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La Teoría de la Disonancia Cognitiva



Tigranes II el Grande

El primer mensajero que dio la noticia sobre la
Llegada de Lúculo estuvo tan lejos de complacer a
Tigranes que éste le cortó la cabeza por sus dolores
Vidas de Plutarco, historiador romano

-¡Ay de mi Alhama!
Cartas le fueron venidas
que Alhama era ganada.
Las cartas echó en el fuego,
y al mensajero matara.
-¡Ay de mi Alhama!
Romance de la pérdida de Alhama

Dice la historia que pertenecer al gremio de los mensajeros en la antigüedad no era un buen oficio y que había muchas plazas vacantes. Dado que la antigüedad fue un período en el que, en general, la vida humana no valía mucho y se estaba muy lejos de publicar ningún manifiesto, cuerpo legal o declaración que protegiera los derechos humanos, había cierto hábito en las autoridades del momento en matar a aquellos que trajeran malas noticias, culpándoles a ellos de las felonías cometidas por otros o, simplemente, que los hechos sucedidos no estaban en consonancia con sus deseos. De hecho, quizás después de todo por humanidad o quizás por economía de medios pues no ganaban para mensajeros, en algunas culturas los dioses acabaron por protegerlos constituyéndose  gremios sagrados como los heraldos helenos o los painani aztecas (1).

Sigmund Freud (2) consideraba el hecho de matar al mensajero como una defensa, como  un caso extremo de enfrentar lo insoportable. Una forma de reducir la frustración porque las cosas no salen como planeaba el tirano de turno o porque el destino muestra una tozudez enervante en seguir sus propios designios y no los de un endiosado botarate.

Así que, como cuenta Plutarco (3), cuando Triganes II el grande (4) mató a su mensajero porque el general romano había llegado demasiado pronto y con demasiadas tropas y no le cuadraba con los planes que tenía o, cuando según el romance, Boadil (5) mató al suyo y quemó la carta en la que le comunicaron la caída de Alhama, porque veía que su reino se les escapaba de las manos, manifestaban  de forma tan violenta como les permitía su poder absoluto, una irresistible necesidad de borrar la mala noticia. ¿Pero que es lo que provocaba ese tremendo malestar?, ¿qué podría estar en el origen de un proceso que desemboca en una cólera irrefrenable y una agresión brutal?. (6)

Para entenderlo lo primero que tenemos que reconocer es ese malestar que sentimos todos los seres humanos, cuando la percepción de nuestro entorno no coincide con la idea que tenemos de ese mismo entorno o cuando actuamos en contra de nuestra ideología, o cuando dos de nuestras  ideas entran en contradicción ante una decisión. Gracias a Dios, ni tenemos el poder de los tiranos, ni somos tan cafres, ni estamos acostumbrados a que nos consientan todo y se colmen todos nuestros deseos desde la cuna.

A este sentimiento lo denominó disonancia cognitiva el gran psicólogo social León Festinger (7) y elaboró una teoría sobre la misma que es una de las más fructíferas de la psicología social tanto por la investigación abundante a la que ha dado lugar como por las controversias y reformulaciones que ha originado entre los expertos.

En primer lugar, Festinger  puntualiza que hay que entender el término cognición como el conocimiento que la persona tiene sobre sí misma – sentimientos, emociones o creencias sobre el yo -, sobre su conducta o sobre su entorno. Son creencias que la persona experimenta como reales – aunque pueden no serlo – y que pueden referirse a una realidad física, psicológica o social.  

En segundo lugar, Festinger utiliza el término disonancia para describir esa diferencia entre la cognición del mundo real y el mundo real mismo, entre lo que debería ser y lo que realmente es, o cuando la idea es una pero la conducta es otra.

La disonancia cognitiva, al igual que sucede con el hambre o con la frustración, tiene un componente de activación fisiológica, de ansiedad, que produce sensaciones desagradables de diferente grado según la persona o la situación disonante. Pero sea cual sea el grado de la sensación desagradable, desde el simple malestar a la ira, el individuo necesita reducirla para recuperar el bienestar.

Luego el planteamiento de la teoría de la disonancia cognitiva es muy sencillo. La existencia de cogniciones que no son coherentes entre sí, consonantes en la terminología de Festinger, produce en la persona un estado psicológico de incoherencia, Festinger diría disonancia, que es incómodo y que la persona se esforzará en paliar intentando hacer esas cogniciones más coherentes.

Teorías hay que achacan este manejo de la realidad a la necesidad de coherencia lógica que el ser humano, como ser racional, busca denodadamente (8). Pero según la teoría de la disonancia cognitiva, no es la lógica y la racionalidad lo que motiva la búsqueda de la coherencia sino la necesidad de justificar el comportamiento o las creencias. Detrás de este proceso no está un sujeto racional sino un sujeto “racionalizador”. No se busca la consistencia para ser lógicos sino para recuperar el bienestar psicológico.

Según Festinger, entre los elementos de conocimiento que conforman nuestra cognición sobre el entorno, pueden existir tres tipos de relaciones. Dos elementos que no tienen nada que ver el uno con el otro son irrelevantes. Dos elementos relevantes o importantes el uno para el otro son disonantes cuando son contradictorios o incoherentes y consonantes en caso contrario.

La magnitud de la disonancia depende de varios factores. Se puede experimentar disonancia cuando la mujer pregunta al marido qué tal le sienta un vestido y éste le responde que muy bien aunque le siente como a un Cristo dos pistolas. También se experimenta disonancia cuando el mismo marido le oculta a la mujer otra relación amorosa. En ambos casos se trata de una mentira pero es evidente que suele suscitar más inquietud la segunda que la primera. Por tanto, el grado de la disonancia que la persona experimenta depende, en primer lugar, de la importancia que concedemos a los elementos disonantes, no es lo mismo una mentira piadosa que una mentira que oculta una infidelidad.

En segundo lugar, en la magnitud de la disonancia influye el número de cogniciones relevantes disonantes que presenta una situación. En la primera de las mentiras del marido hay elementos disonantes, le está mintiendo a su mujer, pero también los hay consonantes, le miente porque quiere que esté contenta. En cambio, en la segunda, se me ocurren mil motivos disonantes de carácter moral que condenan la conducta.

En tercer lugar, habrá mayor disonancia si la persona tiene un buen concepto de sí misma, en cambio, si la idea que tiene de sí misma es desfavorable en relación con el comportamiento realizado o la situación a la que se enfrenta, no le producirá disonancia puesto que no contradice su autoconcepto. Si el marido que ha caído en la tentación de la carne y oculta su infidelidad tiene un concepto ético de sí mismo muy elevado, o ha recibido una educación religiosa y su visión del mundo está marcada por esa educación, el sufrimiento por la disonancia entre su ética y su conducta será mucho mayor que el de una persona que se ha movido en un ambiente de mayor laxitud moral.

La motivación para reducir la disonancia depende del grado o la intensidad con la que se manifiesta. Cuanto mayor sea la experiencia de inquietud psicológica, mayor será el interés en restablecer el bienestar.

Las personas utilizan varias formas de reducir la disonancia y el sufrimiento que conlleva. La primera de ellas es cambiar uno o más elementos de forma que sean más coherentes entre sí. Puede retractarse de la conducta eligiendo otra alternativa o modificar las creencias o las actitudes. También se puede cambiar la importancia de los elementos dando mayor valor a las creencias que apoyan la conducta elegida o hacen más tragable la situación que se enfrenta. Se pueden añadir nuevos elementos cognitivos que apoyen la conducta o suavicen la situación. Se puede recurrir a la ayuda externa como el alcohol o los medicamentos o, si eres más sensato, acudir a la consulta de un psicólogo que te ayudará a manejar esos elementos cognitivos a situaciones menos disonantes.

A veces la disonancia aparece, o es más fuerte, después de haber tomado una decisión o haber enfrentado una situación y, claro, el comportamiento ya realizado no se puede cambiar a posteriori. Entonces la persona para reducir la disonancia debe racionalizar su conducta. Dos mecanismos muy comunes son la justificación post-decisional y la justificación del esfuerzo.

Tomar una decisión entre dos alternativas produce un conflicto interno pero, una vez el individuo se ha decidido, el conflicto desparece y en su lugar aparece la disonancia pues elegir supone renunciar a las alternativas no elegidas que seguro tenían sus puntos favorables. Solo sí daba un poco igual qué decisión tomar, por ejemplo, tomarse un helado de nata o de chocolate o ir a La Cibeles por la calle de Alcalá o por la Gran Vía, la disonancia no aparecerá. La justificación post-decisional consiste en restar importancia a la decisión tomada – al final qué más da si Fulanito va a hacer lo que le dé la gana - , o bien, incrementar la actitud positiva hacia la alternativa elegida – aunque no le gusta a Fulanito lo hice por su bien - o pensar que las consecuencias de elegir una u otra alternativas van a ser las mismas – no voté Fulanito porque todos los políticos son iguales -.

Hay veces que perseguimos un objetivo que nos cuesta mucho esfuerzo, que nos cuesta mucho tiempo y dinero. Decidir entre realizar cualquier acción costosa o abandonar en el empeño produce disonancia. Yo mismo me he visto en esta tesitura cuando se trataba de decidir si seguir opositando, con el enorme esfuerzo económico, físico, intelectual y familiar que representaba o abandonar definitivamente con lo que suponía de renuncia a una mejora importante profesional, económica, de estatus y de ilusión.

Después de realizar una acción a costa de grandes sacrificios cualquier creencia que ponga en cuestión la utilidad de la conducta producirá una fuerte disonancia y, por tanto, pondrá en marcha la motivación para reducirla buscando las creencias que justifiquen esa acción. Esto es precisamente la justificación del esfuerzo.

Todo esto tiene una dimensión social, Festinger lo reconoció pero no lo desarrolló suficientemente, de hecho por ahí le llovieron las críticas. Los significados o las creencias son construcciones sociales. La influencia de la cultura, del proceso de socialización, de la clase social, del estatus y de los roles sociales entre otras características, influyen en la concepción del mundo de las personas y en su forma de comportarse. Por lo tanto, la contradicción entre los significados y creencias no puede reducirse tan sólo a un proceso mental interno.

Y el entorno social influye  no sólo en el grado de la disonancia sino también en la motivación para eliminar el malestar asociado, en los cambios de actitud,  en el proceso de racionalización  y las justificaciones a posteriori que hacemos para volver a sentirnos bien.

Conocí a un directivo de una empresa, al que apliqué a menudo la teoría de Festinger – uno es así de “friqui” - para comprender su comportamiento. Se indignaba cuando las cosas no salían como él creía que debían salir, normalmente por que no tomaba decisiones correctas a tiempo y aplicaba el olvido cuando las había tomado pero incorrectamente, tenía una visión muy optimista de la situación de su negocio y, cuando algún mensajero le abría los ojos y le demostraba lo catastrófico de sus gestiones, no diré que llegaba a la altura del gran Tigranes, pero el valiente se llevaba una buena reprimenda. Al cabo de un tiempo sus colaboradores aprendieron a darle la información que quería oír, a dibujarle la situación como él esperaba, sólo cuando la cosa no tenía remedio se adentraban en el terreno de la verdad, mientras tanto, actuaban al margen de sus decisiones en la medida de lo posible. El directivo y los empleados eran más felices y el negocio iba un poco mejor.

¿No pasará esto también en La Moncloa (9)?.  A veces pienso que sí. Imagino al Presidente de turno rodeado de colaboradores al que tienen que pasarle la información del pulso del país. No les imagino diciendo: “todo es un desastre” sino más bien “las raíces de nuestra economía son vigorosas”. Los asesores políticos, además de llevarle el paraguas al jefe para que no se moje como dicen los politólogos, para mí que se encargan de reducir la disonancia cognitiva de sus asesorados. Si lo hacen, no lo hacen por caridad sino porque así duran más en el puesto. Si no, ¿cómo se explican esas terribles segundas legislaturas de los presidentes del Gobierno?... y alguna primera también.

La cita del principio de Plutarco, después de matar al mensajero, acaba de la siguiente forma: “y sin ningún hombre atreverse a llevar más información, y sin ninguna inteligencia del todo, Tigranes se sentó mientras la guerra crecía a su alrededor, dando oído sólo a aquellos que lo halagaran”. Al final la perdió y los romanos incorporaron a Armenia a su imperio. Al parecer el “síndrome de la Moncloa (10)” no es nuevo.



Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo



A Rosana Claver, socióloga e investigadora, amiga, compañera de estudios que osó sacar mejores notas que yo  y otra fanática de la teoría de la disonancia cognitiva.


Notas:
  1. Los heraldos tenían muchas misiones diferentes aparte de ser mensajeros, eran embajadores, chambelanes, mayordomos, entre otras funciones. Los painani eran correos que gozaban de inmunidad aunque si he de hacer caso a alguna novela histórica más de uno fue víctima de la ira de los emperadores.
  2. Sigmund Freud fue un médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX.
  3. Mestrio Plutarco fue un historiador, biógrafo y ensayista griego a caballo entre los siglos I y II
  4. Tigranes II el Grande, fue un rey de Armenia del sigo I antes de Cristo que amplió el reino pero al final de su reinado perdió su independencia frente a la República Romana de la que se convirtió en tributario.
  5. Boabdil fue el último rey del reino nazarí de Granada. Perdió su reino en una guerra de diez años contra los Reyes Católicos.
  6. La teoría de la disonancia cognitiva no entra la descripción de cómo se transfiere la cólera en agresión, se queda en el terreno de las actitudes y la motivación.
  7. León Festinger fue autor el de “A Theory of Cognitive Dissonance” (1957), obra en la que expone su teoría de la disonancia cognitiva, que revolucionó el campo de la psicología social, y que ha tenido múltiples aplicaciones en áreas tales como la motivación, la dinámica de grupos, el estudio del cambio de actitudes y la toma de decisiones
  8. Entre esas teorías está la teoría del equilibrio de Heider (1958) y la teoría de la congruencia de Osgood y Tannebaum (1955)
  9. Este es un término muy conocido por los lectores españoles pero no necesariamente por los latinoamericanos. El Palacio de la Moncloa es la residencia y la sede de la presidencia del Gobierno de España. Está situado en el distrito del mismo nombre al noroeste de Madrid. El Presidente del Gobierno es equivalente al Primer Ministro británico, dirige el poder ejecutivo pero no es el Jefe del Estado, que en ambos casos es el monarca, que – en un alarde de albañilería política - reina pero no gobierna. También se usa el término “monclovita” para referirse a lo políticamente relacionado con el palacio en su función de sede del gobierno.
  10. El síndrome de la Moncloa es un término periodístico que hace referencia al endiosamiento o alejamiento de la realidad que afectaría a todos los sucesivos presidentes (la definición es de la Wikipedia).

Bibliografía:

Mercedes López-Sáez
Cambio actitudinal como consecuencia de la acción
Psicología Social
McGraw-Hill
Madrid 2000

C Gómez
Disonancia cognitiva y pensamiento racional
Prácticas de Psicología Social
UNED
Madrid 1998

Wikipedia en español e inglés





Licencia Creative Commons

La Atribución: de Entomólogos e Insectos

Foto tomada del blog Psicología Social



 “El ser humano es muy buen entomólogo pero como insecto es muy malo”, esto dijo el gran dramaturgo y novelista español Antonio Gala (1) a su entrevistadora. Se lo dijo como si tal cosa, como si comentara el tiempo o la última jornada de la Liga. Lo dijo con tanta naturalidad que sólo después de un rato, repitiendo en voz baja la frase me di cuenta de la profundidad y sentido de la misma. Lo cierto es que Gala estaba definiendo con una sola sentencia, gran parte de nuestra vida social.

Y es que los humanos nos pasamos media vida interpretando los gestos, los modos de hacer y de decir de nuestros congéneres, tratando de predecir sus comportamientos y racionalizando el porqué de sus conductas, de esta manera sabemos cómo comportarnos nosotros mismos, cómo reaccionar ante las actitudes de los demás. Desde los simples desconocidos con los que nos cruzamos en la calle y que no volveremos a ver, hasta los comportamientos de nuestros seres queridos, de nuestro cónyuge, de nuestros hijos o padres. 

Gala alude al hecho de que, a fuerza de pasarnos la vida en estos menesteres, acabamos por ser expertos interpretando al otro, de la misma manera que el entomólogo es experto en el comportamiento y características de los insectos. En cambio, disimulamos muy mal ante el escrutinio de los demás, por eso somos malos insectos porque se lo ponemos muy fácil al que nos escruta. 

Mi mujer suele decir de mí que soy como un libro abierto, al menos para ella, a veces pienso que es capaz de atravesar mi cráneo y succionar mis pensamientos y, si por un casual no lo consigue, tiene la suficiente confianza como para decirme: "¿en qué estás pensando?". En ocasiones no la contesto, no porque quiera guardarme nada para mí sino que es que no estoy pensando en nada y me da vergüenza reconocerlo. Me da que las mujeres no son capaces de no pensar en nada y no conciben ese maravilloso estado de latencia mental, ese ensimismamiento,  que los hombres hemos desarrollado durante nuestra evolución.

Y el mecanismo que utilizamos para ese tipo de interpretaciones se denomina atribución, atribución causal o proceso atributivo. Mediante la atribución buscamos las causas de los sucesos que ocurren a nuestro alrededor y no quedamos tranquilos hasta que no tenemos una explicación, siquiera transitoria, de esto que nos rodea y nos intriga. Para ello, según Heider (2), recurrimos a unas reglas de inferencia basadas en el sentido común que él denomina “psicología ingenua de la acción”. 
 
En este proceso atributivo, cuando se realiza sobre las intenciones de nuestros semejantes, tenemos un actor, el otro, que se comporta según una conducta y un observador, nosotros, que realizamos un proceso de deducción que es la atribución de unas causas a esa conducta. Evidentemente podemos cambiar los papeles y ser nosotros los actores y el otro el observador. De hecho todos somos actores y observadores continuamente y al mismo tiempo, pues, cuando se produce una interacción, yo explico la conducta del otro al mismo tiempo que el otro trata de explicar mi conducta.

Para ello, siempre según Heider, realizamos cuatro tipos de análisis. En primer lugar nos preguntamos acerca de la capacidad del actor para realizar o no la conducta en cuestión. En segundo término analizamos la dificultad de la tarea que realiza el actor, bien porque la tarea es difícil en sí misma, bien por las circunstancias que envuelven el desarrollo de su conducta. En tercer lugar el observador analiza la motivación del actor para realizar o no la acción y, por último, nos cuestionamos acerca del esfuerzo que emplea el actor para llevar a cabo esa conducta.

Una vez realizadas estas preguntas el observador, o sea, cada uno de nosotros cuando observa el comportamiento de los demás, encuentra o cree encontrar las causas de la conducta y Heider divide estas causas entre causas internas o personales, que radican en el actor – la personalidad, la disposición a acometer el acto o la motivación -, y las causas externas o ambientales – la situación, la estructura social o la cultura -. No es lo mismo robar una manzana en un puesto de frutas porque quieres gastarle una broma al frutero que porque tienes hambre y no tienes dinero. Y es curioso este punto de vista porque evidentemente cuanta mayor sea la fuerza del elemento ambiental menor será la responsabilidad del actor.



Imagen tomada de blog Alumno Sociólogo

 
Es evidente que el proceso atributivo tiene una clara dimensión social. Acabamos de ver como las causas ambientales son muy importantes en dicho proceso, y ese ambiente es social. Por otro lado, las personas realizan a menudo atribuciones partiendo de creencias anteriores que suelen estar compartidas culturalmente y que se adquieren durante el proceso de socialización (3), es lo que algunos autores denominan atribuciones sociales.

Es también curioso analizar las diferentes percepciones de la situación según seas actor u observador. Cuando eres actor las atribuciones o mejor dicho, autoatribuciones, suelen ser externas – no solemos decir “he suspendido” sino “me han suspendido” - pero cuando estás en la posición del observador sueles atribuir la conducta a las características personales del actor – “ha suspendido porque no estudia” -. Esto pasa, según Jones y Nisbett (4), por tres razones. En primer lugar porque el observador desconoce si la conducta es representativa o no del actor, algo que éste si sabe, ajustando su atribución más adecuadamente. En segundo lugar, el actor puede recurrir a la atribución externa para eludir las responsabilidades de su conducta – “no es que no haya estudiado es que el profesor me tiene manía” – mientras que el observador carece de dicha necesidad. Y por último, porque para el observador lo saliente es la conducta del actor porque es lo que llama su atención, mientras que para el observador lo que le afecta es la situación pues debe actuar frente a ella.

Pero claro, cuando andamos observando a lo demás no podemos ir por esos mundos de Dios a tontas y a locas, necesitamos tener alguna técnica personal para saber que lo que atribuimos es válido o no. Los que saben de esto a este proceso lo llaman validez atributiva. Para Kelley (5) las personas valoramos tres tipos de informaciones: la existencia de consenso, la distintividad y la consistencia.

La existencia de consenso hace referencia a si la mayor parte de las personas responden de la misma manera a un misma situación, es decir, si ves bajar a los toros por la calle de la Estafeta (6) habrá mucho consenso en que hay que correr. Hay distintividad de grado alto cuando el actor responde de forma diferente a otras personas en ciertas circunstancias, en nuestro ejemplo podría ser que un corredor decide torear en vez de correr. La consistencia alta se produce cuando el actor responde siempre igual frente al mismo estímulo o situación,  siempre que los toros bajan por la Estafeta los corredores sale escopetados calle abajo. Cada uno de estos tipos de información puede adquirir dos niveles, alto y bajo, y se pueden combinar entre sí de múltiples formas. 

A este modelo se le llama de Covariación de Kelley y, según el mismo, los sujetos, para formular sus juicios atributivos, examinan como covarían entre sí los diversos elementos de información de que disponen aplicándoles los niveles altos o bajos a las propiedades de consenso, distintividad y consistencia (7).

Ahora bien, la vida no es tan bonita, en realidad no siempre se dispone de tanta información, ojalá yo hubiera tenido toda la información necesaria cuando he tomado una decisión. Este es uno de los puntos que más se critica del modelo de Covariación. Normalmente tomamos decisiones o adoptamos ciertas posturas sin contar con todos los elementos de información. A veces no es cuestión de falta de información sino de falta de tiempo, tienes que adoptar una decisión, opinar o comportarte de alguna manera rápidamente, sin apenas tiempo. En estas ocasiones casi siempre las personas recurrimos a recetas ya elaboradas, a preconcepciones acerca de qué causas van asociadas a qué efectos. Es lo que los psicólogos sociales han dado en llamar los esquemas causales.

Los psicólogos hablan de dos esquemas causales básicos. Las Causas Suficientes Múltiples - que se aplica cuando la conducta a explicar puede obedecer a distintas causas, todas presentes en el momento del suceso y todas suficientes por si solas para producirlo – y las Causas Necesarias Múltiples – que se aplican cuando el efecto sólo se produce al actuar conjuntamente dos o más causas. 

Pero no vayamos de listos. A menudo nuestras atribuciones son erróneas o incurren en sesgos, por muchos mecanismos de seguridad, como los descritos en los últimos párrafos, utilicemos. Me viene a la cabeza la anécdota acerca de un amigo mío que confiaba mucho en sus intuiciones. La verdad es que le habían ayudado mucho a lo largo de su carrera. Estaba convencido de que el programador Fulanito salía a escondidas con la operadora Menganita. Según él, la conducta que veía en ambos, miradas de soslayo, risas cómplices, lenguaje corporal contenido, denotaba una relación a la que no querían dar pábulo porque trabajaban en el mismo sitio. Le advertí en vano que estaba equivocado. Yo conocía al muchacho en cuestión y sabía que tenía novia, otra chica distinta, y que estaba haciendo planes para casarse. Lo peor es que la historia acabó en un rumor, y los rumores, como ya dije en otro artículo de este blog, hacen daño.

Así que, dado que una misma conducta se puede interpretar de formas muy distintas y que en los juicios atributivos no suelen existir criterios infalibles, en ellos se puede incurrir en sesgos o errores. Los dos errores más comunes son el error fundamental y el error último.

 
El error fundamental consiste en la tendencia a explicar la conducta de los demás en función de sus disposiciones internas tales como la personalidad o el carácter no teniendo en cuenta las circunstancias que rodean a ese comportamiento. Parece que existe una base cultural en este sesgo pues hay estudios que indican que es más característico de los países influenciados por la ética protestante.



No cometas el error fundamental de atribución conmigo. Imagen del blog Psicología Social

El error último es típico de las relaciones entre grupos. Se trata de atribuir los éxitos del propio grupo a causas internas – “hemos ganado el partido porque éramos mucho mejores” – y los fracasos a causas externas – “hemos perdido porque el árbitro nos ha perjudicado”-. 

¿Cuáles son las funciones de la atribución?, ¿para qué sirve?. En primer lugar las atribuciones nos sirven para controlar las situaciones, para preveer los comportamientos de los demás, para adoptar una conducta ante las conductas ajenas, en definitiva, las atribuciones tienen una función de control de nuestras relaciones. Uno de los efectos paradójicos de esta función es la tendencia a percibir negativamente a las personas que sufren alguna desgracia o que tienen un defecto, achacándoles las causas de sus males, es decir, la culpabilización de las víctimas. “Fulanito ha cogido tuberculosis, claro, ¡tanto vino y tantas mujeres!”. Esto se puede explicar como un deseo de creer que tanto esas desgracias como esos defectos son controlables, que siguiendo una conducta determinada esos peligros se pueden conjurar, por ejemplo, que evitando el vino y las mujeres se puede evitar el contagio de la tuberculosis. 

Existe también una función de autoestima. Ya hemos hablado de que existe una tendencia a atribuir los éxitos a causas internas y estables, “he aprobado por mi constancia y capacidad”, y los fracasos a factores externos e inestables, “he suspendido porque el profe me tiene manía”. Esto nos ayuda a superar los fracasos y reducir la tensión emocional derivada de los mismos.

Por último, existe una función de autopresentación, un intento por controlar la imagen que de nosotros tienen los demás. ¿Cómo lo hacemos?, pues intentado proyectar una imagen favorable de nosotros mismos para influir en las atribuciones que de nosotros y de nuestro comportamiento realizan los demás.

Tengo una conocida que cuando me ve, unas veces me saluda y otras veces no. A mí, mis padres me enseñaron a decir un “buenos días” o un “hola” con una sonrisa y, ya el hecho de que no me saluden me fastidia, pero lo que me repatea es que lo hagan aleatoriamente, porque no sé a qué atenerme. Si sé que el otro me responde no me importa adelantarme y soltar el “buenas tardes” primero, si el otro sé que no me responde no le dices nada y sanseacabó; pero si no tienes garantías de que te respondan el asunto es más peliagudo porque si saludas y no te hacen caso te sienta realmente mal, pero si te saludan y tu andas medio despistado y respondes tarde y tartamudeando también te sientes mal, la educación de tus padres pesa mucho.

Me he preguntado muchas veces por qué esta mujer actúa así, ¿le habré hecho algo?, ¿me habrá visto?, ¿me tendrá envidia?, ¿me considerará inferior?, ¿aparte de mal insecto seré tan mal entomólogo que no soy capaz de interpretarla?. Al final he llegado a una atribución, a una causa interna y estable, la buena señora es…  gilipollas.

Juan Carlos Barajas Martínez
Sociólogo

Notas
  1. Antonio Gala es un dramaturgo, novelista y ensayista español.
  2. Fritz Heider fue un psicólogo austríaco de la escuela gestáltica.
  3. La socialización es el proceso mediante el cual el ser humano aprende e interioriza, en el transcurso de su vida, los elementos socioculturales de su medioambiente, los integra a la estructura de su personalidad, bajo la influencia de experiencias y de agentes sociales significativos, y se adapta así al entorno social en cuyo seno debe vivir.
  4. Edward E. Jones fue un eminente psicólogo social de las universidades Duke y Princeton. Richard E. Nisbett es profesor de psicología social en la Universidad de Michigan, investigador eminente en cognición social, clases sociales e influencia de la cultura en la psicología social.
  5. Harding Harold Kelley, profesor emérito de psicología de la UCLA y un pionero distinguido y colaborador de la psicología social
  6. Estafeta es el nombre de una famosa calle de la ciudad de Pamplona (España), debido a que los encierros de San Fermín discurren por ella.
  7. Existen tres combinaciones del modelo de covariación que se califican como fundamentales pues determinan con claridad la atribución que realizará el observador frente a la conducta del actor:
COMBINACIONES
Consenso
Distintividad
Consistencia
ATRIBUCIÓN
1
Alto
Alta
Alta
Al estímulo
2
Bajo
Baja
Alta
Al actor
3
Bajo
Alta
Baja
A las circunstancias

  1. Gilipollas es un insulto, bastante malsonante, que es de sobra conocido en España pues se usa con profusión en todos los rincones del país, en cambio, puede ser desconocido por los lectores americanos. Gilipollas es sinónimo de tonto, estúpido o necio. Es cercano al boludo argentino o a ciertos usos de la palabra comemierda en el Caribe, aunque esta última según el diccionario de la RAE es persona despreciable. El origen legendario del término es de lo más curioso, existía en la época del Duque de Osuna, allá por el siglo XVI, un eximio personaje de alto copete llamado Don Gil Imón. Unas fuentes le señalan como un destacado fiscal del Consejo de Hacienda de la época de Felipe III. Otras fuentes parecen indicar que este representante gubernamental era en realidad un insigne alcalde de Madrid. D.Gil Imón gustaba de codearse con gentes de las más altas esferas; acudía a reuniones de boato y pompa donde se debatía acerca de asuntos de Estado de gran trascendencia. Asistía a estos actos sociales siempre en compañía de sus dos hijas, que eran muy feas y con una inteligencia prácticamente nula. Su presencia en ceremonias, fiestas y compromisos no sorprendía a nadie, y mucho menos que acudiera siempre en compañía de sus hijas. Hasta no hace mucho a los muchachos se les llamaba “pollos” y a las chicas “pollas”, actualmente se ha impuesto la palabra en su forma femenina como término malsonante de pene y nadie la utiliza como sinónimo de muchacha, aun quedan por ahí doblajes antiguos de películas con ese significado. Así que cada vez que llegaba a una fiesta, el público asistente, con bastante mala baba exclamaba: !Ahí llegan D. Gil y sus pollas!. Rápidamente la asociación de ideas fue inevitable se  comenzó a fusionar en un mismo término la estulticia con las "pollas" o hijas del fiscal. Así, "Gil y "pollas" pasaría a ser cita o comentario explícito que aludía a la torpeza mental. Por cierto D. Gil Imón tiene calle en Madrid.

Bibliografía:

J. Francisco Morales
Procesos de Atribución
Psicología Social
McGraw-Hill
Madrid 2000

María Teresa Sanz de Acebo Baquedano
Presentación Procesos de Atribución
Psicología Social
UNED 2009

Wikipedia inglés

Wikipedia en español


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