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Carta de dimisión de un juancarlista






A la atención de SM D. Juan Carlos I

Augusto tocayo:

La primera duda que me asaltó nada más decidir mi dimisión de juancarlista fue a quién o adónde dirigir mi renuncia. Después de mucho meditarlo decidí que debía presentársela directamente a su majestad pues, sois vos al fin y al cabo, el titular del negocio y la cabeza visible de un movimiento que en realidad no existe: el juancarlismo.

Antes que nada y, sin ánimo de ofenderos, he de comunicaros que nunca me he sentido monárquico, sin embargo, si he sido o me he considerado juancarlista. ¿Cómo puedo considerarme dentro de un término político que no existe y, por otra parte, no sentirme apegado a una forma de gobierno que si es real?. Admito que puede parecer un sinsentido. Por lo que necesitaré unos párrafos para explicarme. Ruego a vuestra majestad haga un alarde de paciencia conmigo.

A la monarquía, en pleno siglo XXI, le queda muy poco crédito, sólo aquellos que consideran la santidad de las tradiciones se sienten próximos a ella. Durante la Edad Media, la vida de las personas venía regida por la idea de que Dios influía en cada acto de su existencia. Así que no era difícil admitir que, dado que el buen Dios colocaba a cada uno en su sitio, colocará a la testa coronada en la cima de la pirámide social. Es decir, de Dios le venía la soberanía directamente al rey y a ver quién era el guapo que lo discutía, con lo bien que funcionaban los autos de fe.

Pero el tiempo pasó, Dios empezó a concentrarse más en su rebaño que en los asuntos públicos, para colmo llegó el siglo de las luces, y con él, la Revolución Francesa. La toma de la Bastilla puso de moda la idea de que la soberanía reside en el pueblo, en todos y cada uno de los individuos que lo conforman. Por lo tanto, desde entonces, es de difícil encaje teórico que la jefatura del Estado se herede como se hereda una tintorería o el bar de la esquina. Parece lógico que si la soberanía reside en el pueblo, sea éste el que elija a su jefe. Por eso se me hace muy cuesta arriba ser monárquico, es una pura cuestión de lógica.

Sin embargo si he sido juancarlista, ¿por qué?. Bueno esto quizás es más difícil de explicar, sobre todo a los jóvenes que no vivieron la dictadura que precedió a vuestro reinado.

Cuando murió el general Franco vos heredasteis todos los poderes del Estado. Podríais haber intentado mantener esa situación, pero no lo hicisteis. Os pusisteis a la cabeza de un movimiento que tuvo que transitar un largo y tortuoso camino hacia la democracia desde una dictadura utilizando los mecanismos legales de esa dictadura a pesar de que, según palabras del propio Franco, todo estaba atado y bien atado. En aquel momento, para la mayoría de nosotros, el debate no era entre monarquía y república, sino entre dictadura y democracia. Dicho de paso, yo siempre he preferido de lejos vivir en una monarquía democrática a ser súbdito de una república bananera dictatorial. Así lo entendieron los partidos de izquierda y de derecha firmando un consenso ejemplar que dio a luz a nuestra Constitución. Salvando el escollo histórico de las dos Españas, aunque no del todo, que todavía andamos sin resolver algunos flecos dolorosos. El que vuestra majestad liderara este proceso me hizo juancarlista.

Más adelante, la parte más retrógrada del antiguo régimen consiguió dar el golpe Estado que se había anunciado durante todos esos años de transición. Siempre he hecho muy poco caso de los comentarios que os hacían partícipe del golpe. Para mí, cuando aparecisteis en la televisión, vestido de capitán general, acabó el golpe y me fui tranquilo a la cama pensando que nos habíamos librado por muy poco. Aquello me confirmo en el juancarlismo.

Pasaron los años y el Sr. Aznar trajo lo que él mismo llamó la segunda transición. Pero previamente trajo un estilo de oposición cuyo único objetivo era conseguir el gobierno al precio que fuera, sin importar el bienestar, la seguridad o la convivencia. Lo contrario al estilo que había sido la marca de la transición[i]. Y esa forma de hacer política vino para quedarse. En aquel momento me pareció que una figura por encima del juego partidario, como la que vuestra majestad representa, podía ser muy útil en un país en el que no se respeta nada. El hecho de que al menos la jefatura del Estado estuviera a salvo del ataque cainita continuo podía ser muy beneficioso. Esto me hizo justificar mi juancarlismo.

Unos años antes del advenimiento del Sr. Aznar, empezaron a llegar noticias inquietantes, por los resquicios de la autocensura de la prensa, acerca de vuestros amigos. Los Mario Conde, Manuel de Prado, Javier de la Rosa entre otros, dejaban conductas poco edificantes y citas con la Justicia. Eso no le sentó bien a mi juancarlismo pero lo justifiqué pensando que los reyes y los ricos de toda la vida deben tener muchos problemas para discriminar entre el amigo y el adulador o el aprovechado.

Empezaron a publicarse libros en los que se hablaba de las relaciones de la familia real con marcas comerciales. Que si una hija se relacionaba con una marca de coches y la otra con otra marca de la competencia. Que si la ropa que llevaban, nietos, hijos y demás deudos, según la situación de que se tratase, tenía un cocodrilo o un caballero atacando con su lanza o un fumarel. Que si regata por aquí, que si regata por allá. Que si regalos que van mucho más allá de la demostración de afecto al hacerlos y del decoro al aceptarlos. Se fue creando en Mallorca a vuestro derredor una corte de los milagros a la que los españolitos de a pie asistíamos perplejos desde la páginas de las revistas y periódicos. El mismo tipo de corte que vos negasteis en Madrid a los grandes de España al principio de vuestro reinado. Todo esto no encajaba en mi manera de ver las cosas pero había mucho más en el “haber” que en el “debe” de mi contabilidad juancarlista personal.

No entraré en problemas familiares, dimes y diretes, bodas, ceses de convivencias, bautizos y comuniones, son asuntos privados por muy pública que sea la familia. Cada uno se casa con quiere, yace y se holga con quien puede, sea plebeyo o noble, esto es materia que sólo compete a los implicados. Siempre intenté separar mi debate personal sobre el juancarlismo de estos asuntos. Tan sólo diré que ha sido muy cansina tanta publicidad alrededor de vuestra vida familiar y que supongo que la primera víctima de todo este maremágnum ha sido la propia familia real.

Pero vino el asunto del Sr. Urdangarín y, ¡ay!, ahí si que mi juancarlismo ha sufrido de tensiones. Puede que vuestra majestad no sea directamente responsable de tales actos, no soy quien para juzgar tan complicadas madejas de intereses y desafueros que para eso hay jueces y, el que juzga, no ha dado motivos para la duda. Pero si puedo formarme una opinión. No me cabe duda de que vuestro yerno utilizó vuestro nombre, sin vuestro nombre no se habrían abierto muchas puertas y no se habrían conmovido muchas almas de esas que están siempre deseosas de inclinarse hacia el reverso tenebroso de la fuerza. Vuestro nombre fue la herramienta y vuestro nombre está irremediablemente ligado a vuestra función.  Así que surge inevitablemente una pregunta, ¿un yerno de un presidente podría hacer lo mismo?, puede. Pero, sin volver al debate teórico de monarquía o república, el presidente tiene fecha de caducidad, en aquellas repúblicas con limitación de mandatos es más difícil crear entramados sólidos alrededor de su figura, no es imposible pero es menos probable, y siempre queda el que los ciudadanos le pueden enviar a casa.  ¡Ay cómo se resintió de todo este asunto mi juancarlismo!.

Y ya llegamos a los últimos acontecimientos. La famosa cacería. ¿Qué le han hecho a su majestad los elefantes?. De niño, cuando me llevaban al circo, era lo único que me gustaba. ¡Son tan simpáticos, tan industriosos y tienen tanta memoria!. No me gusta que se maten animales que puedo mirar a los ojos y puedo reconocer en su mirada su capacidad de sentir. He reconocer bastante desapego personal por reptiles, peces e insectos, pero los mamíferos son otra cosa.

El irse de garbeo por un país que no sé donde colocarlo en el mapa, cuando el nuestro está cayéndose a cachos no ha hecho mucha gracia, ni a mi, ni a muchos que conozco. La reacción de la prensa ha sido muy significativa, incluso de la más monárquica. En un maestro de la imagen como vos es un grave error. Sé que pedisteis perdón y esto calmó las aguas. Pero sintiéndolo mucho a mí no me convenció. La petición de perdón me recordó a la de mis hijos cuando eran pequeños y hacían una fechoría. ¡No volverá a ocurrir!, me equivoqué, ¿en qué?, ¿en qué hay cosas que no se pueden hacer?, ¿en el error de pensar en que nadie se daría cuenta como otras veces?.

Lo siento mucho. A pesar de que os reconozco méritos que no concurren en ningún otro monarca de nuestra historia, se me han acabado los argumentos para convencerme a mi mismo de mi juancarlismo. Así si alguien en el futuro tiene la bondad de preguntarme sobre qué forma de gobierno quiero, creo que me inclinaré por la república.

Sé de sobra que soy poca cosa. Un ciudadano común. Un pobrecito hablador desde esta modesta tribuna que yo mismo me he construido. Tampoco soy de los que acude a la barricada. Así que, ¿en qué os afecta mi dimisión?. Puede que en muy poquito, por no decir en nada. Pero es que esa no es la pregunta correcta, os lo digo como sociólogo. Siempre se ha dicho que España no era monárquica sino juancarlista, es decir, como yo; y la pregunta correcta es, ¿cuántos han cambiado de opinión como yo?.


Atentamente

Juan Carlos Barajas Martínez

 


[i] Excepto el corto pero desastroso período de acoso y derribo de Adolfo Suárez




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La ley del plural mayestático

Al parecer a los papas les asiste el derecho a usar el plural mayestático
El privilegio máximo es no tener jefes ni súbditos
Miguel  Ángel Aguilar, periodista


Este artículo forma parte de un "aprendiz de libro", qué llamé provisionalmente "¡También hay vida en el planeta Burocracia", que espera en el cajón de mi escritorio a que tenga tiempo y pueda completarlo y corregirlo, a ver si me puedo jubilar pronto.

En él describo treinta y cinco leyes de funcionamiento de las organizaciones burocráticas basadas en mi experiencia y observación durante 30 años de trabajo en este tipo de organizaciones. Están escritas con humor, utilizando un lenguaje prestado de las ciencias físicas y matemáticas, poniendo -para cada ley - un enunciado y una justificación que no demostración porque, al fin y a la postre,  ni es física ni son matemáticas.

Enunciado:

Cuando el superior jerárquico emplea la primera persona del plural en una conversación con el subordinado quiere decir que éste último tendrá que realizar algún trabajo sin la participación del superior.

Justificación:

Antes que nada y, a pesar de que sé de sobras que todos tenemos una idea de lo que significa el plural mayestático, me gustaría detenerme en su explicación para que todos entendamos perfectamente de qué estamos hablando. El plural mayestático o, cómo se le conoce en latín pluralis maiestatis, es el uso de la primera persona del plural por el hablante. En general, la persona que usa el plural mayestático no utiliza el pronombre "nosotros" sino "nos".

Históricamente este uso lingüístico ha sido reservado para papas, reyes y emperadores. Es evidente que si, según la antigua teoría política, al soberano le venía el poder directamente de Dios, éste no podía hablar igual que el resto de los mortales. Creo recordar que la reina-emperatriz británica Victoria lo usaba y, no lo sé seguro, pero creo que por lo menos hasta Juan XXIII se ha venido usando en el Vaticano y diría que sigue usándose ante ciertos ceremoniales, pero como hablan en latín eclesiástico se me hace difícil afirmarlo. A nuestro rey no se lo he oído nunca, cuando ha utilizado el pronombre “nos” ha venido seguido de “llena de orgullo y de satisfacción” y precedido de “A la reina y a mí”. Nuestro rey no es amigo de boatos decimonónicos y villas y cortes, se suele decir que es muy campechano, así que igual que renunció a todos los poderes del Estado que le sirvió en bandeja el generalísimo Franco ha renunciado también a tamaña muestra gramatical de majestad.

No estoy yo tan seguro de que su colega británica, la eterna Isabel – hay que ver cómo se está quedando el príncipe de Gales y, dado que los monarcas de la pérfida Albión pueden elegir nombre, sería atinado que escogiera el de Matusalén cuando acceda al trono -, haya renunciado al plural mayestático. No me extrañaría nada que siguiera usándolo porque no tiene nada de campechana y mucho de estirada. Ni tampoco tiene que hacer demostraciones de populismo, que en esto los monarcas ingleses han andado siempre un paso o ciento por delante, desde la firma de la Carta Magna (1), en eso de respetar la soberanía del pueblo.

Por estos pagos el que sí utiliza el plural mayestático es nuestro seleccionador nacional, el bueno de Vicente del Bosque, pero incumple una de las condiciones, no usa el “nos” sino el “nosotros” y me ha dado que pensar. Así que me he ido a la Wikipedia y he visto que existe otro tipo de plural, el de modestia o pluralis modestiae, este plural casa más con la personalidad del personaje, se usa cuando el hablante quiere diluir  el mérito de lo que cuenta en un hipotético grupo que en realidad no existe. A decir verdad, cuando Iniesta marcó aquel gol maravilloso en Johannesburgo, yo habría tratado a Del Bosque - de haberlo tenido cerca - de majestad, santidad o sursuncorda.

A riesgo de hacer un poco más larga esta justificación me gustaría realizar otra aclaración antes de entrar en materia, sobre todo para aquellas personas que no tienen la dicha de trabajar en una organización burocrática y no tienen el placer de conocer sus mecanismos internos. Una organización burocrática para que merezca tal nombre debe cumplir ciertos requisitos (2), quizás el principal sea que se debe respetar el principio de jerarquía. Los puestos de trabajo se organizan en función de una escala de mando, en el que cada nivel es subordinado del nivel superior. La jerarquía va en el ser de la burocracia, si no hay jerarquía en una organización formal puede ser otra cosa pero desde luego no es una organización burocrática.

Otra cuestión es si esa organización jerarquizada es un caos organizativo o no existe disciplina, de manera que cuando le das una orden a tu subordinado tienes que recurrir a lugares comunes, al espíritu de cuerpo o  al rosario y rezar todo lo que sabes. Claro que existe la ventaja, en estas mismas situaciones de poca disciplina, de que cuando tu jefe te ordena algo te entra la risa.

Es curioso que muchas veces cuando los jefes encargan alguna tarea a sus subordinados utilizan la primera persona del plural. “Tenemos que hacer el informe tal” o “tenemos que buscar el documento cual”. Pero eso no significa en absoluto que el superior jerárquico vaya a tomar parte, en realidad - todos lo sabemos -te lo está encasquetando. Estrictamente este no sería el caso del plural mayestático, aunque se le parece y por eso hago uso de él en esta ley. Ni mucho menos es el caso del plural de modestia, sería de otra clase que no he encontrado en la Wikipedia (3). Así que mantendremos el título de mayestático a falta de algo mejor.

Otros jefes hay que directamente dicen “Fulanito tienes que hacer el informe tal” o “Menganita busque usted el documento cual”.

Otras personas utilizan el impersonal, “hay que hacer el informe tal” o “hay que buscar el documento cual”.

En mi opinión, después de mucho observar y de pasar por muchas situaciones diferentes, he llegado a la conclusión de que los que ordenan directamente a una persona realizar algo, en singular, directamente, están en un contexto en el que la diferencia jerárquica entre el subordinado y el jefe es muy grande, o bien, se trata de una organización con una disciplina muy fuerte en la que - aunque la diferencia de nivel no sea grande - si se guardan las formas entre niveles o, por último, la personalidad del jefe es muy fuerte y le importan muy poco los sentimientos que pueda albergar el subordinado o la disciplina establecida. Si, además utiliza la fórmula del usted, quiere remarcar la diferencia de estatus que existe entre ambos y reforzar la autoridad.

En el caso del uso de la primera persona del plural el superior pretende, aunque sea sólo de forma léxica, integrarse con la persona o personas que van a llevar a cabo el trabajo en una especie de equipo. Se trata de una forma más democrática de actuar, normalmente, en entornos jerárquicos con poca diferencia de nivel u organizaciones con poca disposición a la disciplina, o bien si no se dan estas situaciones, que el jefe es un calzonazos y se le hace más fácil ordenar de esta manera.

Cuando se usa el impersonal es porque la diferencia jerárquica es práctica o completamente inexistente, o bien, existe poca o ninguna disciplina y no se puede ordenar nada de forma explícita. Se lanzan al espacio aéreo este tipo de pseudo-órdenes en la esperanza de que alguien recoja el testigo ya sea por profesionalidad, por vergüenza torera o por estulticia manifiesta.

Esta esperanza, la mayor parte de las veces queda frustrada, pues no es fácil encontrar a un profesional, un torero con suficiente vergüenza o alguien tan tonto como para presentarse voluntario, esta es la razón principal por la que las organizaciones tienen una estructura más o menos jerárquica con mayor o menor disposición a la disciplina.


Juan Carlos Barajas Martínez

Notas:

(1)  La Carta Magna es un documento que la nobleza británica hizo firmar a Juan Sin Tierra en el siglo XIII en el que se limitaban los poderes del soberano y se la considera como un antecedente del constitucionalismo.
(2) Max Weber ha sido el teórico principal de la burocracia. Los requisitos que debe cumplir una organización para ser burocrática según este autor son:

  1. Consiste en una organización continua de funciones (cargos) oficiales limitadas por reglas.
  2. Cada cargo tiene un grupo de competencias limitado.
  3. Los cargos están organizados de manera jerárquica
  4. Los cargos llevan aparejados unas cualificaciones técnicas que requieren de preparación o formación específica
  5. Los empleados que ocupan estos cargos no son propietarios de los mismos, no los pueden vender ni heredar ni dejar en herencia, tampoco son dueños del material que usan en su trabajo.
  6. Todos los actos administrativos están regulados por normas escritas.
  7. Los empleados  ocupan sus cargos tras haber superado un proceso de selección en el que han tenido en cuenta sus capacidades y no por adscripción a un determinado grupo social o por clientelismo.
  8. Los ascensos a posiciones superiores dependen de su competencia demostrada y de su antigüedad en la organización.
  9. Tienen como principal o única fuente de ingresos el salario que reciben según su posición en la organización.
  10. En su relación con sus clientes las burocracias aplican normas universales e impersonales con el fin de conseguir un funcionamiento predecible, eficaz, sin favoritismos ni decisiones arbitrarias
En mi artículo "burocracia y organizaciones burocráticas" existe una completa definición de la burocracia y de las organizaciones burocráticas.


(3) Según la Wikipedia existiría una tercera clase de plural que es el plural de autoría o pluralis auctoris pero sería el menos parecido al tema que tratamos pues el jefe no quiere ser autor de nada.

Autor: Omar, Fuente: Lenliblog


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Alfonso XII, la Cocinera, el Guardia de Corps y Juan Carlos I

Marcelo López


Paulita Baeza entró muy jovencita al servicio de la casa de los Condes de Villagonzalo. Destacó por su habilidad en las labores de la cocina, mezclando salsas primero y adaptando la cocina popular de su tierra – el norte de la provincia de Toledo – al gusto de los nobles cortesanos. Sus “migas” y su “ropa vieja” se hicieron pronto famosas y en pocos años se convirtió en la primera cocinera de la casa condal.

El palacio de los Condes de Villagonzalo, en donde Paula trabajaba, también conocido como Palacio del Marqués de Ustáriz - su primer dueño - todavía existe. Está situado entre las calles de Mejía Lequerica, San Mateo y Serrano Anguita. Es un noble caserón del siglo XVIII, que sufrió una notable reforma a fines del siglo XIX. Destacaba por sus vistosos salones, amplias estancias y, sobre todo, por una famosa escalera neoclásica. Durante muchos años ha estado completamente abandonado, cuando pasaba por delante me daba una pena enorme, sobre todo su jardín, antaño uno de los más celebrados de Madrid. Actualmente se está llevando a cabo una reforma y anda todo andamiado y tapiado.

El jefe de la casa en aquel momento era D. Mariano Miguel Maldonado y Dávalos, séptimo conde de Villagonzalo y marqués de la Scala, que era de la misma quinta que el rey Alfonso XII y con quien, al parecer, le unía gran amistad. El caso es que D. Alfonso visitaba a menudo la casa del conde. Comía, cenaba y acudía a diversos saraos y - como había heredado parte del casticismo de su madre - estaba enamorado de la cocina popular de Paula.

El rey medio en serio medio en broma, casi como un rito, le pedía al conde que le cediera a su cocinera, que la quería a su servicio y el conde, siguiendo con la broma, le decía que no podía, que era su tesoro y que, además, de esta manera tenía el placer de recibirle en su casa mientras que si se llevaba a Paula dejaría de venir.

Al parecer este ritual se repetía cada vez que Alfonso XII probaba la comida de los condes. Pero, una vez que el rey insistió más de la cuenta, el conde le dijo que de acuerdo, que él le cedía a la cocinera pero que Paula debía de aceptar. Don Alfonso, pensando que cualquiera en su sano juicio preferiría servir al rey antes que al conde, bajo con éste a las cocinas, en una situación que se parecía más a una apuesta que a cualquier otra cosa.

Paula debió llevarse un susto de muerte, al ver llegar a sus dominios a la testa coronada y su condal patrón. Después de felicitarla por la calidad de su comida, el conde le explicó la cuestión.  Debía escoger entre la cocina del Palacio Real y la cocina del conde. Supongo yo que Paula estaba viviendo una situación alucinante y nadie supo nunca qué se le pasó por la cabeza en ese momento pero eligió permanecer al servicio del conde, con lo que el rey se quedó con un palmo de narices.

Se daba el caso que un joven soldado de la Guardia de Escoltas Reales acompañaba al rey en sus visitas al Palacio de Ustáriz. Alfonso XII era muy dado a hacer salidas nocturnas acompañado de poca escolta y a ese guardia – que se llamaba Marcelo López – le tenía especial estima. Así que cada vez que el rey visitaba a su amigo el conde se llevaba a Marcelo.

Mientras duraba la cena del monarca y sus nobles, Marcelo se refugiaba en la cocina en donde, supongo yo, algún vaso de vino y algo de comer no le habrían de faltar.

En estas visitas se fue fraguando una relación entre el apuesto soldado y la habilidosa cocinera de tal manera que lo que no pudo el poderoso monarca lo consiguió el modesto guardia real, llevarse a Paula a su casa. Y de ahí vengo yo, porque tuvieron una hija – María -, que a su vez tuvo un hijo – Antonio – que fue mi padre, así que soy el biznieto de Marcelo y Paula.

Y, de la misma forma que yo soy biznieto de aquella cocinera – alguno de cuyos platos se han transmitido por tradición oral como la misma historia que aquí contamos – el actual rey, Juan Carlos I – mi real tocayo –, es biznieto de aquel Alfonso.

El otro día, cuando veía en las noticias las imágenes de la manifestación del 15 de octubre en Madrid, vi una pancarta que comparaba la época de la restauración alfonsina del siglo XIX con la restauración juancarlina del siglo XX en la que estamos inmersos. Y por cierto la comparación no era muy amable, pues equiparaba las peores características de la restauración del reinado de los reyes Alfonso XII y Alfonso XIII con los problemas que sufrimos actualmente.

Indudablemente a ambos procesos de recuperación del trono por parte de los Borbones se les puede calificar de restauración, porque Alfonso XII fue puesto en el trono en diciembre de 1874 por el pronunciamiento del General Martínez Campos en Sagunto, tras la renuncia de su madre Isabel II – que había sido echada de España por la Gloriosa Revolución de 1868 – a los derechos dinásticos. Mientras tanto, entre 1868 y 1874 no se aburrieron: un gobierno provisional, la monarquía democrática de Amadeo I de Saboya, la Primera República, la guerra de Cuba, 3ª la guerra carlista y la revolución cantonal.

Y Juan Carlos I, por su parte, fue nombrado sucesor a título de rey por Francisco Franco en 1969. Accedió al trono a su muerte. Adquirió legitimidad dinástica en 1977 cuando Don Juan de Borbón, al que le hubiera correspondido ser rey, renunció a sus derechos. Adquirió posteriormente la legitimidad democrática con la aprobación de la Constitución de 1978. Todo esto siguió a un período histórico que se inicia cuando el pueblo echó a su abuelo Alfonso XIII al proclamar la Segunda República en 1931,  después vino la guerra civil, los cuarenta años de la dictadura de Franco y terminó con el fallecimiento de éste en 1975. Decididamente la historia de España es menos aburrida que la de la Confederación Helvética.

La historia de España en el siglo XIX se parece mucho a la historia de una república bananera con continuos golpes de Estado y contragolpes, revoluciones de opereta, espadones y guerras coloniales. Todo ello sobre el sustrato de una lucha permanente entre dos concepciones de España, cristiana y anticlerical, liberal y absolutista, isabelina y carlista, progresista y moderada, lucha que tuvo su prórroga durante el siglo siguiente.

La Restauración fue una reacción lógica a tanto desmadre, un intento de construir un sistema político estable. Lo que pasa es que se hizo de la peor forma posible. En vez de resolver los problemas del enfermo, se le anestesió, con lo que cuando despertó con la Segunda República, la enfermedad dormida se manifestó con todos sus síntomas.

El sistema político de la Restauración, cuyos constructores fueron Cánovas y Sagasta, consistía en la alternancia de sus partidos – Conservador y Liberal[1] – en el Gobierno. Pero no porque fueran elegidos por el pueblo de manera democrática sino porque empleando una herramienta perfecta, el caciquismo[2] - que llegó a funcionar con una eficacia impresionante –, los resultados estaban pactados previamente. Imaginaos la corrupción política que conllevaba un sistema como este.

Con todo, lo peor fue que el sistema no admitía más participantes como no fuera de una manera testimonial. Los distintos movimientos sociales que se estaban desarrollando, al amparo de una modesta e incipiente industrialización, quedaron fuera. No se incorporaron al sistema político de la restauración ni el movimiento obrero, ni los nacionalismos y regionalismos, movimientos ambos que nacieron en aquella época. Partes muy importantes de la población no se sentían identificadas con su clase política. Al final, después de altibajos y de una dictadura militar, el régimen murió de inanición y Alfonso XIII acabó saliendo de España por Cartagena para no volver más.

Pero, ¿cómo vivía la gente en 1880?. La esperanza de vida en España era de 29 años. Volviendo a mis bisabuelos por vía paterna, por lo que yo sé, ni Marcelo López – el guardia real de nuestra historia – ni el otro bisabuelo, Gregorio Barajas, llegaron a cumplir 40 años. Eran muy bajitos, la talla media en 1900 era de aproximadamente 1,60 metros, el propio Gregorio medía – lo sé por sus datos militares – 1,54 metros. La mayoría de la población vivía en las zonas rurales, trabajando como jornaleros del campo con horario de sol a sol, durante unos 200 días al año - y no eran más gracias a las fiestas religiosas que, por cierto, no cobraban -, todo por un salario de miseria. De hecho, mi bisabuelo Gregorio era jornalero.

No había clase obrera en el sentido industrial del término, ni siquiera se les llamaba obreros sino jornaleros de fábrica. Sólo Barcelona, con la industria textil y Vizcaya con la industria siderúrgica, presenciaron en el último cuarto del siglo XIX el crecimiento muy limitado de un proletariado industrial moderno. Gracias a Dios la cosa ha cambiado bastante.

¿Y qué similitudes hay con la monarquía parlamentaria actual?. Bueno, aunque se suele decir que la historia se repite, no existen dos procesos históricos idénticos, aunque tampoco, completamente distintos. La Constitución de 1978 fue un gran acuerdo por poner punto final a los dos siglos – desde que la Revolución francesa vino a remover las conciencias - de conflictos entre los dos conceptos de España, al menos de conflictos fuera del juego político normal y civilizado. No fue el último parte de Burgos el que puso final a la guerra civil, sino el texto constitucional. Y con ello empezó el período de mayor progreso y de convivencia democrática de nuestra historia.

Pero la chica que llevaba aquella pancarta en la manifestación del 15 de octubre no parecía muy contenta. Después de bastantes años de fiesta económica, en el que nos creíamos los dueños del mundo, ha venido el batacazo. Al final no éramos tan ricos como nos creíamos y este crudo despertar ha actuado como un disparador, como un ventilador que airea todo lo que de malo que tiene nuestro sistema político. Hemos visto el despilfarro, la corrupción, hemos reparado en que ahora también hay caciques en ciertos territorios que construyen aeropuertos inconcebibles, que convierten el tren de alta velocidad en un tranvía posmoderno, o que se inventan un partido regional a partir de sus redes clientelares. Y claro, teniendo en cuenta que éste ya no es un país de analfabetos, se hace muy difícil que no haya nadie que no haga comparaciones.

Lo peor, vuelve a haber mucha gente que no se siente identificada con el sistema.  Ve con desconfianza a la clase política, que vuelve a alternarse en el poder por otros medios y no se siente representada por ella, desconfía de la ley electoral, desconfían de la democracia. Y más gente todavía no se siente identificada con el sistema económico, sienten que en el reparto de la pasta no tienen ninguna parte, muchos no tienen trabajo y no tienen esperanza de conseguirlo.  Se ha de intentar recuperar a estas personas y, no sólo por que es de justicia darles aquello a lo que tienen derecho, es por nosotros también, por los que todavía no hemos perdido del todo la fe. No vaya a ser que se repita la historia.

Juan Carlos Barajas Martínez

Bibliografía:

Estadísticas históricas de España
Siglos XIX-XX
Albert Carreras, Xavier Tafunell y otros
Fundación BBVA

Historia económica y social, moderna y contemporánea de España
Santos Juliá Díaz, Ana Clara Guerrero Latorre y Sagrario Torres Ballesteros
Quinta edición, tercera reimpresión
UNED, Madrid 1996

Notas:


[1] Para más inri los nombres oficiales eran Partido Liberal-Conservador, el de Cánovas, y Partido Liberal-Unionista, el de Sagasta. Con lo cual no se les podía distinguir ni por el nombre.
[2] El caciquismo es una forma distorsionada de gobierno local donde un líder político tiene un dominio total de una sociedad, usualmente de ámbito rural, expresada como un clientelismo político. Los caciques pueden controlar el voto de sus clientes por lo que pueden negociar con los políticos centrales y ser la cara y base del partido. De esta forma se crean "democracias" que en el papel funcionan pero que no son el gobierno del pueblo



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