenar las posibles respuestas a un estímulo. La prueba implícita presupone la capacidad de elegir mentalmente, mediante una conversación con uno mismo, entre las distintas opciones de respuesta de que se dispone y, por último la selección final, cuando se produce la elección de una de las alternativas examinadas.

Otro de los procesos mentales que analiza Mead es la conciencia. Para Mead la conciencia tiene dos caras, dos capacidades. En primer lugar, es el repositorio de todo aquello a lo que sólo el actor tiene acceso y, en segundo término, como herramienta de trabajo para aplicar la inteligencia reflexiva.

Tradicionalmente se ha colocado a la conciencia en nuestro cerebro, aunque creo que en la antigüedad se colocaba en el corazón. Mead presenta cierta resistencia a colocar los procesos mentales en el cerebro, sino que tiene la tendencia a identificarlos como procesos sociales. Para Mead la conciencia debe analizarse como un fenómeno social. Algo que reside en el mundo objetivo mientras lo que reside en el cerebro es el proceso fisiológico. ¿Cómo algo subjetivo puede encontrarse en el mundo objetivo? Creo que cuando analicemos el concepto de self quedará más claro esta influencia social en la conciencia.

Así que, el concepto de Mead sobre la mente es que es un proceso, que se define como una conversación interna con nosotros mismos, que no se encuentra en el cerebro sino que es un fenómeno social que se desarrolla en sociedad mediante la experiencia. Y la sociedad no es producto de la mente, más bien justo lo contrario, es anterior a la mente. No hay mente sin sociedad.

El mundo real es un generador de problemas y la función de la mente es resolverlos o, al menos, intentarlo. Es la reacción al otro es, en última instancia, la reacción a la comunidad como un todo.




La interacción simbólica

El Self

El self es un concepto original y muy importante en la teoría de la mente de Mead. Como las otras ideas que hemos visto ya, se trata de un proceso mental que concede a la persona la capacidad de verse a sí misma como un objeto sin perder su condición de sujeto. De alguna forma nos permite vernos “desde fuera”, de experimentar lo que creemos que es la visión que tiene nuestro entorno social de nosotros mismos sin abandonar la perspectiva del “yo”.

La forma de ser sujeto y objeto al mismo tiempo se consigue en base a la reflexión o la capacidad de las personas a examinarse a sí mismas de igual manera que los otros les analizan a ella.

También, como en los casos anteriores, el self es un proceso social, de hecho, no se nace con él puesto, sino que aparece con el desarrollo de la mente y, por supuesto, Mead no lo sitúa en el cerebro, sino en el mundo de las relaciones sociales.

El self mantiene una relación dialéctica con la mente y es inseparable de ésta. Por un lado, el self nace con el desarrollo de la mente y la mente no se puede desarrollar sin el self y su proceso reflexivo. Este desarrollo se produce en dos etapas: la etapa del juego y la etapa del deporte.

En la etapa del juego, el niño adopta otros roles, juegan a ser indios y vaqueros o papás y mamás, de esta manera, el niño aprende a convertirse en objeto (“el mi”)  y sujeto (“el yo”) y comienza desarrollar su self. Aunque se trata de un self limitado pues sólo es capaz de ponerse en lugar de otros de forma limitada y en funciones y caracteres muy tasados.

En la etapa del deporte, sobre todo en los deportes de equipo, se lleva a término el desarrollo del self pues el niño tiene que ponerse en el lugar de todos los que forman parte de la interacción, tanto del equipo propio como del contrario. Tiene que saber qué harán todos los demás a fin de poder seguir con su propio juego. En esta etapa se empiezan a manifestar el concepto de organización y a perfilarse la personalidad. Aquí se presenta el origen del otro generalizado, que es un concepto que veremos un poco más adelante.

El caso es que una vez desarrollado el repositorio de experiencias sociales que implica el self, la persona está en condiciones de participar socialmente, adaptarse a las reglas y normas sociales e influir en las relaciones sociales. El self hace que las personas sean más eficientes socialmente, ya que a su través, las personas suelen hacer lo que se espera de ellas en un escenario determinado.

Bien, después de lo visto hasta ahora, hay muy poca individualidad en el self pero Mead resuelve este problema diciendo que el self de cada persona es diferente al de los demás. Los selfs comparten la misma estructura, pero la biografía de cada cual es diferente, ha nacido en el seno de familias distintas y ha recibido educaciones distintas, pero sobre todo, ha vivido experiencias diferentes.

Esos diferentes caminos vitales nos llevan directamente al concepto del otro generalizado, que representa una medida de la actitud del conjunto de la comunidad. Y ese otro generalizado es diferente para cada persona precisamente por las distintas experiencias vividas en las relaciones sociales de cada cual.

El esquema del self se completa con lo que Mead denomina fases o aspectos del self: el “yo” y el “mí”, que son procesos que se desarrollan dentro del proceso general del self.

El “yo” es la respuesta inmediata al otro, es el aspecto imprevisible de la personalidad, su parte creativa. No somos conscientes del “yo” hasta que ha actuado. Es la parte de nosotros que nos sorprende cuando reaccionamos sin controlar la respuesta y nos decimos “si yo no soy así”.

El “mí” es el conjunto de actitudes de los demás que uno asume, es la adopción del otro generalizado. La sociedad controla a la persona a través del “mí” cuando se impone al “yo”. En cierta forma, hay una lucha o oposición entre el “yo” y el “mí”, o lo que es lo mismo, entre el control social y la personalidad.


La sociedad

La sociedad tiene una importancia central para Mead, sin embargo, de manera paradójica no se explayó en una explicación general de la misma.

Para Mead la sociedad es un proceso social que es previa a la mente y al self, representa el conjunto organizado de respuestas que adopta el individuo cuando actúa el “mí”. En este sentido, las personas llevan a la sociedad a cuestas controlando sus acciones mediante la autocrítica.

Pero a poco más llega la teoría de Mead acerca de la sociedad, se centra en el enfoque microsociológico, describió como nadie hasta entonces la interacción social entre el individuo y el grupo social próximo, pero se le echa en falta un análisis general de la sociedad como el que, antes de él, realizaron Weber (8) o Durkheim (9) entre otros autores.

Dos son los puntos en los que Mead invadió el terreno teórico Macrosociológico: la familia como unidad fundamental en el seno de la sociedad y como base de unidades sociales mayores como el clan o el Estado; y las instituciones como formas organizadas de la actividad grupal o social.

Respecto a las instituciones la idea de Mead es que representan una respuesta común de la comunidad hacia el individuo en determinadas circunstancias. Al repetirse la respuesta se forma una institución. Y a partir de ese momento las instituciones acompañan al individuo y le constriñen, restringiendo sus posibles respuestas a los estímulos. El mecanismo por el que los hábitos comunes de la comunidad se internalizan en el individuo es la educación.

Eso sí, Mead pone límites. Las instituciones no destruyen la individualidad o la creatividad a pesar de que existen algunas que son opresivas, estereotipadas y ultraconservadoras como, el ejemplo es de él, la iglesia.

 

Juan Carlos Barajas Martínez

Sociólogo

 

Notas

  1. George H. Mead (27 de febrero de 1863 - 26 de abril de 1931), filósofo pragmático, sociólogo y psicólogo social estadounidense. Teórico del primer conductismo social, también llamado interaccionismo simbólico en el ámbito de la ciencia de la comunicación. Nació en South Hadley, Massachusetts. Cursó estudios en varias universidades de Estados Unidos y Europa e impartió clases en la Universidad de Chicago desde 1894 hasta su muerte. Con influencias de la teoría evolutiva y la naturaleza social de la experiencia y de la conducta, recalcó la emersión del yo y de la mente dentro del orden social y en el marco del simbolismo lingüístico que usan las personas para comunicarse (interaccionismo simbólico). A partir de la crítica al conductismo de J. B. Watson denominó su propia corriente como conductismo social. Pensaba que el yo surge por un proceso social en el que el organismo se cohíbe. Esta timidez es el resultado de la interacción del organismo con su ambiente, incluyendo la comunicación con otros organismos.
  2. Charles Horton Cooley (Ann Arbor, Michigan, 1864 - 1929) fue un sociólogo estadounidense e hijo de Thomas M. Cooley, Juez del Tribunal Supremo de Michigan. Estudio y enseñó economía y sociología en la Universidad de Míchigan, además de ser un fundador de la American Sociological Association en 1905 y se convirtió en su octavo presidente en 1918.
  3. William I. Thomas (n. 13 de agosto de 1863, Russell County, Virginia - m. 5 de diciembre de 1947, lugar), sociólogo estadounidense. Conocido principalmente por su Teorema de Thomas clave en la sociología del conocimiento: "Si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias". Es uno de los fundadores junto con George Herbert Mead del Interaccionismo simbólico.
  4. Herbert Blumer (nacido el 7 de marzo de 1900 en St. Louis, Missouri, fallecido el 13 de abril de 1987). Sociólogo de la Escuela de Chicago influenciado por la obra de George Herbert Mead alumno del destacado comunicador Ronnie Pintado quien presidió la American Sociological Association en 1956.
  5. Erving Goffman (11 de junio de 1922, Mannville, Alberta, Canadá - 19 de noviembre de 1982, Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos) fue un sociólogo y escritor considerado como el padre de la microsociología. Estudió las unidades mínimas de interacción entre las personas centrándose siempre en grupos reducidos. Khun
  6. Georg Simmel (Berlín, 1 de marzo de 1858 – Estrasburgo, 28 de septiembre de 1918) fue un filósofo y sociólogo alemán. Simmel formó parte de la primera generación de sociólogos alemanes: su enfoque neo-kantiano sentó las bases para antipositivismo sociológico, a través de su pregunta "¿Qué es la sociedad?" en una alusión directa a la pregunta de Kant "¿Qué es la naturaleza?", y la presentación de análisis pioneros sobre la individualidad y fragmentación social. Para Simmel, la cultura se refería a "la cultivación de los individuos a través de la acción de las formas externas que han sido objetivadas en el curso de la historia". Simmel analiza los fenómenos sociales y culturales en términos de "formas" y "contenido" con una relación transitoria; desde el contenido, y viceversa, en función del contexto. En este sentido, fue un precursor del estilo estructuralista de razonamiento en las ciencias sociales. Con su trabajo en Metrópolis, Simmel se convirtió en precursor de la sociología urbana, el interaccionismo simbólico y análisis de redes sociales.
  7. Maximilian Carl Emil Weber (Erfurt, 21 de abril de 1864-Múnich, 14 de junio de 1920) fue un filósofo, economista, jurista, historiador, politólogo y sociólogo alemán, considerado uno de los fundadores del estudio moderno de la sociología y la administración pública, con un marcado sentido antipositivista.
  8. Émile Durkheim (Épinal, Francia, 15 de abril de 1858 – París, 15 de noviembre de 1917) fue un sociólogo francés. Estableció formalmente la disciplina académica y, junto con Karl Marx y Max Weber, es considerado uno de los padres fundadores de dicha ciencia. Ver “De cuando la sociología daba sus primeros pasos” en este mismo blog.

 

Bibliografía

Hall, Peter M.: Symbolic Interaction, Encyclopedia of Sociology, Blackwell, Londres 2010

Ritzer, George: Teoría Sociológica Moderna, Mac Graw-Hill, Madrid 2001

 

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El Interaccionismo simbólico I: George Herbert Mead por Juan Carlos Barajas Martínez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.