De la caridad y de la solidaridad




La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba;
la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.

Eduardo Galeano (poeta uruguayo)

En el colegio de mis hijos organizan todos los años el “día de la solidaridad”. En ese bienintencionado día se ponen a la venta todo tipo de trabajos manuales hechos por los críos, se venden cosas que ya no usas en casa – lo que significa en la práctica una magnífica oportunidad para que la madres se deshagan de los viejos juguetes que los niños ya no usan pero que por mor de una infantil nostalgia no quieren desprenderse -, los padres colaboran en talleres como buenamente pueden, los muchachos de secundaria montan un “pasaje del terror” - con sus zombis, sus momias y su Frankenstein -  que hace las delicias de los más pequeños, los chicos de bachillerato ponen un tenderete de hamburguesas y todo el mundo intenta ayudar y pone su mejor disposición.

El día tiene un tema, puede ser un mercado medieval o puede tratar sobre  Harry Potter, o sobre la serie vampírica de “Crepúsculo” y, sobre todo, hay un objetivo o una meta; unas veces pagar una operación en España a un chaval del tercer mundo o ayudar a edificar una escuela en una aldea remota de la América Latina más deprimida.

A mi me parecía bien la idea, cómo voy a estar en desacuerdo con ayudar a otros menos afortunados y, aunque estuviera en desacuerdo no lo diría, pues de lo contrario quedaría fatal. El problema fue que conforme pasaban los años y más reflexionaba sobre el asunto había más cosas que me chirriaban.

Para empezar por qué la solidaridad iba siempre dirigida hacia lugares remotos, ¿no teníamos un tercer mundo local, cercano, en nuestra misma ciudad?, no digo que no se ayudara a la aldea de Guatemala o al chaval de Guinea Conakry, pero, de vez en cuando, una ayudita a un poblado de chabolas de Madrid tampoco habría sido mala cosa.

Además, a partir de cierto momento, se empezó a observar un cierto “talibanismo” en conseguir, por supuesto que de forma bienintencionada, el máximo dinero posible. De manera que se confundía el fin con los medios, la ayuda dejó de ser el fin y fue la recaudación la que se convirtió en el objeto prioritario de manera que cuando preguntabas a un niño que por qué se hacía todo este jaleo el interpelado no contestaba bien, lo primero que le venía a la cabeza era para conseguir la mayor suma posible, no para ayudar al que lo necesitaba.

Se llegó incluso, a que el Colegio entregara el dinero de la comida de un día a la causa, mientras que los niños debían traerse un bocadillo de casa. Bueno, no pasa nada porque un día los niños coman un bocadillo en vez del menú diario, pero es que no había opción. No tenías el elemental derecho a no estar de acuerdo y me da la impresión de que en toda esta historia es esencial la libertad de elección, uno debe ser libre para ser solidario porque si no, no hay solidaridad que valga, es como pagar un impuesto redistributivo, que no está mal pero no es lo mismo.

Todo esto me hizo pensar un día, mientras paseaba entre los puestos de venta entre las alegres madres disfrazadas de mesoneras o de damas medievales, buscando los trabajos de mis hijos para comprarlos, que no era el día de la solidaridad lo que habíamos organizado sino el día de la caridad. Palabra que ha sido sustituida del lenguaje usual por tener en la actualidad peor prensa. No se suele oír “soy caritativo” pero si que se escucha, “yo soy solidario”.

Según el diccionario de la Real Academia la palabra caridad tiene ocho acepciones, de las cuales, tres me parecen interesantes con relación al asunto que estamos tratando.

En primer lugar el diccionario dice que la caridad es “una de las tres virtudes teologales que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Aquí el hecho de dar lo que te sobra al que no tiene está implícito, no se alude directamente, si quieres al prójimo como a ti mismo se supone que le vas a ayudar en lo que puedas pero siempre bajo la óptica de que la mayor parte de tu amor debe estar dirigido hacia Dios, cuyo reino – por cierto según Sus propias palabras – no es de este mundo. Esta definición es la de caridad cristiana.

El segundo significado que nos interesa, que coincide con la tercera acepción de la palabra, hace también referencia a la caridad religiosa pero es mucho más directa, el diccionario dice: “limosna que se da, o auxilio que se presta a los necesitados”. Aquí la palabra limosna significa – siempre según nuestra Academia – “dinero, alimento o ropa que se da a los indigentes”. En esta definición ya se entra en materia y se alude directamente al hecho de que alguien que puede permitírselo ayuda a alguien que lo necesita. Y esa ayuda tiene implícito un cierto sentido de verticalidad y de distancia. De verticalidad pues el que está en mejor posición ayuda al que está más abajo socialmente, ya que se sobreentiende un cierto orden social, se sobreentiende la existencia de una estratificación social. De distancia porque el donante puede poner un cómodo espacio entremedias ya sea geográfico o social.

El tercer significado, que es la cuarta acepción de la palabra caridad, es el que más se acerca a la palabra solidaridad, el diccionario dice: “actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”. Esta es la definición que más me gusta pues, a fuer de ser genérica, no entra en diferencias sociales, cualquiera puede ser solidario con el sufrimiento de otro, un pobre podría – según esta definición- tener caridad de un rico, pues hay que hay que tener en cuenta aquello de que los ricos también lloran, menos que los pobres es verdad, pero el destino acaba dando golpes a todos. Esto me recuerda aquella letra de Facundo Cabral (1), “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”.

Así que culturalmente atribuimos a la palabra caridad por un lado un sentido religioso y, por otro, una cierta verticalidad entre el que puede permitirse la ayuda y el que la necesita. Y por eso no es bien vista la palabra fuera de los pórticos de las iglesias. Es una palabra que parece corresponder con otra época, cuando no había seguridad social, sólo la beneficencia que de manera incompleta, pues eran mucho mayores las necesidades que los remedios, proporcionaban algunas instituciones entre las que destacaba la Iglesia y sus órdenes religiosas que casi disponían de un monopolio en esto de ayudar al prójimo. Era la época anterior a los tiempos democráticos, antes de que el Estado asumiera como derecho de los ciudadanos la atención sanitaria, la educación y el derecho a un trabajo digno. Ideológicamente la caridad pertenece al Antiguo Régimen.

Época a la que parece que volvemos a pasos agigantados gracias a los asesinos de lo público que - con nuestra complicidad, la de los ciudadanos aletargados - imponen dogmas no comprobados en la práctica que lo que esconden es una estrategia para convertir estos derechos en negocio, y volver a pagar por la sanidad, por la educación y porque el trabajo sea tan escaso que haya un ejército de trabajadores de reserva (2). Dicho de otra manera, que el que pueda lo pague, y el que no, a la beneficencia.

La palabra solidaridad, en cambio, ha ido con el tiempo adquiriendo cierto prestigio, en la misma medida en que la palabra caridad lo perdía. Según la Real Academia solidaridad es “la adhesión circunstancial a la causa de otro”. Aparte de ser terriblemente genérica la definición, en ninguna parte se dice que una causa solidaria implique la donación de bienes, puede también ser apoyo moral o la toma de una determinada posición ética o política.

Sin embargo, en el lenguaje usual, la palabra solidaridad tiene un sentido de ayuda entre iguales, tiene un aire de horizontalidad donde caridad tiene un sentido de verticalidad. Cuando se habla de un motor o – en sentido figurado de un equipo de trabajo -, se habla de funcionamiento solidario entre sus partes que deben actuar a un mismo tiempo y ritmo para que el conjunto funcione correctamente. En el derecho se habla de obligación solidaria cuando las partes deben realizar alguna acción de manera conjunta como por ejemplo el pago de una deuda.

Ese sentido de colaboración solidaria se aprecia en la sociología de Durkheim (3) que la utilizó para su análisis del trabajo social. A Durkheim le encantaba usar una analogía organicista de la sociedad, ésta para él, estaba formada por distintas estructuras sociales que trabajaban conjuntamente, de manera solidaria, para su estabilidad y buen  funcionamiento. El trabajo social, en esta visión, se presenta como algo así como el trabajo colaborativo de los órganos de un cuerpo biológico o el funcionamiento de los engranajes de una maquinaria.

Emile Durkheim, uno de los padres de la sociología 



Para Durkheim existen dos tipos ideales de sociedad. El tipo más primitivo, caracterizado por la solidaridad mecánica, presenta una estructura social indiferenciada con poca o ninguna división del trabajo. El tipo más moderno, caracterizado por la solidaridad orgánica, presenta una mayor y más refinada división del trabajo.

Su interés al abordar la cuestión de la solidaridad era descubrir lo que mantenía unida a la sociedad. Una sociedad caracterizada por la solidaridad mecánica se mantiene unificada debido a que la totalidad de sus miembros tienen aptitudes y conocimientos similares.

Por el contrario una sociedad caracterizada por la solidaridad orgánica se mantiene unida debido a las diferencias entre las personas, ya que tienen diferentes tareas y responsabilidades. Toda vez que cada persona realiza en la sociedad moderna una gama de tareas relativamente pequeña necesita a otras muchas para poder vivir.

Por tanto, para Durkheim, la sociedad moderna se mantiene unida por obra de la especialización de las personas y de la necesidad de los servicios de otras muchas, en un funcionamiento que calificó como solidario.

Volviendo a esta pequeña historia de la caridad y de la solidaridad, la palabra solidaridad tiene un olor a lucha obrera, a las aportaciones de los trabajadores para aguantar las estrecheces derivadas de las huelgas. El prestigio de la palabra solidaridad se cimentó en aquellos conflictos que enfrentaron al movimiento obrero con los patronos en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Obreros que rechazaban la caridad del Estado de beneficencia preindustrial y porfiaban por sus derechos, por conseguir lo que ahora disfrutamos desde las vacaciones y la jornada de ocho horas, hasta las ya citadas sanidad y educación. Era la solidaridad obrera. Aquellos obreros no querían ni oír hablar de la palabra caridad.

Conforme el capitalismo fue adquiriendo rostro humano, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y las conquistas obreras se fueron institucionalizando, es decir, cuando el Estado las fue incorporando a su acervo constitucional convirtiéndose en el Estado Social y Democrático de Derecho, la caridad fue perdiendo terreno. Si el ciudadano tenía derechos sociales y económicos, aparte de los civiles, no tenía sentido la beneficencia y la caridad, las personas tenían la protección del Estado, su bienestar no tenía por qué depender de particulares ni de instituciones privadas como las religiosas. Ideológicamente la solidaridad pertenece al Estado de Bienestar.

En este razonamiento lo que falla es que, a pesar del progreso económico de esta segunda mitad del siglo XX, seguía habiendo desigualdad social y un claro desfase entre medios y necesidades, con lo cual  aunque los derechos sociales eran recogidos por las constituciones más modernas y el Estado se erigía en Estado de Bienestar, seguía habiendo personas que no encajaban, personas abandonadas y necesitadas de ayuda, privada o pública.

A finales del siglo XX también la Iglesia católica se apuntó a la moda de la solidaridad, sin perder de vista su visión de la caridad como virtud teologal por supuesto, la doctrina social de la Iglesia incorporó el principio de solidaridad en la encíclica de Juan Pablo II “Sollicitudo rei socialis”. Esta encíclica la define como el conjunto de aspectos que relacionan o unen a las personas, la colaboración y la ayuda mutua que ese conjunto de relaciones promueve y alienta que deben partir de los valores evangélicos y que deben contribuir al crecimiento, progreso y desarrollo de todos los seres humanos. La solidaridad es necesaria, según este documento, especialmente para con los más necesitados sean países o personas.

Y ahora nos encontramos en un momento de transición, el milenio nos ha devuelto hacia atrás. Aquí, en nuestra casa, nuestra Constitución sigue teniendo el Título I Capítulo 3º en el que se habla de los derechos sociales y económicos pero cada vez más son papel mojado. Nuestro sistema económico, más global que nunca, nos impone la austeridad donde parece ser más fácil, sobre las personas más desfavorecidas, porque no son rentables cuando se busca la eficiencia económica como logro del beneficio a cualquier precio y no la mejor distribución de la riqueza. Se privatiza todo, por lo tanto también se privatiza la ayuda al otro, el que quiera ayudar que se lo pague.

Cuando era joven, la muerte prematura de mis padres me puso prácticamente en una situación de indigencia. Me pilló en una edad apta para el trabajo pero demasiado joven como para haber aprendido un oficio, en una época – la segunda crisis del petróleo - en la que el paro juvenil también alcanzaba cotas astronómicas, aunque bien es verdad que no llegamos a las cifras actuales.

Entonces no tenía yo preocupaciones filosóficas, la pregunta que me atormentaba era acerca de lo que comería al día siguiente, esto es lo que tiene la mera subsistencia, que mata a la filosofía. En esta situación, me salvó la amistad de los amigos de verdad, la magnífica solidaridad de unas cuantas personas, e, incluso, la bendita caridad de otras. El necesitado de verdad no se puede permitir el lujo de tener orgullo, lo único que realmente se puede permitir es aceptar la ayuda venga de quien venga y de la forma que venga, sea solidaria o caritativa.

Por lo tanto, si me preguntáis sobre si es mejor la solidaridad que la caridad os contestaré que prefiero la solidaridad, en eso estoy con la opinión generalizada, pero que la caridad no tiene para mí el sentido peyorativo que ha alcanzado, no por el trasfondo religioso que tiene que yo soy bastante descreído, sino porque – mientras el mundo sea tan desigual entre las personas de distinta clase y distinto país - lo importante realmente es ayudar. Pero también pienso que debe llamarse al pan, pan, y al vino, vino, y no disfrazar a la caridad tildándola de solidaridad. Eso sí que es una moda y un encubrimiento que tranquiliza conciencias pero contribuye a mantener el status quo.


Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo


Agradecimientos
A la asociación profesional Las Llaves de Oro de España de conserjes de grandes hoteles porque cuando falleció uno de ellos, mi padre, me demostraron  con creces su solidaridad cuando más lo necesitaba. En especial querría nombrar a su presidente de entonces Jaime Balmori.
A algunos amigos de mi padre ya fallecidos que me ayudaron a pesar de haber sido a sus ojos un jovencito incrédulo, sabelotodo e “izquierdoso”.
Y a mis amigos de toda la vida y sus familias, a los que no agobiaré con más dedicatorias pues ya han aguantado varias.


Notas:

(1)    Facundo Cabral fue un cantautor, poeta, escritor y filósofo argentino. Su multifacética obra, no exenta de fino humor, estuvo siempre guiada por la crítica social. Para obtener más información sobre su obra o vida pulsa aquí.
No me resisto a dejaros aquí una interpretación de Facundo Cabral


(2)    Carlos Marx acuñó el término “ejército industrial de reserva” si quieres más información puedes mirar aquí.
(3)    Emile Durkheim fue un gran sociólogo francés, considerado junto a Carlos Marx y Max Weber uno de los padres fundadores de la sociología como ciencia. Fue el que estableció la sociología como disciplina académica y probablemente fue el primer sociólogo funcionalista. Para obtener más información pulsa aquí.


Bibliografía

Diccionario de la Real Academia Española. Vigésimo segunda edición. 2001.
http://lema.rae.es/drae/

Teoría sociológica clásica. Tercera edición.
George Ritzer
McGraw-Hill
Madrid 2001

Wikipedia
La Enciclopedia Libre
http://es.wikipedia.org



Licencia Creative Commons

El Rumor




So lernt ich traurig den Verzicht
Keing Ding sei das Wort gebricht

Y supe con tristeza de la renuncia
Ningún rumor puede reemplazar a la palabra


Stefan George 1868-1933
Poeta alemán



Solemos ver a la Edad Media como una etapa de la historia sombría, bestial y decadente. Algo así como la adolescencia de la cultura occidental, mil años baldíos entre la caída del Imperio Romano de Occidente y la caída del Imperio Romano de Oriente a manos de sus respectivos bárbaros.

Y algo hay de verdad en esa visión, pero lo cierto es que se olvida que fue un período muy largo con luces y sombras, mucho más dinámico de lo que la cultura popular presupone, en el que hubo todo tipo de acontecimientos con múltiples contactos entre civilizaciones, muchos de ellos tuvieron una gran proyección hacia el futuro, sentaron las bases del desarrollo de la posterior expansión europea y del nacimiento de una incipiente vida urbana y una burguesía que con el tiempo desarrollaron el capitalismo. Que nos puede parecer en los tiempos que corren otra forma de opresión poco refinada, y lo es, pero que si lo comparamos con la sociedad feudal no deja de ser un progreso en el largo e inacabado – y a veces parece que inacabable - camino del ser humano hacia formas socialmente más avanzadas.

Así que en nuestra retina cultural se haya impresa la imagen de los autos de fe, de las luchas a sangre y fuego contra las mil herejías que se fueron sucediendo, de las cruzadas, de las persecuciones de brujas, de los pogromos. Se atribuye a esta época oscura el nacimiento de los pogromos. Los pogromos son linchamientos multitudinarios, espontáneos o premeditados, ejercidos por una población mayoritaria hacia un grupo particular, étnico o religioso, acompañado de la destrucción de sus vidas y de sus bienes, de sus casas, de sus negocios y de sus centros religiosos. El término hace referencia sobre todo a las persecuciones de los judíos que salpican la historia de todos los países europeos.

El sistema era siempre el mismo, en épocas de hambruna o de pestes o de cualquier otra calamidad pública las juderías se convertían en el chivo expiatorio de los gentiles. Alguien inventaba un rumor acerca del envenenamiento del agua por los judíos o que cocinaban bebés cristianos en nauseabunda manifestación de canibalismo o que secuestraban muchachas para la trata de blancas. Los prejuicios abonados durante siglos de difícil convivencia creaban el sustrato perfecto para la violencia. El virus del rumor estaba activado, el hecho de que los judíos prestaran dinero, tuvieran una religión diferente, fueran endogámicos y vivieran todos juntos en un mismo barrio hacía el resto.

Pero sería injusto dejar el dudoso honor de los pogromos a la Edad Media, aunque nos venga inmediatamente la imagen a la cabeza, hubo persecuciones antes, las hay documentadas durante el Imperio Romano y sabemos positivamente que las ha habido después, hasta nuestros días.

De hecho - no hace muchos años, ya pasado el holocausto de la Segunda Guerra Mundial - ocurrió un hecho terrible y poco conocido en la civilizada ciudad de París. Este suceso es un ejemplo de cómo un rumor puede activar una conducta violenta contra un grupo étnico y como un Estado moderno puede acallar la publicidad de un hecho como este con una eficacia terrible.

Para hablar de la masacre de París de 1961 hay que presentar al villano de la historia: Maurice Papon. Este hombre real parece sacado de una novela histórica cuyo cruel villano, en una situación convulsa, pasa de un régimen político a otro cometiendo tropelías siempre bajo la protección de los poderosos y cuando llega su fin te deja frustrado porque piensas que no ha pagado convenientemente por sus crímenes.

Papon tuvo una gran habilidad para borrar sus crímenes. Siendo secretario general del prefecto del departamento de la Gironda (Burdeos) durante el gobierno de Vichy (1), supervisó la deportación de 1.645 judíos franceses, muchos de ellos niños, que acabaron en los campos de concentración. Después de la liberación de Francia aparentó ser gaullista y se salvó de las depuraciones. En 1961 era el jefe de la policía de París cuando la masacre, que se ocultó al público general y se impidió su investigación. Entre 1978 y 1981 fue ministro del Gobierno francés y, entre 1981 y 1983 fue alcalde de una pequeña ciudad del centro de Francia, sin que su pasado le pasara factura hasta que el famoso semanario satírico “Le canard enchaîné” destapó el asunto de su colaboracionismo con los nazis. Después de 17 años de juicios, un tribunal le halló culpable de crímenes contra la humanidad y le condenó a 10 años de prisión que no cumplió en su totalidad porque lo excarcelaron debido a su avanzada edad. Buen currículo, un “angelito” que decía mi padre (2).

En octubre de 1961, los argelinos residentes en París llevaron a cabo una manifestación pacífica para protestar contra la represión en Argelia y pedir la independencia. Papon organizó una respuesta represiva maquiavélica, con perdón del pobre Maquiavelo. Hizo correr el rumor entre la policía de que los manifestantes habían asesinado a un gendarme. Y la policía actuó con una violencia inusitada, apaleó, disparó y arrojaron los cuerpos inertes al Sena. Dependiendo del historiador se cifran entre 40 y 200 los manifestantes asesinados. Hasta 1998 no se han obtenido datos oficiales que confirman la tragedia (3).

En ambos casos, en los pogromos y en la represión de París, se inventa un infundio, se hace correr mediante el boca a boca, es decir, se crea un rumor, y los estereotipos y prejuicios abonan una respuesta violenta.

La psicología social se ha ocupado del estudio del rumor,  de cómo y por qué se propaga, de hecho - según Páez y Marqués (4) - constituye uno de los pilares fundacionales de esta ciencia. En este artículo nos vamos a ocupar de dar un vistazo a lo que la psicología social nos dice acerca de los rumores.

La palabra rumor viene del latín y significaba ruido confuso de voces, acepción que sigue manteniendo la lengua castellana (5). Un rumor es un hecho, real o imaginario, o una creencia que se transmite oralmente como cierta, sin medios probatorios para demostrarla. El infundio de Papon se convirtió en rumor en el momento en el que se difundió boca a boca entre los agentes de policía, es decir, que para que haya rumor debe haber transmisión de la información.

Podemos destacar del rumor tres dimensiones, La primera sería si el mensaje asociado al rumor es cierto o falso. La segunda sería si el mensaje que encierra el rumor es positivo o negativo. Y por último, si el mensaje se difunde con una determinada intención o bien surge espontáneamente.

El rumor en los casos que hemos visto hasta ahora es claramente falso e intencional, pero también hay rumores ciertos, noticias adelantadas, es muy común en el caso de nombramientos y ceses en empresas e instituciones públicas. Puede incluso que un rumor con una clara intencionalidad negativa y, en principio falso, sea posteriormente verdadero. Como el rumor sobre Mitterrand, que citan Páez y Marqués, en el que se decía sin pruebas que estaba enfermo de cáncer con el fin de debilitar su posición política y luego resultó años después que era cierto y falleció de esta enfermedad. Más que rumor fue profecía.

A veces el rumor se lanza como sondeo para ver la respuesta social a una cuestión determinada, lo hacen los gobiernos antes de aprobar una medida impopular. Se lanza el rumor, se estudia la respuesta de la sociedad y luego se toma la decisión final en función de los resultados, si la respuesta es muy negativa y no merece la pena tomar la decisión se asegura que es un rumor y se desmiente.

La mayoría de los rumores son de contenido negativo. Según investigaciones realizadas durante la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los rumores se asocian a la agresividad, seguidos por aquellos cuya difusión se debe a la ansiedad o el miedo y unos pocos tienen contenido optimista o positivo. Una explicación sencilla de este hecho es que los estímulos negativos tienen un mayor peso en la percepción social - probablemente porque tienen mayor valor informativo, sobre todo, información relacionada con nuestra seguridad o nuestro confort - que los rumores con contenido positivo normalmente relacionados con el cotilleo o la mera curiosidad.

Igual que la luz se propaga por un medio, y la velocidad de la luz depende del medio por el que se difunde, los rumores se difunden por el medio social y dependiendo del estado ciertas propiedades de ese grupo social, se difundirán a mayor velocidad o simplemente no llegarán a propagarse. Páez y Marqués, citan a este respecto, las investigaciones de Allport y Portman y de Rosnow.

Los primeros entendían que los rumores circulan cuando hay problemas importantes para los sujetos y cuando existe ambigüedad informativa. Decían, sin mucha rigurosidad matemática, que el rumor era función del producto de la importancia por la ambigüedad, es decir, R = I x A.

Rosnow replanteó el problema, para él, los rumores circulaban en función de tres factores: la incertidumbre general, la credibilidad del rumor y la ansiedad.

La incertidumbre general se produce cuando hay un desconocimiento general en la sociedad de por qué se producen ciertos hechos. Yo recuerdo la incertidumbre generalizada que se vivió en el mundo cuando apareció el SIDA y se desconocían las causas, y cómo parecía ser un castigo divino a modo de Sodoma y Gomorra enviado contra los homosexuales y los drogadictos que eran poblaciones de riesgo de contagio por sus hábitos. Como no se conocen datos fidedignos sobre el hecho que preocupa a una sociedad, se construyen rumores que apaciguan esa necesidad. Otro ejemplo, que viví en primera persona, fue la gran cantidad de rumores que se produjeron durante la agonía y muerte de Francisco Franco, rumores y chistes.

Además se da el fenómeno en la actualidad de que los medios de comunicación son muy rápidos, Internet y sus redes sociales alcanzan difusiones virales y abarcan un gran espacio social, pero esa rapidez y abundancia de información genera áreas de ambigüedad y semiconocimiento, que se colman mediante rumores. En Twitter hay un vicio recurrente que consiste en decir que determinada persona ha muerto, se producen miles de retuits, cunde el rumor por el orbe y luego se deshincha con la misma velocidad que se difundió.

La credibilidad o certeza es la confianza en la veracidad del rumor. Las personas, cuando transmiten un rumor, pueden creer o no creer en su veracidad pero sólo lo transmiten si es posible o factible, si el rumor tiene un núcleo de verdad, pues en caso contrario no serían tomados en serio por sus interlocutores.

La  ansiedad que experimenta ante el rumor el que lo difunde es otro de los factores que favorecen la propagación. Según los psicólogos sociales la ansiedad es un estado afectivo asociado a la aprensión ante un hecho posible negativo o amenazante. De alguna forma cuando alguien comparte un rumor negativo comparte también la ansiedad que conlleva y siente alivio.

Respecto a la importancia del rumor, Rosnow la descarta, pero existen estudios que la relacionan con la difusión de rumores. Aunque, ¡oh sorpresa!, de manera inversa, es decir, a mayor importancia del rumor menor difusión del mensaje. La razón que se esgrime para explicar este curioso fenómeno es que cuando la información que lleva el rumor es importante para el difusor y tiene consecuencias directas para su futuro, lo más probable es que tenga cuidado con la difusión del mismo y no lo retransmita. Supongamos que una persona es candidata a un puesto, se cuidará de distribuir rumores, tanto positivos como negativos, que pongan en peligro su nombramiento.

Hay autores que piensan que el impacto social es otra característica  que favorece la difusión de los rumores. Al parecer, cuanto mayor es el número de sujetos que han influido sobre una persona mayor es la tendencia de ésta a retransmitir el rumor. Del mismo modo, ciertos estudios indican que más se cree en los rumores cuanto más se han escuchado en el pasado y parece que el efecto de mera exposición (6) también tiene su influencia en esto de los rumores. Finalmente, son los sujetos de mayor información y más integrados socialmente los que más reciben y retransmiten rumores. En la antigua Unión Soviética los miembros del la inteligentsia (7), incluso los dirigentes del Partido Comunista, son los que más difundían los rumores, más creían en ellos y menos confiaban en las fuentes oficiales, y esto pasaba independientemente de que estuvieran en contra o favor del régimen. Supongo yo que debía ser por su propia experiencia con los mecanismos de propaganda de su partido lo que les llevaba a la desconfianza de las fuentes oficiales.

En general, las fuentes oficiales están muy desacreditadas y tienen más poder los rumores que los desmentidos. Como ya se ha dicho, la psicología social nos dice que esto es explicable por la asimetría de impacto de lo negativo – el rumor amenazante – sobre lo positivo – el desmentido -. Pero es que además, hoy en día, en España, las encuestas señalan que las principales instituciones y los más importantes personajes están en los niveles más bajos de confianza. Basta que un representante de la oficialidad, un ministro por ejemplo, diga algo para que amplias capas de la población piensen en que se va a hacer lo contrario de lo que dice. En estas condiciones un rumor tiene mucho más predicamento que un desmentido.

Una vez visto cómo se propagan los rumores y qué es lo que ayuda a su propagación, nos falta contestar a una pregunta esencial, ¿qué función social cumple los rumores?. Bien, pues según distintos autores (8) los rumores cumplen diferentes funciones.

En primer lugar  estaría la función catártica, mediante la expresión verbal del rumor se descarga o alivia la emoción que el rumor provoca. Según Delumeau los rumores surgen en momentos de inseguridad colectiva, son una manifestación de una ansiedad generalizada y constituyen un primer paso del proceso de alivio que va a permitir a la colectividad desembarazarse del miedo. Ahora bien, en este punto, no hay acuerdo, hay evidencias empíricas que sugieren lo contrario, la transmisión del rumor aumenta el miedo. Estos últimos autores, como Rosnow, son partidarios de que el rumor, más que una función catártica, lo que busca es justificar un estado emocional de ansiedad, es decir, la emoción se expresa y se valida socialmente.

Otros autores justifican el rumor como una función de conocimiento. Se trataría de un esfuerzo por dar sentido, por explicar algún hecho para el que no existe una explicación, el rumor actuaría como un sistema para atribuir un significado a ese hecho problemático.

También se habla de una función pragmática. Los rumores actúan como una  justificación del comportamiento colectivo. Lo hemos visto cuando hablábamos de los pogromos, el miedo al enemigo o la rivalidad con otro grupo social lleva a la propagación del rumor para justificar los ataques.

Otra causa del rumor, más frívola si se quiere pero no menos real, es la excitación estética. El rumor rompe la rutina y transmite de forma socialmente aceptable una información novedosa y que produce un efecto dramático que permite al sujeto, ya sea emisor o receptor, sentir compasión o placer morboso o envidia ante el sufrimiento o el triunfo de alguien. En esta categoría entrarían los rumores sobre famosos o famosillos tan de moda en nuestro país.

Por último, los rumores cumplen una función orientada a defender la identidad grupal o social, en este sentido el rumor está emparentado con el estereotipo y el prejuicio. Los seres humanos estamos muy dispuestos a aceptar cualquier barbaridad que nos confirme nuestros pensamientos previos de los demás y a defender cualquier idea preconcebida que confirme la bondad de los nuestros y de nosotros mismos. El rumor es otra herramienta que tiende a reforzar esta característica. Es curioso un experimento que citan Páez y Marqués. A un grupo de portugueses se les contó una historia sobre los horrores cometidos por los colonizadores de ese país en Brasil, y a otro grupo equivalente se les contó la misma historia pero asociada a conquistadores españoles y en Uruguay. La historia debían contársela a un tercer grupo, es decir, se construía un rumor a partir de la historia original. El resultado fue que los sujetos omitían o reproducían menos la información negativa cuando ésta se refería a los portugueses y le daba mucha mayor credibilidad, la difundían mucho más cuando el rumor afectaba a los españoles.

Los seres humanos necesitamos interpretar la realidad. Si no tenemos visión completa nuestra mente reconstruye a partir de los datos que tiene una imagen completa. Es muy curioso un ejercicio visual que se distribuía hace algún tiempo por Internet, se trataba de un texto con las letras de todas las palabras cambiadas de orden, creo que se mantenía el orden de las vocales. Pues bien, cualquier persona normal es capaz de leer el texto sin problemas, nuestro cerebro reconstruye las palabras. El rumor es una herramienta para reconstruir la realidad cuando nos falta información. Esa realidad puede ser una frivolidad o un asunto vital. Pero independiente de esto, como herramienta que es, como un martillo, un bisturí o un ordenador, sin ser en sí misma un arma, puede ser utilizada como tal. Y ya hemos visto la de veces que se le ha usado de esa manera a lo largo de la historia.


Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo


Notas:
(1)    El gobierno de Vichy fue el gobierno títere que estableció el III Reich en Francia durante la ocupación. Para consultar más información al respecto pulsa aquí.
(2)    Si quieres consultar una biografía de Maurice Papon pulsa aquí. Si quieres consultarla en francés (mucho más completa) pulsa aquí.
(3)    Si quieres consultar más información acerca de la masacre de París pulsa aquí. Si quieres una información más completa pero en francés pulsa aquí.
(4)    La fuente principal que usado para este texto es el artículo de Darío Páez y José Marqués, “Conductas colectivas: Rumores, catástrofes y movimientos de masas”, dentro del libro “Psicología Social”, McGraw-Hill, Madrid 2000
(5)    El DRAE dice de la voz rumor:
    (Del lat. rumor, -ōris).
    1. m. Voz que corre entre el público.
    2. m. Ruido confuso de voces.
    3. m. Ruido vago, sordo y continuado.
(6)    El efecto de mera exposición, traté extensamente de este concepto en el artículo de mismo nombre en este mismo blog. El efecto de mera exposición consiste en el aumento de la disposición favorable de un sujeto hacia un estímulo neutral al aumentar la exposición repetida al mismo. La investigación básica de este efecto fue desarrollada por el psicólogo polaco-americano Robert Zajonc, que consiguió crear actitudes favorables hacia imágenes que carecían de significado para los sujetos, como sílabas sin sentido, ideogramas chinos o imágenes de personas. En la vida cotidiana, vivimos experiencias similares muy comunes. Por ejemplo, con la música, que suele gustarnos más cuando la hemos oído repetidas veces, por eso nos machacan en la radio con las mismas canciones. Lógicamente, si anteriormente ya existe una actitud negativa hacia el objeto, las exposiciones repetidas aumentan la negatividad de la evaluación. Por otra parte, la repetición exagerada de la exposición puede llevar a una especie de hartazgo que no favorecería, precisamente, los aspectos positivos de la actitud, sino todo lo contrario.
(7)    La intelligentsia o, en transliteración al español, inteliguentsia (del Latín intelligentia) es una clase social compuesta por personas involucradas en complejas actividades mentales y creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura, incluyendo intelectuales y grupos sociales cercanos a ellos. El término ha sido tomado del ruso интеллигенция (transliterado como intelliguéntsiya), o bien del polaco. Los dos, a su vez, derivaron de la palabra francesa intelligence. Al comienzo, el término se aplicó en el contexto de Polonia, Rusia y más tarde, la Unión Soviética, y tuvo un significado más estrecho basado en la autodefinición de una cierta categoría de intelectuales. Para más información pulsa aquí
(8)    Páez y Marqués citan a Allport y Postman, Delumeau, Rosnow, Sherif y Harvey, Marc, Emmler, Bercheid, Turner y Killian, Valencia, Morales y Ursúa.

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Al Este del Edén


Adán y Eva de Pedro Pablo Rubens, Museo del Prado, Madrid


Expulsó pues a Adán y puso querubines al este del Edén
Génesis 3, 24

Salió, pues, Caín de delante de Dios, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén
Génesis 4, 16

Haber nacido durante el nacionalcatolicismo (1) tuvo serios inconvenientes. Aparte de que nunca me llegué a recuperar del todo de la represión sexual originada en aquellos años, de la que no me curé incluso en los días de vino y rosas de la juventud, tuve que superar conflictos intelectuales y contradicciones lógicas que interfirieron en mi educación.

En mis tiempos parvularios la historia sagrada y el catecismo eran las asignaturas más importantes, más que el estudio de las ciencias naturales o de la aritmética. El catecismo, por ejemplo, me sumía muchas veces en un estado de profunda confusión. Aún hoy, pasados casi cincuenta años, me acuerdo todavía de que el demonio era uno de los enemigos del hombre y recuerdo que esto podía entenderlo perfectamente. Ya me habían hablado lo suficiente del Diablo como para entender que estuviera clasificado como enemigo por méritos propios. Pero mi capacidad de comprensión quedaba anulada cuando analizaba por qué eran también enemigos del alma “el mundo” y “la carne”.

Tengo un débil recuerdo de haber estado mirando el globo terráqueo que mi hermano tenía encima de su mesa de estudio, preguntándome que es lo que tenía de malo ese planetita tan acogedor del que mi padre decía que los antiguos pensaban que era cuadrado.

Pero con respecto a la carne todavía tenía más problemas de entendimiento pues la carne era mucho más próxima a mi experiencia diaria que el Diablo o el mundo. ¿Cómo podían ser enemigos del hombre aquellos filetes de ternera que preparaba con tanto tino profesional nuestra cocinera Goya?. Y es que, a pesar de haber sido un niño bastante preguntón y haber removido Roma con Santiago para obtener una respuesta, ningún adulto tuvo la bondad de abrirme los ojos con otros significados de la palabra carne. Y no fue por falta de adultos a mano, aparte de mi familia había varios empleados en el hostal donde vivíamos, huéspedes opositores a aduanas y un profesor de filosofía de la Universidad Complutense. Simplemente esas cosas - en la España de los sesenta, en un lugar en el que los bebés no los traían las mamás sino las cigüeñas desde París - no se contestaban a los niños preguntones.

Con la Santísima Trinidad tuve menos problemas de aceptación. Al tener el pensamiento mágico de los niños pequeños, no me costaba nada aceptar que Dios, que todo lo podía, pudiera ser uno y tres al mismo tiempo, aunque se diera la conducta extravagante de que uno de ellos fuera una paloma, de haber dependido de mi habría elegido ser un águila que es ave de mayor fundamento heráldico. Con este dogma, tuve más problemas de entendederas cuando fui más mayorcito.

Pero lo que más quebraderos de cabeza me dio fue el asunto de Adán y Eva. Y mira que pregunté. No en el colegio, allí mantuve un cauto silencio pues los debates teológicos podían conllevar el coscorrón del cura, sino en casa, con mi madre – muy devota de la Esperanza Macarena dicho sea de paso – que era la encargada de satisfacer mi curiosidad religiosa. Lo cierto es que aquello me encantaba, esos momentos de acercamiento a mi madre jamás los olvidaré.

De toda la historia de Adán y Eva era el asunto de la manzana el que no conseguía entender. Podía aceptar que el diablo tomara la forma de serpiente, podía llegar a asimilar que Eva fuera creada a partir de una costilla – “desde entonces nos han dado la lata” decía mi padre – porque qué iba a hacer Adán solo, podía aceptar la creación del mundo en siete días con descanso dominical incluido, pero, ¡tal discordia entre los hombres y Dios por una única manzana!.

Por esa manzana la mujer quedó marcada para toda la historia, por esa manzana las personas tuvieron que ganarse el pan con el sudor de su frente, por la dichosa manzana teníamos que sufrir la gripe y la varicela – que como picaba la puñetera -, por el fruto prohibido el mal vino al mundo, es decir, por esa manzana tenemos que aguantar a gentes como los Rajoy y los Merkel. Por esa manzana heredábamos el pecado original de Adán y Eva cuando nacíamos y si te morías antes de ser bautizado ibas a un sitio llamado limbo que era una especie de suspensión en el espacio-tiempo sin poder ir a ninguna parte. Por esa manzana, Dios tuvo que hacerse hombre, habitar entre nosotros y dejarse crucificar. ¡Todo esto por una manzana!. ¡Pero si ni siquiera llegaron a talar el árbol, pero si sólo era una manzana!.

Mi madre nunca consiguió convencerme de que esta historia tuviera sentido. Hubiera sido más fácil para Dios otro castigo. Recursos y soluciones tenía, y más siendo omnipotente. Sobre todo, podía haber pensado en un castigo que recayera sólo sobre los culpables. Algo así como una expulsión temporal del paraíso. Seguro que si Dios les hubiera enviado seis meses a respirar el aire de cierta oficina de la calle Génova como becarios o un mes a la vendimia dejándose los riñones entre vides, con lo bien que vivían en el Edén, seguro que hubieran dejado de lado el negocio de las manzanas prohibidas por siempre jamás.

Y yo no podía entender esta historia porque pretendían meterme en el coco una interpretación literal de lo que decía el Génesis. Confundían ser niño con ser tonto. Si me hubieran dicho que se trataba de una historia moral, de un cuento – como tantos otros que me contaban por aquella época - escrito hace miles de años, basado en tradiciones orales todavía más antiguas, para ilustrar la necesidad de obedecer al padre y al marido al tiempo que se daba una explicación al origen del mundo acorde con la época en que se escribió, hubiera sido mucho más fácil de entender para mí. Lo que intentaron inculcarme fue cierta visión fundamentalista de la Biblia.

Este fundamentalismo, digamos clásico, de la Iglesia nunca se ha llamado fundamentalismo, porque quizás no lo ha llegado a ser nunca en sentido estricto, en general se le ha denominado magisterio. La Iglesia ejerce el magisterio sobre los fieles en cuestiones de fe. Las discusiones teológicas quedan para los doctores de la Iglesia y los resultados de los sínodos, concilios y conciliábulos se explican a los fieles en las misas, en las publicaciones a ellos dirigidas y a través de las explicaciones de los sacerdotes. Siempre se ha explicado la Biblia, al menos la explicación oficial, pero nunca se ha potenciado la lectura y discusión sobre la misma, como ocurría entre los protestantes, no fuera que alguien llegara a pensar por sí mismo. No recuerdo  haber tenido que llevar la Biblia a clase en mis cinco años de bachillerato en el colegio Salesiano.

Pero, ¿qué es el fundamentalismo en realidad?. El politólogo Thomas Meyer dio una definición de fundamentalismo después de estudiar un fenómeno muy parecido en diversos ámbitos religiosos. Para él, el fundamentalismo es un movimiento de exclusión arbitrario, una tendencia opuesta al proceso de apertura general del pensamiento, una tendencia enemiga a las formas de vida sociales y, por ende particulares, que caracterizan la modernidad. Y a cambio ofrece, un sostén firme, un auxilio permanente y una orientación incuestionable.

El fundamentalismo tuvo su origen en un movimiento religioso estadounidense, que agrupaba distintas confesiones protestantes, en un momento a caballo entre los siglos XIX y XX. El disparador fue el progreso científico en general y la teoría de la evolución de Darwin de manera particular, verdadera bestia negra de estos movimientos por ir directamente contra la línea de flotación del creacionismo bíblico. De una manera personal, yo viví esta tensión cuando en el colegio se me explicaba de forma literal la historia de Adán y Eva y, al llegar a casa, tenía el álbum de cromos Maga de ciencias naturales, en cuya portada se veía a un neardental y como fondo un violento volcán en erupción.

Este movimiento logró alcanzar un consenso respecto a algunos hechos religiosos fundamentales (2), de ahí le viene el nombre, en la década de 1920. El movimiento desde entonces ha pasado por diversas fases, con divisiones y reagrupaciones, alternando fases con capacidad de influir en la política norteamericana y fases de menor prestigio e influencia. Desde la década de 1970, la alianza entre el fundamentalismo antimodernista y los modernos medios de comunicación, ha provocado un renacer del movimiento que ha protagonizado un salto importante hacia la política norteamericana. Los analistas electorales atribuyeron la sorprendente victoria de Ronald Reagan en las elecciones presidenciales de 1980 a que los telepredicadores fundamentalistas hubiesen conseguido movilizar a todo el sector protestante de la derecha más conservadora. Y a partir de entonces ha habido una estrecha alianza entre los presidentes republicanos y los sectores protestantes de esa derecha ultraconservadora, que en su última edición se agrupan en torno al famoso “Tea Party”, aunque éste no sea en sí mismo un movimiento religioso.

De esta forma vemos que habría dos definiciones de fundamentalismo, la de Meyer centrada en un tipo genérico de movimientos religiosos de carácter extremo aplicable a cualquier religión y, la original, que hace referencia a un movimiento religioso concreto de carácter protestante, con gran influencia en Estados Unidos, que se organiza en torno a una interpretación literal de la Biblia.

La influencia que el fundamentalismo protestante ejerce en el ámbito europeo es limitada. Su campo de actuación preferente son los círculos protestantes evangélicos y pietistas (3) sobre todo en Alemania con actividades relacionadas con alternativas al sistema escolar mediante la creación de escuelas bíblicas y algunas emisoras de radio sin la influencia que tienen en los Estados Unidos.

En el catolicismo ya hemos hablado de que no existe el fundamentalismo como tal, al menos en su definición clásica, pero la llegada del papa Juan Pablo II implicó un incremento en la influencia de ciertos movimientos religiosos de carácter integrista, de vuelta a los ritos del pasado anteriores al Concilio Vaticano II, de antimodernismo que muy bien podrán calificarse de fundamentalistas y que iban mucho más lejos que la política oficial vaticana que se alineaba en lo posible con la visión oficial de la ciencia (4). Kienzler cita a los tradicionalistas de Lefebvre, la Hermandad de St. Petrus, la Obra Angélica y el Opus Dei, entre otros.

Y en las religiones no cristianas, ¿hay fundamentalismos?. Se habla de fundamentalismo islámico y con razón. Al igual que pasa con los cristianos el tradicionalismo musulmán se ha visto cercado por un mundo moderno que daba explicación a casi todo lo que antes explicaba la fe, con el agravante de que esa ciencia inexorable pertenece a la cultura occidental que para ellos es colonial e imperialista. 

Esta identidad entre lo moderno y Occidente se ha aunado en estos movimientos religiosos con una fuerte implicación política cuyo último objetivo es establecer un Estado teocrático islámico sobre la tierra. En el programa político-religioso de estas organizaciones está presente la idea de revitalizar el orden jurídico tradicional marcado por la sharia (5), que a los occidentales nos parece cruel y medieval, sistema legal y modo de vida muy vinculado a la interpretación literal del Corán, a una vuelta a los orígenes del Islam en la época dorada de Mahoma y al rechazo frontal a cualquier tipo de influencia racional y liberal que tuviera su origen en Occidente.

El caso es que desde la revolución islámica en Irán a finales de los años ’70, protagonizada por la figura carismática del ayatolá Jomeini, se ha producido un resurgimiento espectacular del islamismo a lo largo del mundo – cuando parecía que el Islam presentaba síntomas de liberalización y agotamiento - desde Malasia hasta Senegal, desde Afganistán hasta las grandes ciudades europeas en las que viven millones de inmigrantes musulmanes, con múltiples conflictos, guerras y actos de terrorismo que todos tenemos en mente.

También por aquellos años ’70 se produjeron transformaciones sociales importantes en el Estado de Israel. La inmigración masiva de nuevos contingentes de judíos procedentes de la Unión Soviética y el norte de África cambian la composición demográfica del país. Por primera vez el Partido Laborista, principal artífice del Estado de Israel, queda apartado del poder por el Likud, un bloque ultraconservador de inspiración religiosa. De esta forma, los grupos religiosos, de los que durante mucho tiempo se pensó que no tenían importancia política, obtienen un impulso desconocido.

La religión judía se caracteriza por la máxima de que las escrituras sagradas deben “discutirse”, en cambio, los grupos fundamentalistas judíos se niegan a seguir debatiendo e intentan que su visión rigurosa sobre los principios y observancias ultraortodoxas de su religión tengan validez general (6). Los grupos religiosos del judaísmo ortodoxo, a cambio de su apoyo a los grupos políticos de derechas, no pedían carteras ministeriales sino una mayor rigurosidad en la observancia de las leyes religiosas. Y, muy probablemente, el conflicto árabe-israelí tiene mayor enconamiento si cabe, por la acción de estos grupos.

El cristianismo - en sus formas católica y protestante -, el Islam y el judaísmo no son fundamentalistas per se. Se pueden vivir y practicar de otra manera, sin caer en el fanatismo. La Biblia, el Corán y la Torá pueden tener otras lecturas que no son la interpretación literal de lo que dicen.

Curiosamente, cuando se cae en posturas fundamentalistas en todas las religiones, éstas se parecen enormemente. Son reacciones viscerales ante un mundo moderno que no entienden, por el que se sienten amenazados, cuya peor manifestación – en todas sus formas – es la intolerancia hacia las ideas, la forma de ser (7) y las creencias de los demás.

Los fundamentalismos no me gustan. Siempre he tenido dudas sobre casi todo, no he sido hombre de certezas, la única certeza que tengo – casi matemática – es que no tengo respuesta para todas las preguntas. Pero, al contrario que les pasa a otras personas, la duda no me angustia, sino que es un acicate para saber y comprender más cosas. Quizás de esa angustia vital de algunos venga esa necesidad de asirse a unos fundamentos claros y seguros aunque no tengan ninguna justificación racional. Gracias a Dios- al menos aquí y ahora, no puedo decir que de esa agua no beberé - no tengo esa necesidad.


Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo



Notas:

(1)    El nacionalcatolicismo es la denominación con la que se conoce una de las señas de identidad ideológica del franquismo, el régimen dictatorial con el que Francisco Franco gobernó España entre 1939 y 1975. Su manifestación más visible fue la hegemonía que tenía la Iglesia Católica en todos los aspectos de la vida pública e incluso privada.
(2)    Los principios teológicos o cinco puntos fundamentales del movimiento son:
  • Infalibilidad de las Sagradas Escrituras (en el caso del catolicismo la infalibilidad es atribuida al Papa)
  • Nacimiento virginal de Jesucristo
  • Sacrificio del redentor en nombre de la humanidad
  • Resurrección de la carne
  • Regreso de Jesucristo para establecer su reino milenario sobre la tierra previo al juicio final   
(3)    El movimiento pietista es una variante de la religión luterana con especial dedicación al estudio y discusión de la Biblia
(4)    Por poner un ejemplo de alineamiento con la ciencia, está el reconocimiento por parte de la Iglesia de la teoría del Big Bang. Al parecer fue Pío XII el que se mostró de acuerdo con dicha teoría, aunque el reconocimiento oficial vino mucho más tarde. Probablemente no fuera ajeno a este hecho la labor del padre Georges Lemaître, que aparte de sacerdote era físico y matemático, del que Einstein dijo que era el que mejor había entendido su teoría de la relatividad y considerado uno de los padres del Big Bang. Lemaître dejó escrito:
“Yo me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha inducido jamás a cambiar de opinión”.
Pues bueno, este señor en mi modesta opinión no tenía nada de fundamentalista. Pero lo que no acabo de entender es porque si en los años ’50 estas cosas se discutían en el seno de la Iglesia a mi me seguían explicando la historia sagrada en sentido literal diez años después y más tarde. ¡Ay el magisterio de la Iglesia!.
(5)    La sharia es Sharia al Islamiya (transliterado del árabe شريعة إسلامية šarīʿa -"vía o senda del Islam"-, hispanizado charia -aparece muy frecuentemente como sharía-) es el cuerpo de Derecho islámico. Constituye un código detallado de conducta, en el que se incluyen también las normas relativas a los modos del culto, los criterios de la moral y de la vida, las cosas permitidas o prohibidas, las reglas separadoras entre el bien y el mal. En los medios occidentales se la identifica como ley musulmana o ley islámica. Sin embargo, su identificación con la religión es matizable: aunque está en el Islam, no es un dogma ni algo indiscutible (como lo es el texto del Corán), sino objeto de interpretación.
Denota un modo de vida islámico que es más que un sistema de justicia civil o criminal. Como una cuestión de conciencia personal y guía moral de conducta, la sharia está adoptada por la mayoría de los creyentes y practicantes musulmanes, en distintos grados; pero, a diferencia de las orientaciones morales de la Biblia para los cristianos, no sólo constituye un código religioso de orientación vital, sino que codifica específicamente la conducta y rige todos los aspectos de la vida.
(6)    Los principios del movimiento ortodoxo judaíco son:
  • Ley del sábado: el día festivo judío
  • Ley Kosher: sólo se pueden ingerir alimentos que siguen este rito en casa y establecimientos públicos
  • Ley del retorno: que los inmigrantes judíos pasen un severo control ortodoxo es la única manera de obtener la nacionalidad israelí.
  • La ley del matrimonio. O prohibición de contraer matrimonio de un judío con un no judío.
  • Prohibición de autopsias y transplantes
(7) La vida de las mujeres y de los homosexuales, por poner dos ejemplos, no son fáciles en estas comunidades.
Nota final: Al Este del Éden es una novela de John Steinbeck y de una película de Elia Kazan, basada parcialmente en la novela, protagonizada por el mítico James Dean que hace una soberbia interpretación.

Bibliografía:

Klaus Kienzler
El fundamentalismo religioso
Ciencia Política
Alianza Editorial
Madrid 2002


Pequeño homenaje a Georges Lemaître



In memoriam

En recuerdo de mi madre, Francisca Martínez Vidoy (1926-1981), quien mereció una vida mucho mejor, con menos enfermedad y sufrimiento, y en recuerdo de aquellas tardes pacíficas en las que me enseñaba historia sagrada con el amor que sólo una madre sabe dar. Ojalá esté – como ella creía – en el cielo a la derecha del Padre y al lado de mi padre, rogando por su descreído hijo. Hizo sobrados méritos en vida para merecerlo.


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My tailor is rich




El primer título que surgió de mi cabeza para este artículo fue “odio cortésmente a la lengua inglesa”, pero luego me pareció mejor elegir una de esas frases que se repiten en los métodos de aprendizaje estilo “la plume de ma tante” o “yo me llamo Francis Matthews” o “einige kinder werfen einige steine (1). Y me acordé de la famosa escena de la película de humor de Louis de Funes, “El gendarme en Nueva York” (2), en la que el gendarme da una clase magistral de inglés a sus compañeros de armas, mientras se hallan de viaje en un trasatlántico que les lleva a la célebre metrópoli norteamericana. “Your flowers are beautiful”, “My Taylor is rich” repite para que sus colegas aprendan la esquiva y difícil pronunciación inglesa.

Los protagonistas del filme son franceses, pero la escena podría estar suscrita por españoles, cambie usted a los gendarmes por guardias civiles, al gran actor francés Louis de Funes (3) por el no menos grande José Luis López Vázquez (4) y la situación cómica no variaría ni un ápice.

E iba a llamarle “Odio cortésmente a la lengua inglesa” porque por un lado, aprender una lengua extranjera es un ejercicio muy costoso en esfuerzo personal, tiempo y dinero, y por otro lado, el inglés es la lengua franca por excelencia, es el latín del siglo XXI y es obligatorio conocerla si quieres ser alguien en la vida. Esto la hace odiosa.

El inglés no ha sido siempre la lengua universal, cuando era yo pequeño todavía se enseñaba francés en el colegio. El francés fue la lengua de la “Belle Époque”, de la hostelería y de la gastronomía de lujo, de la diplomacia, de la clase alta que soltaba eso de que hay que ser “comme il faut” o este vestido es muy “chic”. El relevo lo tomó el inglés probablemente por el irresistible ascenso de los Estados Unidos a superpoder mundial unido a la enorme influencia del Imperio Británico y su “Commonwealth” en el comercio y la política internacional. Cómo en España todo llegó tarde, la ola del inglés llegó en los setenta.

Y parece ser que anteriormente, en los tiempos de los tercios, la gente – por esas tierras de Dios - procuraba aprender castellano  porque el poder militar y económico lo detentaba aquella monarquía hispánica de los Austria, echada a perder en su propia salsa endogámica. Y, antes aún, con el influjo de la Iglesia en todos los órdenes de la vida y unas lenguas romances sin el prestigio suficiente, era el latín la lengua franca, que ahora sobrevive tan solo en el Vaticano, en la biología y la botánica a la hora de clasificar a los seres vivos y en algún latinajo suelto que queda en el mundo del derecho.

El caso es que parece que siempre hubo una lengua predominante que era interesante conocer si querías medrar y progresar, pero nunca fue tan necesario como lo es actualmente, debido a que vivimos en una sociedad global y quien más y quien menos se ha de batir en aguas internacionales.

Si la cosa sigue así, probablemente tendremos que aprender chino. Menos mal que yo ya voy siendo mayor y no me tocará aprender una lengua tan radicalmente distinta de la mía. Si no puedo con el inglés me imagino que sería mucho peor darle al mandarín.

Personalmente las dos cosas que más me cuestan del inglés son la pronunciación y los “phrasal verbs”. Viniendo de una lengua materna con cinco vocales - a, e, i o, u – pasar a pronunciar las veinte que tiene la lengua inglesa es todo un martirio, nunca llegas a pronunciarlas bien.

Además, cuando te encuentras una nueva palabra, no tienes ni idea de cómo pronunciarla. En español es fácil, se lee como se escribe, más o menos, pero en inglés no tienes ni idea de cómo se pronuncia hasta que no las oído. Pero lo malo es que estoy convencido de que los propios angloparlantes tampoco pueden, estoy persuadido que ante la pronunciación de una palabra de nuevo cuño deben esperar al dictamen de alguna autoridad lingüística – privada por supuesto, ¡estamos hablando de anglosajones! - que indique cual es la manera correcta de hacerlo. Tengo la sospecha de que existe un comité secreto en Oxford o Cambridge y otro probablemente en Estados Unidos, que deciden cómo pronunciar correctamente los nuevos vocablos.

Pero si difícil es pronunciar, entender lo que los nativos dicen es una labor ímproba. Al pronunciar una frase los angloparlantes se comen sílabas que deberían decir, enfatizan unas palabras y otras las medio dicen como yendo de pasada, como si no fueran importantes y, por último, he observado que ponen comas fonéticas donde no hay comas ortográficas en un alarde de mala voluntad.

Cuando hablan contigo, no tienen en cuenta tus dificultades, he visto pocos angloparlantes con la suficiente caridad cristiana como para que, al darse cuenta de que no posees el nivel de inglés del que presumes en tu currículo, hable lentamente y vocalizando. Debe ser cosa de su fe protestante, los católicos no hacemos esto, cuando nos encontramos a un “guiri” preguntando dónde está la plaza de toros hacemos unos considerables esfuerzos para entender sus balbuceos en castellano e incluso levantamos la voz y hacemos grandes aspavientos porque creemos que así nos entenderán mejor. Luego cuando vuelven a casa nos tachan de alegres locos amantes de las corridas de toros.

En cuanto a los “phrasal”, qué decir. Es un ingenioso sistema para inventarse nuevos significados sin inventarse nuevas palabras. Consiste en acompañar un verbo conocido con una preposición que le cambia completamente el significado. “To get”, en su significado más general, es conseguir u obtener pero lo puedes acompañar de todas las preposiciones posibles y consigues decenas de significados diferentes, por ejemplo, “to get away” es hacer una escapada o “to get away with” es salir bien parado o librarse y así hasta el paroxismo. Un galimatías, fácil sólo para los que aprendieron la lengua de bebés, para comunicarte eficazmente mejor búscate la palabra de raíz latina equivalente que hay muchas.

Por otra parte es el inglés una lengua muy onomatopéyica, ¿en qué lengua civilizada “to boo” significa abuchear o “to crash” estrellarse?. Esta propiedad junto con su versatilidad y la capacidad para inventar nuevos significados y nuevas palabras, hacen del inglés una lengua muy dinámica, muy adaptada a los tiempos en que vivimos, buena para el rock’n roll, para los lenguajes de programación o para el intercambio comercial.

El caso es que, al menos para mi generación, el inglés siempre ha sido una asignatura pendiente. Parece que las nuevas cohortes de población están más adaptadas – la generación de españoles más preparada dicen, aunque yo creo que no están preparados para lo que se les viene encima, nadie lo está – pero sigue habiendo grandes lagunas en esto de los idiomas. Una vez viendo “El club de la Comedia” (5) el monologuista aseguraba que existía un “campo de fuerza” en España que impedía que aprendiéramos lenguas extranjeras y que este campo funcionaba en ambos sentidos, es decir, que no sólo impedía a los españoles aprender inglés sino que también impedía que los extranjeros aprendieran español por muchos años que llevaran residiendo entre nosotros, como ejemplos citaba a la Reina Sofía y a Johann Cruyff. No le faltaba mala baba al monologuista. Yo habría añadido que no nos deja muy bien parados el hecho de que nuestros presidentes del Gobierno no hablan idiomas extranjeros desde Felipe Gonzalez, que se defendía en francés.

No sé si tenemos un campo de fuerza antiidiomas pero sí que tenemos un terrible miedo al ridículo que nos atenaza, que nos impide o nos hace muy difícil lanzarnos a hablar aun cuando sepamos bastante inglés como para comunicarnos. Yo lo achaco a esa ética del hidalgo que nos lleva a un especial concepto del amor propio que nos pierde un poquito. Hablé de ello en el artículo “Las tres ideologías básicas del Homo Hispanicus”.

Richard Vaughan, empresario norteamericano afincado en España e impulsor del canal de televisión “Aprende inglés TV”, en su libro “Si quieres, puedes”(6), sitúa al sistema educativo español como principal responsable del atraso español en esto de los idiomas. Para él, el secreto de los países donde sí se palpa un excelente dominio del inglés es sencillo. Su sistema educativo pone énfasis en el tema desde preescolar y vuelca sus esfuerzos en el inglés hablado y auditivo en vez de comenzar por la gramática.

En los últimos años se está realizando un notable esfuerzo en ese sentido pero quizás, por un efecto pendular, a veces me parece que nos estamos pasando. Una vez pregunté qué pensaba acerca del aprendizaje del inglés en las escuelas españolas, al psicólogo y educador mexicano Isauro Blanco, que llevaba ya un tiempo siendo el director del Colegio Balder de Madrid (7) y que ya conocía el panorama educativo español como conocía el mexicano y el norteamericano. Me dijo que había mucha preocupación por parte de los padres pero todavía había poca obligación de aprenderlo en comparación con el caso de México, en el que la presión laboral era muy fuerte debido a la dependencia respecto del vecino de norte.

Para Blanco, la obligación de aprender un idioma es el motor más importante para aprenderlo efectivamente. Cuando alguien se va a vivir al extranjero lo que hace que el aprendizaje del idioma local sea muy rápido es la necesidad de comunicarte. Según Blanco, los españoles todavía estaban en un entorno muy protegido idiomáticamente, en el que la mayoría de las actividades profesionales no exigían el uso del inglés, aunque si era un factor importante que marcaba una diferencia en el mercado laboral. Por lo tanto era cuestión de tiempo que solucionáramos el problema, la propia tozudez de la vida moderna nos iba a llevar a un estado de necesidad al que nos dirigíamos progresivamente.

Aún así, la preocupación de los padres, a la que no es ajena esta frustración generacional de la que hablaba en párrafos anteriores, había impulsado una extraordinaria proliferación de colegios bilingües o la concesión, por parte de los colegios que no lo son, de un gran número de horas dedicadas al inglés en detrimento de otras asignaturas tan básicas como las matemáticas o la lengua. De tal forma que se podría correr el riesgo de convertir, dicho de una manera exagerada, a los colegios en escuelas de angloparlantes con analfabetismo funcional en otras materias. Así que, inglés si, pero no en detrimento de las matemáticas. E inglés si, pero pretender ser bilingüe a veces es una pretensión desmedida, como dice Vaughan, el inglés necesario es el inglés suficiente como para cerrar contratos.

El programa que propone Vaughan para conseguir superar esta asignatura pendiente nacional consistiría en solucionar los siguientes problemas:

  • El inglés es una “maría” entre las asignaturas de las carreras universitarias.
  • Los profesores de inglés en el sistema educativo no tienen, en general, un buen dominio de la lengua.
  • Los medios audiovisuales importados se doblan al castellano.
  • El Estado impone un sistema basado en la gramática, no en el lenguaje hablado/auditivo.
  • Los universitarios se centran en su carrera, posponiendo el inglés para después.

Esta obsesión por el inglés no queda circunscrita a la educación, abarca a otras áreas de la vida en las que tal obsesión no está tan justificada. El prestigio social de la lengua inglesa queda patente en los nombres de los negocios, en los que el genitivo sajón brilla con luz propia incluso mal aplicado gramaticalmente. “Bed’s” es una tienda de ropa de cama, ¿cuántos bares o discotecas se llaman “Pepe’s o Paco’s”?, ¿cuántas empresas de la trama Gürtel tenían nombres en inglés?, ¿a cuántos productos se le pone nombre inglés?.

Y no sólo los nombres de los negocios, los nombres de los cargos en las empresas están sometidos también a esta moda del inglés. Casi no hay empresas que no pongan en inglés las funciones del su personal, incluso cuando se trata de empresas nacionales sin intereses fuera de España.

Se ven cosas del estilo de “Manager Business Development & Sales”, esta perla es de una empresa de Barcelona, el señor claro está es un comercial; o bien, “Service Manager. Professional Services”, de una empresa de Madrid y todavía no he conseguido saber  a qué se dedica, o bien, “Technical Advisor. E-Business Division” de una conocidísima empresa comercial española. Estos son cargos reales, no me los he inventado, los he tomado de las 10 primeras tarjetas de mi tarjetero. Pareciera que si no se escribe el nombre del negocio o el cargo que desempeñas en inglés, el negocio o la persona no son importantes.

Para las tarjetas de visita o firmas en correo electrónico existe una solución elegante si la empresa se mueve en el ámbito internacional. En el caso de las tarjetas es poner el cargo en español en el anverso y su traducción en el reverso, dos tarjetas de visita en una. En el caso del correo electrónico es escribirlo en ambos idiomas usando tipos de letra diferente, por ejemplo, normal en castellano y en cursiva en inglés.

Esta influencia de la lengua inglesa trufa los textos y las conversaciones en castellano de expresiones en inglés, como antaño no había texto legal o filosófico que no fuera trufado de latinajos. Decimos “Hacer jogging” o “Fulanito tiene muy buenos skills” en vez de decir “Corro 10 kilómetros todos los días” o que “Fulanito es muy bueno haciendo tal cosa”. O directamente mezclamos las dos lenguas añadiendo a la palabra castellana la terminación inglesa del gerundio como “puenting” o “gruing” o, lo que dice algún cachondo que conozco, que habla de “tapping” cuando propone irse a tomar unas cañas de cerveza y unas tapas.

En cuanto a texto que a base de meter términos ingleses acaba por perder sentido en español y en inglés  basta, a modo de ejemplo, el siguiente, al que no he añadido ni un punto ni una coma, que me llegó la semana pasada por correo electrónico remitido desde una empresa de Madrid: “Cuando la plataforma entre finalmente en producción se solicitarán los cambios mediante ticket porque por parte nuestra la transición ya concluyó y se hizo el handover a Operaciones… aunque no esté 100% viva, no es posible mantener los servers durante meses en Delivery”. Estupendo, no entiendo nada.

Así que hemos de concluir que es muy importante hablar inglés, qué quizás no sea tan importante llegar a ser bilingüe y que si ya has alcanzado una determinada edad llegar a ser bilingüe es una quimera. Que debemos mejorar el sistema educativo sin llegar a caer en la obsesión. Que debemos soltarnos, no debemos dejar que el miedo al ridículo nos atenace y nos condene a la incomunicación. Que debemos respeto a nuestra lengua y, sin fanatismos, no debemos caer en el esnobismo de acudir a la mínima a términos ingleses cuando tenemos palabras en castellano que son perfectamente utilizables. Resumiendo, debemos aprender inglés con naturalidad sin dejar de odiarlo cortésmente.


Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo y... eterno estudiante de inglés



 Famosa escena de Louis de Funes y "my tailor is rich"


Notas:
(1)    Esta frase en alemán significa: “algunos niños tiran algunas piedras”. Era una frase que oí muchas veces cuando mi hermano estudiaba alemán y conectaba el casete de su método.
(2)    “El gendarme en Nueva York” es una película francesa de 1965 protagonizada por Louis de Funes y dirigida por Jean Girault que cuenta las vicisitudes de un grupo de gendarmes franceses que acude a un congreso internacional de policías en la urbe norteamericana.
(3)    Louis de Funes (1914-1983) fue un actor cómico francés de origen español con notable vis cómica. Si estas interesado en su biografía haz clic aquí
(4)    José Luis López Vázquez (1922-2009) gran actor español que recuerda en alguna de sus películas un estilo parecido al de Luis de Funes. Aunque tiene una notable filmografía y participó en obras de teatro de gran contenido dramático. Si estás interesado en su biografía haz clic aquí
(5)    “El club de la Comedia” es un famoso programa de la televisión española cuya fórmula consiste en que varios actores cómicos lanzan un monólogo en un teatro ante el público invitado. Si estás interesado en obtener más información haz clic aquí
(6)    “Si quieres puedes”, Richard Vaughan, Editorial LibrosLibres, Madrid 2008.
(7)    El Colegio Balder es un colegio privado de Las Rozas, ciudad situada en la zona metropolitana de Madrid al noroeste de la capital. Si estás interesado en obtener más información haz clic aquí.

 

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